|
|
|
|
![]() Biblioteca electrónica. Caracas, Venezuela Home Contáctenos Comentarios a La BitBlioteca
Buscador
|
|
Rafael Tudela Reverter Un sibarita en la embajada venezolana en Madrid Caracas, 28 de enero de 2000 Por algún motivo los trajes que Hermenegildo Zegna cose para Rafael Tudela no terminan de sentarle. Se trata, desde luego, de una observación arbitraria porque a la vez él parece estar muy cómodo en ellos pero pese a la excelencia del corte y los buenos oficios del costurero, los sacos parecen colgar con excesiva amplitud en ciertas zonas y uno llega a preguntarse si no será demasiado pesado el género empleado en el forro. Claro que no hay por qué esperar que Tudela luzca como Cary Grant en uno de esos impresionantes planos americanos con la Costa Azul de fondo, total no es más que un potentado venezolano que cada media hora cierra negocios de cifras astronómicas en el mercado petrolero mundial. Acaso Cary Grant haya realizado sus desplazamientos seguido por una corte de masajistas que enderezara sus miembros para luego ser exhibidos como percha impecable en technicolor, mientras Tudela debe apechar él solo con una agenda que enlaza con bolígrafo el mapa entero, sin obviar aquellos escenarios donde la guerra hierve sobre inmensos depósitos de hidrocarburos. Tan prolongada permanencia en las cabinas presurizadas de los aviones han debido imprimirle ese aire de andar por casa que contradice el efecto de sofisticación calculado por el sastre madrileño. Debe ser eso, la acumulación de jet lags y las muchas horas transcurridas al borde de una mesa, porque Tudela es de los que se concentran a la hora de sentarse a la mesa ya sea para negociar, jugar ajedrez o entregarse al moroso trasiego de elaborados platillos y fragantes caldos. Nacido en Caracas en 1931, Rafael Tudela Reverter debe este hecho a un avatar novelesco. «Mi padre era un noble español, nacido en Valencia de origen vasco, en cuya casa se servía de guante blanco y de polainas. Siendo aristócrata se enamoró de mi madre, una burguesa catalana, hija de un industrial muy rico, fabricante de papel y de las cajas en que venían los perfumes de la casa Mirurgia. Cuando mi padre le anuncia al suyo que ha decidido casarse con esta muchacha, muy adinerada pero plebeya, mi abuelo no pone mayores reparos al enlace pero le participa que a partir de ese momento queda desheredado, cual era la costumbre de la época. Enamorado como estaba, mi padre aceptó el desafío y se casó con mi madre, tras lo cual cogió un mapa de América Latina, cerró los ojos y apuntó con el dedo el que sería el destino de la familia: Caracas». Es así como Rafael Tudela Boronat, hidalgo español de familia rentista, como corresponde, y Rosa Reverter, graduada de concertista de piano en el Conservatorio de Barcelona, cruzan el océano tantos veces jalonado por la aventura y desembarcan en el puerto de La Guaira recién casados, con el corazón infatuado por la saga de los amantes contrariados y en las faltriqueras una pequeña suma que nada más llegar se vio desmedrada por la mitad en la compra de un perfume con el que se encaprichó la joven señora Tudela. «Mi padre era un caballero a la antigua usanza». Al menudo resultante de la inversión en el frasco de esencias, la pareja sumaba un par de colchones que fueron entregados como pago por los primeros tres meses de la pensión en que residirían en Caracas. Culminaba el año 30. «Mi padre se puso a buscar trabajo y consiguió un puesto en la sombrerería de José Aristigueta, lo que le vino muy bien porque ya tenía alguna experiencia en el negocio de su suegro que, entre otras actividades, se afanaba también con la elaboración artesanal de sombreros. Al poco tiempo hizo ahorros, se independizó, y abrió la Sombrerería Tudela». La Caracas de los años 30, está testimoniado en fotografías de la época, se