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Discurso de recepción de la primera edición del Premio Internacional «Mariano Picón Salas» Caracas, 26 de enero de 2002 Casa de Rómulo Gallegos El veintinueve de noviembre de 2001 me encontraba en Maracay, donde asistía a un simposio sobre literatura venezolana. Allí me enteré, vía telefónica, que me habían otorgado el premio que recibo en este acto. Mi ponencia en aquella reunión colocaba especial énfasis en los aportes de Andrés Bello para el surgimiento de la poesía romántica en nuestro país y en América Latina. Queriendo ver la mano del azar en la noticia que todavía no lograba asimilar del todo, de inmediato me saltaron en hilo asociativo algunos datos: el veredicto se hizo público el mismo día del nacimiento de Bello, mi ponencia giraba en torno a la obra poética del autor de las conocidas silvas y, para movilizar aún más lo azaroso, cuando escuché el buzón de mensajes del teléfono estaba acompañada por la misma persona que, meses atrás, me había sugerido (primero) e insistido (después) para que concursara en esta convocatoria. Esa persona es el colega de la Universidad de los Andes Arnaldo Valero. Esa conjunción de eventos me llevó a comentárselo a algunas personas cuatro o cinco tanto en Maracay como, más tarde, al llegar a Caracas. Todas, sin vacilación y sin rastro de timideces, de inmediato me respondieron lo mismo: ¡compra el veintinueve! Con el paso de los días ya no me satisfizo ver la simple mano del azar en las circunstancias que me han llevado a estar en este momento aquí, de pie, hablando para todos ustedes. Ahora le respondo a quienes me invitaron a jugar a la lotería y, desde luego, a mí misma, que hay de por medio lentos, pesados y paulatinos momentos que nada tienen que ver con la fugacidad del azar para explicar mi presencia en el CELARG como oradora de esta fecha. Quiero comenzar por decir que fue amplia la procedencia geográfica de los postulantes que acudieron a esta primera entrega del concurso internacional de ensayo Mariano Picón Salas. Pero, al final, el reconocimiento lo obtuvo una venezolana, nacida en Maturín, una venezolana que quiere expresar con entera satisfacción que toda su formación académica la obtuvo en este país y que la investigación que mereció la aprobación del jurado no fue realizada en sus ratos de ocio (que no son muchos) sino que fue el producto de su trabajo como investigadora de la misma institución que otorga el premio. Mi formación inicial se produjo en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela y, posteriormente, en la universidad Simón Bolívar en mis tiempos de cursante de maestría. Lo que de positivo pude aprender en ambas instituciones se produjo en clases memorables que todavía recuerdo, y cuyas notas aún recorro en mis momentos de apremios teóricos al tratar de reflexionar sobre la literatura de América Latina. Fue así como Ángel Rama, Antonio Cornejo Polar, Arturo Ardao y Nelson Osorio, me permitieron iluminar mi proyecto de vida. A ellos debo el que pudiera alimentar de sentidos esa tarea nada complaciente que significa leer y estudiar nuestra literatura y nuestra historia. A todos los tengo presentes: dos uruguayos, un peruano y un chileno que, en un período determinado, cumplieron la labor que, en otras épocas, habían atendido eminentes pensadores que, alejados de su suelo nativo, llevaron el valor de su palabra a distintas geografías del continente. Pienso en Martí, en Alfonso Reyes, en Henríquez Ureña, en Mariano Picón Salas, entre muchos otros. Pero de ese grupo de profesores que conocí en Venezuela, no puedo evitar el recuerdo especialísimo de Nelson Osorio, el Maestro, como me acostumbré a llamarlo hasta el presente, quien se convirtió en mi interlocutor constante, en el orientador de mis estudios y con quien me asocié en trabajos ingentes como en el ya concluido Diccionario Enciclopédico de las Letras de América Latina (DELAL). El tener interlocutores cercanos es importante en nuestro medio donde no hay espacio para la polémica, para el disenso, para el debate. Se le ocurre a usted decir que está en desacuerdo con la