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El nombre de la cosa Caracas, 28 de marzo de 2000 ¿Qué estará pensando el capitán Otayza con respecto a los uniformes de la desaparecida Disip, en trance de dar pronto paso al Servicio Nacional de Seguridad? Es de suponer que, en su empeño por añadir algún decoro a la institución que encabeza, Otayza introducirá transformaciones que vayan más allá del cambio de nombre; sería inconcebible que se limitara a deslastrarse de la antipática denominación (tan parecida al silbido de una víbora) y que dejara a la Disip tal cual, incluyendo el funesto vestuario de sus efectivos. Muchas esperanzas no hemos cifrado en esa prometida reestructuración, pero sabríamos agradecer el bonito gesto de eliminar para siempre aquel siniestro look que exhiben con altanería los émulos del Zorro dados a transitar la oscuridad en sus carros amarillos. Más que eso no cabe esperar de esta supuesta revolución, restringida como es a rebautizar las instituciones sin que se verifique en éstas ningún tipo de mudanza. La lista es larga. Comenzando por el dulce nombre de Venezuela, trastocado en cursi y rimbombante República Bolivariana, sin que se haya alterado en nada el destino del hatajo de desesperados que seguimos siendo. El Congreso Nacional se refundió en Asamblea Nacional Constituyente y todavía esperamos un atisbo de variación en sus funciones. Mismo opera con la redenominación de los ministerios (de Relaciones Interiores a Interior y Justicia; de Industria y Comercio a Producción y Comercio; de Sanidad y Asistencia Social a Salud y Desarrollo Social; de Hacienda a Finanzas; Transporte y Comunicaciones a Infraestructura...) en fin, un auténtico glosario de la prestidigitación oficial en materia de nomenclatura. Las Fuerzas Armadas Nacionales perdieron el plural en el afán de dar la impresión de que ahora las cosas son distintas. Y en su actual poquedad todavía no han mostrado ni un piconcito del cambio. Los damnificados comenzaron a llamarse dignificados y no perdieron el patetismo. Los niños de la calle fueron ascendidos a niños de la Patria y aún deambulan hambrientos y arrebatados. Los delincuentes ahora resultaron "víctimas del puntofijismo" e igual matan, violan, roban y secuestran. El golpe del 4 de febrero de 1992, que fue siempre una chapuza, una acción al margen de la ley, en la actualidad es una fecha patria. Por ese camino, el 23 de enero, conmemorado como la entrada de Venezuela a la era de la democracia moderna, ahora mira con envidia al Día del Árbol. Tirofijo, que hace unos meses aparecía en las páginas de sucesos, ha saltado a las de diplomacia al dejar de ser un forajido para ser considerado como el señor Tirofijo. Lo que no debe extrañarnos porque, en el mismo birlibirloque, los hermanazos del alma han devenido serpientes. Y Arias, el hermanísimo del régimen ha resultado "Frijolito". El CEN de AD se ha travestido en el Comité Táctico Nacional (CTN) del MVR y en su paridad gemelar ambos se reúnen los lunes por la tarde. La quinta Punto Fijo, donde se firmó el pacto de perpetuidad en el poder, se transfiguró en el Samán de Güere. La lista de Piñerúa reencarnó en los 46 casos de corrupción del comandante Urdaneta. Los antiguos compañeros son ahora compatriotas. Alfaro Ucero se llama Luis Miquilena. Y el término chavistas ahora traduce arrepentidos.
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