abría al mundo como jardín de variopintas corolas. Quien más quien menos, todos iban tocados con sombreros, de manera que el negocio prosperó hasta el punto de que el señorito español reunió medios y arrestos para regresar a su patria con su esposa y su primogénito de pocos meses de nacido. «Quería demostrarle a su padre que había podido triunfar sin su ayuda. Fue así como llegamos a España y mi padre nos instaló en un apartamento a todo lujo, muy cerca de la casa de mi abuelo. Después de eso todo fue miel sobre hojuelas porque el bebé consiguió que los dos hombres hicieran las paces. Hay que decir que yo a esa edad era un encanto». Al cabo de un año el dinero comenzó a escasear y ya la familia acreditaba además de un vástago venezolano, otro español. Tocaba hacerse a la mar nuevamente. El padre desempolvó el viejo mapa que orientaba sus pasos y otra vez a ciegas puso el índice en su siguiente destino, que esta vez sería Buenos Aires. «Llegamos a la Argentina en el año 34 y mi padre se empleó alternativamente en los muelles del río de La Plata y como bar tender. Una vez más hizo ahorros suficientes para montar su negocio de artículos para caballeros y de sombreros. Le iba muy bien pero al cabo de unos años, cuando llegó Perón al poder, mi padre avizoró que los nuevos tiempos no serían muy auspiciosos para la iniciativa privada y decidió regresar a Caracas con toda su familia, a la que se había agregado un hijo argentino». A los doce años -en el 43- Rafael Tudela, hijo, volvió a avistar las costas de su país de nacimiento, desde la cubierta del barco Cabo de Hornos. Había concluido sus estudios primarios en Buenos Aires y se disponía a continuar el bachillerato en Caracas. «Mi madre determinó que yo debía ir a clases bien vestido, como se hacía en la Argentina. Y bien vestido era pantalón corto... yo era del mismo tamaño que ahora (1,85 mts.) pero pesaba 48 kilos... sandalias sin medias, un guardapolvo blanco con un moño azul de lunares blancos. Era lo que se usaba en Buenos Aires, punto menos que un payaso para los parámetros caraqueños. Y así fui al Liceo Aplicación para gran regocijo de mis nuevos compañeros quienes demostraron su inagotable capacidad de burla. Para mi suerte, yo había jugado fútbol en el equipo infantil del Riverplate, de manera que el choteo duró hasta el día en que participé en mi primer partido de fútbol y metí cinco goles. A partir de entonces me convertí en el Pibe Tudela, el héroe del liceo». Ya graduado de bachiller, el hijo del sombrerero quiere ser psiquiatra. Se ha pasado la adolescencia leyendo los textos de Freud y Jung, y aspira convertirse en un profesional del diván en una prestigiosa universidad de Montreal. Con el apoyo paterno emprende el viaje hacia esa ciudad canadiense en una ruta que se iniciaba en Maiquetía con sucesivas escalas en La Habana, Nueva Orleans y Nueva York, paradas donde debía permanecer por una noche. Pero en La Habana sucumbió al hechizo de una nativa y en vez de una noche se quedó toda una semana... sin solicitar el permiso de su padre, que al fin y al cabo no era más que un Grande de España y se creía en el deber de tutelar los pasos de su primogénito, aún menor de edad. El descarrío le valió un mordisco en la mesada y al llegar a Nueva York le fue entregado un boleto de tren en tercera clase y la cantidad de diez dólares para hacerle frente a los gastos del primer mes en Norteamérica. «Entonces tuve mi primera experiencia gastronómica digna de ser contada, además de los maravillosos guisos de mi abuela catalana, mi querida Yaya, que me deleitaron durante toda mi infancia y adolescencia. En esas primeras semanas en Canadá mi alimento consistió casi exclusivamente en chocolate milk, una bebida a la que terminé aficionándome y que no abandoné ni siquiera cuando mi padre se apiadó de mí y comenzó a mandarme