tesis de un colega y se ganó un enemigo para siempre. Mis interlocutores del presente no son tantos como yo quisiera, pero tienen quilates que sobrepasan toda medida, cuento con ellos cada vez que necesito desahogar una nueva idea que me intranquiliza. Ellos son Michelle Ascencio, Lulú Giménez Saldivia, Rogelio Altez, Javier Lasarte Valcárcel, Alberto Rodríguez Carucci y Arnaldo Valero. Dicho lo anterior, quiero enumerarles las tres condiciones que se necesitan para elaborar un trabajo de investigación de la factura que particulariza La heroica aventura de construir una República. En primer lugar, ya lo he manifestado, este trabajo fue una investigación que realicé en esta misma Institución, en el CELARG, durante el bienio 1995-1997. Eran los tiempos en los cuales presidía este Centro el doctor Elías Pino Iturrieta y cuando luchábamos por consolidar un equipo de investigación acorde con las demandas que nos planteaba el país. Algunas ideas que planteo en esas páginas se discutieron en su momento con ese colectivo de investigadores. Demás está decir que la posibilidad de contar con un ambiente académico de fluida interacción, fue altamente estimulante para su ejecutoria porque es una condición fundamental para la posterior escritura. Pero, infelizmente, administraciones de recién llegados desestimaron esas investigaciones y se ocuparon sistemáticamente de agredir a los trabajadores. Lo que sucedió después es conocido por todos: surgió el Sindicato Único de Trabajadores del CELARG (Sutracelarg). En este punto quiero intercalar un inciso. En fecha reciente mi nombre figuró en una declaración de ´Creadores, intelectuales y profesionales de la cultura ante el paísª. De ese comunicado que, en un principio, estuve dispuesta a firmar suscribo los dos últimos párrafos, el que habla de democracia, de paz, de cultura, de creatividad, etc. Pero no puedo estar de acuerdo con opiniones como las que califican a la prensa venezolana. No puedo evitar reconocer en este instante que, de no haber sido por la prensa venezolana y, sobre todo, por el periodismo cultural, probablemente el CELARG habría desaparecido. Esos periodistas (fundamentalmente los de TalCual, El Nacional, El Universal, El Mundo y Primicia) hicieron saber lo insostenible de una situación institucional que, de no divulgarse por la prensa, se habría ignorado no obstante ser la realidad sumamente grave. El personal del CELARG asistía como testigo de excepción a la gradual y sostenida destrucción de su lugar de trabajo y por eso aprovecho el momento para darle las gracias a esos periodistas que nos ayudaron tanto en momentos de tanta asfixia y tanto desamparo. Pero, por otro lado, tampoco es verdad que los autores de ese comunicado, a quienes conozco en su mayoría, hayan actuado como fascistas o totalitaristas (de acuerdo a como se les ha calificado). En mi opinión el haber publicado un documento sin someterlo a la lectura previa de sus firmantes, habla de una conducta muy flexible con la palabra, conducta muy arraigada, por cierto, en nuestro país. Por citar un ejemplo, en Venezuela hemos sido testigos de profesores universitarios a quienes se les ha demostrado delito de plagio y, no obstante, sobran las personas e instituciones que le organizan homenajes de desagravio. ¡Hágame usted el favor! Termino aquí el inciso para referirme a la segunda condición que se requiere para hacer una investigación. Hay que visitar las bibliotecas. En mi caso sólo necesité acudir a dos de ellas. Como resultado de una labor de años, contamos en Venezuela con repositorios bibliohemerográficos que facilitan enormemente el trabajo de pesquisa de la información. La Biblioteca Nacional es el ejemplo mejor logrado de lo que debería ser una sala de consulta y de servicios de biblioteca. Tiene todavía por resolver la adecuación de espacios físicos, sobre todo el que concierne a los investigadores especializados, pues no dispone de un lugar destinado a este tipo de usuario. Pero debo decir que esas carencias las satisface con creces la alta calidad de servicio que ofrece la mayoría de su personal. Como es excelente la atención que