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Falsos recuerdos Revista Exceso, abril de 1999 Sea que lo confiese o no, Doña Bárbara cumplirá setenta años por estos días. La primera edición de la inmensa novela de Rómulo Gallegos apareció en el año 1929, bajo el sello de la Editorial Araluce, en España; para entonces su autor había publicado ya Reinaldo Solar (1920), y La trepadora (1925). En su ya prolongada existencia la devoradora de hombres ha trazado fuera de la ficción una peripecia tan tumultuosa como la que protagonizara en su vida de papel. Es un tópico que esta monumental novela de Gallegos es la obra literaria venezolana que ha tenido mayor difusión en la historia de la nación; baste apuntar que sus herederos han perdido la cuenta del número de ediciones que se han hecho y se siguen haciendo sin parar en todo el mundo y que ha sido traducida a unas cuarenta lenguas, entre las cuales se cuentan el mandarín y el coreano, las más recientes en sucumbir al mito de la mestiza que hechiza a los hombres para luego destruirlos en un ritual de ensalmes y erotismo de alto riesgo. Para este momento nadie podría saber los herederos no, por cierto cuántas ediciones de Doña Bárbara se han publicado en castellano, habida cuenta que las imprentas de España, México, Colombia, Chile, Argentina e incluso Puerto Rico se han fatigado de echar ejemplares a la calle sin molestarse, la mayoría de las veces, en notificar a los propietarios de los derechos de autor ni mucho menos observar el fino detalle de enviarles el cheque correspondiente. En Venezuela el caso es diferente. La Editorial Panapo, que viene publicando la obra desde hace unos veinte años, honra sus compromisos con los hijos del escritor y éstos no tienen quejas al respecto. Sin embargo, y paradójicamente, es en este país donde menos se ha leído la estupenda saga que se yergue ante el lector cuando un bongo remonta el Arauca. Esa frase, de extraordinaria sonoridad, poder de sugerencia y eco lorquiano, es quizá lo único que los venezolanos recordamos de Doña Bárbara. No faltará también quien evoque vagamente la figura del remilgado Santos Luzardo y es común que la mayoría relacione a la doña con una mujer indómita, de desbocados furores uterinos y experta en la manipulación de la ferretería brujeril. Pero lo cierto es que muy pocos venezolanos han leído Doña Bárbara. Y no la hemos leído precisamente porque es materia obligatoria en la educación media. Si se hace una encuesta entre amigos o conocidos: dime ¿has leído Doña Bárbara? La respuesta inmediata, pavloviana, es saltar a decir que claro, que la leí en el bachillerato. Pero al entrar a apretar con interrogantes acerca de la trama o los personajes, ahí empieza el patinaje. ¿Mujiquita? Chica, no me acuerdo, cuál era Mujiquita. Ahí es donde se revela que nunca hemos leído la novela y que lo más asombroso es que todo el mundo está convencido de haberlo hecho. Doña Bárbara, que es una novela magistral y que tiene muy bien ganado su puesto en la literatura universal, es desconocida entre nosotros porque en vez de leerla, en vez de encaramarnos en ese bongo que remonta el Arauca y se adentra en un mundo apasionante, lleno de vida, lleno de aventuras, de gigantesca escritura, lo que hicimos fue consumir unas «guías», un inframaterial suministrado por los «profesores» de bachillerato para que tomáramos nota de la descripción, la narración y el diálogo, y concluyéramos después que estábamos ante una «novela de la tierra» donde se escenifica la tensión «civilización/barbarie». Y mediante ese expediente de la idiotez el joven se traga las cáscaras y se queda ayuno de la jugosa pulpa de este relato. Lo más dramático es que no la leímos entonces ni la leemos después en la fallida convicción de que ya pasamos por ahí y, bueno, es una vaina fastidiosa escrita por un viejo sermoneador para sustentar una tesis patéticamente adeca, cual es la conclusión a la que se arriba después de cabecear en el aula. Nada más lejos de la realidad. Gallegos era un gran narrador, un artista perfectamente consciente de los alcances de su proyecto y de lo que se traía entre manos. Mientras los escolares franceses consumen un texto tan complejo y revulsivo como el Gargantúa de Rabelais sin sucedáneos ni «guías» ni fotocopias, nosotros tomamos viles atajos para bordear Doña Bárbara. Y en vez de ceder a la seducción de este mujerón, ahora septuagenaria, la convertimos en un falso recuerdo. Otro más de los que nos impiden sentir en el cuenco de la mano el cálido palpitar de esta tierra de horizontes abiertos, donde una raza buena, ama, sufre y espera.
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