remesas más generosas». Desanimado por el consejero universitario que lo impuso de los doce años que duraría la formación de un psiquiatra, Tudela dio muestra precoz de su clarividente visión y se cambió a la Universidad de Houston donde siguió las carreras de Ingeniería Mecánica y de Petróleo. Ya recibido de ambos títulos inició una carrera de rutilante excepcionalidad en un país donde los tesoros del subsuelo son propiedad del Estado, y se dio al disfrute de la gran mesa del mundo que se le ofreció como cornucopia cernida sobre mantel bordado. «Me gusta todo. Todas las gastronomías, todos los frutos de la tierra y todo lo que camine, nade o vuele. Ésa es mi principal virtud como comensal y mi defecto más visible. No le hago ascos a nada. Soy un gran comelón pero no soy cocinero, lo único que soy capaz de hacer frente a un fogón es tostones de plátano verde». Comedido como es en su imagen pública y algo pálido, Tudela no se priva de arrebatos sensuales por la vía gustativa. «No olvidaré nunca una ocasión, hace muchos años, en que me invitaron a un restaurant en París llamado La Masserre, a comer el plato especial del lugar, un foie gras dansarrot naturel maison, acompañado de un vino blanco, un Château (suena dequel...) del año 64. Yo nunca había probado un manjar tan delicioso como ese plato regado por aquel vino, he tenido varias experiencias notables pero aquélla fue especial. Experimenté una oleada de euforia física, de curiosa felicidad momentánea que no he podido olvidar. Las sensaciones derivadas de la gran mesa sólo pueden ser comparables con las que experimenta un joven al recibir el beso de amor de una muchacha». Miembro y commandeur de los Chevalier de Taste Vin, cofradía francesa que agrupa a productores y degustadores de vinos en todo el mundo, Tudela tiene en su casa una cava de vinos que alguien ha asegurado ser la mejor avituallada del país, cosa que él no suscribe y apenas concede que «bueno, sí, no está mal, guardo unas dos mil botellas, algunas formidables como las de Romanet Conti, del año 70, y otras excepcionales, como las de Château Rothschild, del año 34, que han sido reencorchadas. Tengo un marchand de vinos que me los envía de Nueva York y París, y ocasionalmente los adquiero aquí. Pero también tomo cerveza, ah, y me encanta el coñac después de la comida, así como entre los whiskys prefiero el Pinch de la Casa Haig&Haig, de quince años y el Buchanans, de dieciocho años. Ya le digo que como y tomo de todo pero nada se compara con el momento de descorchar un vino de gran personalidad, es un evento abrirla, decantarla, saborearla con la nariz y después probarla». Similar fruición lo moviliza hacia el consumo de tabacos, al que llegó como último recurso para abandonar un pertinaz vicio que lo arrastraba al cigarrillo a un ritmo de dos cajetillas por jornada. «Un día probé un puro como alternativa para dejar el cigarrillo y así me aficioné a los habanos. Al principio me ponía verde porque llegué a fumar al día hasta ocho puros que, en medio de mi desconocimiento, inhalaba. Pero luego aprendí a saborearlos y ahora no paso de cinco puros a la semana. Mis preferidos son el Cohiba cubano, el 898 de Partagás, el Montecristo, el Romeo y Julieta, y ahora hay uno nuevo, el Bolívar, elaborado en Cuba, que está muy bien». En suma remata no soy un experto. Ni en gastronomía ni en vinos ni en tabacos. Yo diría que me mantengo bien informado en materia petrolera y en todo lo demás, incluida la Medicina de la que soy seguidor a través de varias suscripciones de revistas especializadas, soy apenas un aficionado. Muy entusiasta, eso sí.
|
|||||||||||||||||||||||||
|
||
|
Copyright © 2000 - 2005 por Analítica Consulting 1996. Reservados todos los derechos. Analítica Consulting 1996 no se hace responsable por el contenido publicado de fuentes externas. |
|
|