brindan Jesús y Juan Carlos en la hemeroteca de la Academia de la Historia, los únicos que hacen tolerable la concurrencia a ese espacio tan mal atendido en punto a conservación de los materiales que tendría que resguardar. En tercer lugar, se requiere mantener la premisa que aconsejaba don Mariano Picón Salas: ejercer un modesto protagonismo de rastreador. Lo demás se da por añadidura. Sobre el contenido de La heroica aventura de construir una República no me voy a referir porque sería muy fatigoso. Al respecto puedo anunciarles que un adelanto de algunas de las ideas que desarrollo en él se encuentra en la revista Actualidades del CELARG, concretamente en los números 7 y 8. Antes de continuar voy a hacerles una confesión. Cuando comencé a realizar la investigación que inicié en 1995, mi idea era abordar un estudio sobre el tema familiar en América Latina a final del siglo XIX. El primer problema me saltó de inmediato: no hay en nuestro continente una biblioteca latinoamericana. Para estudiarnos a nosotros mismos tenemos que ir a Berlín, a Tejas o a Washington. Me pregunto cuándo se comenzará a incluir en los acuerdos regionales de este continente la idea de formar una biblioteca que acopie la producción escrita y gráfica de estas tierras. De no hacerlo, seguiremos limitados a conocernos de manera fragmentada. De vuelta a la investigación que realicé, tengo que acotar que no todos son aciertos en esta propuesta de leer el pasado que ofrezco en La heroica aventura... Quiero también contar aquí las dificultades, los tropiezos que debí subsanar para poder estar hoy aquí, dirigiéndome a todos ustedes. Uno de los mayores problemas se relaciona con el hecho de que el CELARG sea un ente tutelado por el Conac. De seguro han podido advertir ustedes una de las frases más socorridas a la hora de mostrar los méritos profesionales de un maestro, un profesor de educación media o universitaria, un médico, en fin, de una persona en cualquiera rama profesional. La frase de marras se enuncia, más o menos, en los siguientes términos: fulano o fulana tienen en su aval veinte, o treinta años de ejercicio en su campo. Todo aquel que oye esa sentencia aplaude y, desde luego, el ciudadano que ha mostrado tanta abnegación recibe palmaditas, elogios y alguna que otra medallita o banda de reconocimiento. Pero no vaya usted a decir lo mismo de un trabajador de la cultura, máxime si ese trabajador tiene cargo gerencial. De inmediato los comentarios serán otros: es un parásito, vive a costilla del Estado, es un bueno para nada, no tiene derecho a opinar porque es un eterno becado, y una sarta de calificativos cada vez más nauseabundos. Pues bien, a quienes piensan de esa manera déjenme decirle que también les cabrían los comentarios de ese tenor a todo aquel que cobra un salario del Estado. El asunto no consiste en los años que la persona permanezca en el cargo. Tuve muchos profesores en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela que se mantuvieron durante treinta años en una cátedra repitiendo, una y otra vez, los mismos contenidos. La aberración llegaba a tal extremo que repetían, semestre tras semestre, hasta los mismos chistes y las mismas anécdotas. La medida no es el tiempo en el cargo, la medida tendría que ser la calidad del servicio que se presta. Uno de los problemas en la administración de cultura está en la absoluta indefensión del trabajador incluso del que tiene una profesión universitaria que ingresa a su nómina. La experiencia la hemos vivido muchos de nosotros: llega un nuevo presidente a la institución donde uno trabaja, el recién llegado que, habitualmente, nunca antes había puesto un pie en el lugar, adopta la actitud del dueño de conuco (porque ni siquiera lo llega a considerar un feudo) y ahí comienzan los despidos, las agresiones y los dislates. En mi caso personal, ya tenía concluida y entregada con todos los requerimientos la investigación que mereció elogios de Pedro Lastra, Alejandro Rossi y Cristian Álvarez, y no obstante el enorme esfuerzo que había hecho para honrar mi compromiso con la Institución, con el CELARG, fui despedida. La carta