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Milagros Socorro
msocorro@facilnet.com

14 de julio de 2000

Más por viejo que por diablo, Luis Miquilena ha lanzado sobre el fieltro rucio de la política nacional un naipe que muestra a dos hombres en actitud de mancebía. Miquilena ha acusado a un abogado de condicionar su acción profesional por temor a ver ventiladas sus «tendencias homosexuales» y a que se reedite el comadreo según el cual a este letrado «le gusta contratar muchachitos para que trabajen en su despacho [porque] tiene inclinaciones homosexuales». Conocidos los antecedentes del declarante, no es difícil deducir que en esta ocasión el presidente de la Comisión Legislativa actúa, otra vez, movido por intenciones retorcidas, impulsado por el estricto deseo de reírse a costa de azorados juristas que ven públicamente cuestionada su virilidad y, en suma, por echar vainas. Pero en esta oportunidad Miquilena ha hundido su mano de viejo zamarro en el aljibe donde nadan las oscuras criaturas de las profundidades y ha extraído, todavía palpitante y expulsando ráfagas de agua por todos lados, un pez mitad macho mitad efebo necesitado de caricias.

Para decirlo en otras palabras: Miquilena ha entrompado de frente un asunto que venía presentándose hasta ahora en forma difusa, esto es, el fondo maricón del discurso oficial venezolano de la actualidad.

En los últimos meses la crónica rosa ha saltado de las telenovelas —y su correlato escrito, la prensa del corazón— a las páginas de política de los periódicos y a los noticieros donde los altos personeros del gobierno —incluso el más alto personero del gobierno— airean sus requiebros porque «Fulanito me traicionó»; porque «ya Zutano no me quiere, tanto que lo he adorado yo»; «qué muérgano es Mengano, pasado ahora para la oposición con nombre de caballo siendo que yo le tenía su apodo de potrillo cuando correteábamos juntos»; que si «Perencejo permanecerá siempre en mi corazón aunque me haya batido por las mechas», que si «Menganejo me dejó de querer porque ahora prefiere al viejo aquel». Y no digamos de las sospechas, nunca disipadas, de que cierto machazo de la policía se encuera en establecimientos donde la clientela paga por ver piel tersa y músculos siderúrgicos.

Aquí todos estamos hasta el cuello en alguna tendencia. Esa es la verdad. Y Miquilena ha mencionado apenas una de las muchas que circulan en silencio. Aquí están los abonados a la tendencia de la adulación que, no sé por qué, me parece la más peligrosa, la más meliflua, la más hipócrita. Está la tendencia de los que siguen esperando a que los saquen del pajón adonde los han lanzado sin que ellos mismos sepan por qué y persisten, poema en ristre, antesala eterna, aviso de prensa retórico e incontestado. Está la tendencia de los chavistas light, de discurso moderado y garras raudas para negociados, privilegios y prebendas. Está la de quienes miran los toros desde la barrera, contemplando el panorama con esa mezcla de asco y diversión con que se mira a los cholos de Laura Bozzo atizándose carajazos entre lágrimas y camarógrafos.

La tendencia de los gays emboscados se hunde en la noche de los tiempos, como también la tendencia de los malintencionados que intentan destruir a un hombre sugiriendo que se eriza cuando le resuellan en el cogote. Yo misma llevo rato adscrita en forma radical a la tendencia de las mujeres sinvergüenzas, esas que piensan, aman y escriben exactamente como les da la gana.


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