que recibí no me dio ninguna explicación concerniente a mis incapacidades intelectuales. A su remitente le bastó con exponer que la continuidad de mis funciones como investigadora concluía en diciembre de 2000. En rumores de pasillo se dejaba correr la especie de que había temores de que los investigadores nos ´atornilláramos en los cargosª. ¡Y lo decían personas que habían estado atornilladas 30 años en universidades e institutos pedagógicos de Venezuela en labores intelectuales bastante grises, por cierto! Tal parece que trabajar en cultura es una afrenta, que es la cenicienta de todo proceso de transformación. Se les olvida los miles de ejemplos en contra de esa opinión. Voy a recordar uno solo porque el tema corre con mucha insistencia en estos últimos tiempos. Antes de la guerra de independencia latinoamericana hubo una labor de pensadores, de gente de cultura, que comenzó a imaginar, primero, y a diseñar, después, un mundo posible para esta parte del planeta. Roscio, Caldas, fray Servando Teresa de Mier, Miranda, Simón Rodríguez, Santa Cruz y Espejo, el abate Viscardo, etc. etc., idearon, soñaron, primero la gesta que varias décadas más tardía sería hazaña posible. Suelo escuchar la formulación de muchos discursos que emanan del alto gobierno donde se pone el ejemplo de Venezuela en su resistencia a la aplicación de lo que en frase común se califica de ´neoliberalismo salvajeª. Debo reconocer mi ignorancia en lo concerniente al profundo contenido económico de esa sentencia. Pero lo que sí tengo claro es su repercusión en el campo cultural. Apreciaciones venidas de ese sector gubernamental inducen a pensar que la cultura no tiene significación en esto que llaman proceso revolucionario, porque sus logros no son traducibles en cifras estadísticas. ¿Cómo se mide el profundo impacto emocional que experimenta un estudiante de educación media al encontrar un libro, un cuadro, una escultura que le conmociona la vida para siempre? Siempre recuerdo la anécdota (a lo mejor me falla la memoria en algún que otro dato) que contaba el mexicano Alfonso Reyes: se acerca a un pastor de cabras que, absorto, recorría con avidez las páginas de un desvencijado libro cuyo transitar de mano en mano lo había despojado de la cubierta que lo identificaba. Como curioso testigo, interrumpe al atento lector para preguntarle qué estaba leyendo. El pastor de cabra, hombre sin ilustración, le dio la respuesta que nos paralizará a todos nosotros en este instante tanto como inmovilizó a Alfonso Reyes en su momento. Simplemente le dijo: no sé como se llama el libro y mucho menos conozco a su autor, pero desde que lo estoy leyendo he aprendido a ver a los hombres como si fueran dioses. El pastor estaba atrapado en las páginas de La Ilíada. Me pregunto, ¿en qué estadística cabe una experiencia tan profunda como esa? La cultura debe generar recursos, dicen, y por eso no le asignamos presupuesto. Y punto final. A quienes piensan de esa manera me voy a atrever a regalarles algunas consideraciones. Desde luego, mi experiencia individual, personalísima, no me permite dimensionar en su justa proyección el trabajo de todos los activistas culturales en los numerosos entes que conforman el sector. Me voy a limitar a reflexionar rápidamente sobre este Centro de Estudios Latinoamericanos «Rómulo Gallegos» a ver si, de esa manera, logro conmover la pragmática racionalidad de nuestros dirigentes políticos del momento. De lo dicho anteriormente surge la pregunta necesaria. Para qué un Centro de Estudios Latinoamericanos. Voy a enunciar unas rápidas respuestas porque no quiero fatigarlos con una presentación excesivamente rigurosa. En primer lugar, tenemos que considerar las condiciones teóricas básicas que fundan los campos de conocimiento. Toda disciplina se funda y se consolida a partir del diálogo con las propuestas que se fueron brindando en el pasado. Sólo en ese diálogo cuestionador se consolida la teoría y se esquivan las actitudes adánicas propias del intelectual que se acerca al campo de estudio con apetencias de descubridor y/o de fundador. A partir de lo anterior, se trata de recuperar nuestra tradición para relacionarla con las prácticas vigentes. No está demás recordar que nuestro continente carecen de una historia general de su propia cultura. Esta ausencia de discursos historiográficos referidos al campo cultural no debe atribuirse a una incapacidad propia del pensador latinoamericano, sino al desconocimiento de las fuentes documentales propias que le faciliten la tarea. En tercer lugar, las referencias al pasado no deben verse como afán de erudito que, en una compulsiva necesidad personal de acumular información, se vuelca permanentemente a las fuentes del pasado. La mirada al ayer debe entenderse en un triple sentido. Por una parte, porque esa tradición provee de materia prima y de una cosmovisión, una lengua, una técnica para producir obras literarias (Ángel Rama, Transculturación narrativa en América Latina, México, Siglo XXI, 1985: 20); por otra parte, porque la recurrencia al pasado se convierte en la vía expedita en el camino de la descolonización cultural (idem); finalmente, y como consecuencia de lo anterior, porque en el reparto de funciones en este mundo globalizado, las naciones que han logrado mayor desarrollo tecnológico han pretendido consagrar una designación de roles a partir de la cual a América Latina le correspondería ser proveedora de materia prima y consumidora de los saberes que esas naciones nos proveen. Ante esa perspectiva, América Latina tiene el compromiso de generar sus propios modelos de conocimiento para convertirse no en un escenario de reproducción de información, sino de producción de conocimientos. En cuarto lugar, el nombre de Venezuela debe ponerse a circular en el escenario académico no sólo latinoamericano sino occidental, como un espacio que genera una producción intelectual que, en el terreno de la cultura, alimenta los programas de acción de los intelectuales más connotados del continente. Pensar en un espacio continental es tener esa referencia como invocación inmediata. Cuando se piensa en un período histórico determinado, el intelectual común tiende a crear vínculos con la experiencia europea como vaso comunicante de ineludible presencia. Ante esa tendencia irreflexiva, debemos pensar en otra: en la que conduce a un nacional de la América Latina a buscar en otro espacio nacional del continente sus propias referencias personales y culturales. Que un boliviano piense primero en un venezolano y no en un francés o en un estadounidense para encontrar en él su propia referencia de vida, es el paso obligado y necesario para que ese mismo boliviano o peruano o venezolano, cuando vaya a adquirir un producto manufacturado, piense primero en mercancías de la región y no en materia de consumo transnacional. En quinto lugar, para conocer el tipo de intelectual que se definió en cada período histórico: examinar la función de la literatura, los circuitos de intercambio del producto cultural, la consolidación del público lector, etc. son tareas urgentes que debemos enfrentar. En definitiva tenemos que contar con Centros Académicos como el CELARG en toda la geografía de nuestro continente, porque es un compromiso político, como políticas han sido las razones que he enumerado anteriormente. Para concluir quiero recordar que sí se han producido avances teóricos, pero esos adelantos corresponden al esfuerzo de individualidades: Rama, Reyes, Cornejo Polar, Osorio, Cándido, Ardao, Ribeiro, Romero, Henríquez Ureña. etc., etc. De lo que se trata no es sólo de esos aportes excepcionales. De lo que se trata es de que en una reunión internacional de especialistas, en cualquier rama de las disciplinas sociales, se llegue a citar a un autor poco conocido en una sentencia que desconcierte por lo inusual a ese auditorio formado por europeos y norteamericanos, y que para salirle al paso a esa conmoción colectiva el expositor responda que ese enunciado lo formuló un latinoamericano y, en ese preciso instante, ese auditorio, reverencioso, se ponga de pie y diga, ¡Ah, caramba, entonces es verdad! Para que ese fenómeno se suceda pongo todo mi esfuerzo. Nada más. |
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