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Sección: Bitblioteca
ENVIAR A UN AMIGO | ENVIAR AL DIRECTOR | ENVIAR AL EDITOR No es pro-vida; es anti-aborto Caracas, martes 6 de febrero de 2001 Entre los grupos de presión a quienes se han considerado favorecidos por el ascenso de George W. Bush a la presidencia de Estados Unidos, los medios de difusión resaltan al auto-denominado «Movimiento Pro-Vida», uno de los más conspicuos exponentes de lo que el auge derechista en proceso quiere imponer como «pensamiento único» para el comienzo del siglo XXI, en un cóctel cuyos ingredientes son fundamentalismo religioso de variopinto pelaje, ideas tecnocráticas de asepsia sospechosa, más infaltables toques de xenofobia y racismo. Así mismo, en Europa, una onda reaccionaria similar ha tenido poderoso impulso manipulando ansiedades ante la disminución de la natalidad, el envejecimiento de la población y la inmigración de los «extra-comunitarios». Tampoco en América Latina hemos escapado al insistente alboroto de esta cruzada, así que es pertinente examinar su multisápida argumentación, en particular apuntando hacia su objetivo básico, que más que defender la existencia humana es hacer de la interrupción del embarazo un acto culpable, clandestino y peligroso, sin proponerse eliminar sus causas o tornarlo innecesario, ya que sólo piden represión del hecho. La base principal del ideario de estos antiabortistas pues ello es lo que son en esencia está en su muy peculiar vitalismo: se asegura que el feto es vida humana para dar argumentos en base a un significado ambiguo del termino «vida». La cosa es hablar de vida en el feto con igual sentido a si se tratase de vida extrauterina, como si ya se presentase en el seno materno esa condición de autonomía y separación del otro que define la existencia individual humana. Se invoca el silogismo marrullero de: «el feto es vida», «la persona es vida», y por lo tanto «el feto es persona»; se podria decir igual: «el feto es vida», «el ministro corrupto es vida», luego «el feto es un ministro corrupto»; o también «el feto es vida», «mantener una familia con el salario mínimo no es vida», de ahí que «el feto no es mantener la familia con el salario mínimo». Para evitar esas complicaciones lógicas, a veces se matiza calificando al embrión como germen o simiente, ardid que elude el inconveniente de catalogar como persona a quien no lo es; pero a la hora de proponer sanciones, se habla de «indefenso niño», en malabarismo semántico para convertir lo que es (el mentado germen) en lo que podría ser (persona, niño y hasta «individuo útil a la sociedad»). La base de todo es un principio que parece inatacable: el respeto absoluto a la persona humana, pues si se empieza por «matar» embriones, se seguiría con impedidos, ancianos y otros que estorben en una sociedad del asesinato legalizado. Esto sonaría convincente si se olvida el intencional enredo que el antiabortismo hace con el concepto de vida humana y en la definición de quién es persona. Si se entrampan a si mismos, allá ellos; pero pretender que los demás aceptemos su confusión de simiente con gente o, peor aún, atribuir al prójimo que no comparte sus lucubraciones siniestros designios de ahorcar viejitos, fusilar discapacitados o la eliminación de los feos no pasa de ser una solemne idiotez, y vaya Ud. a saber si hasta proyección en los demás de los propios deseos reprimidos. Que esto último no es especulación gratuita parecen evidenciarlo los infaltables sondeos estadísticos norteamericanos, que señalan a una amplia mayoría de estos paradójicos paladines por la vida aceptando y justificando tanto la pena de muerte en particular, como en general toda acción represivo-autoritaria de los poderes establecidos contra los que política y socialmente son más débiles. 7 pecados capitales del antiabortismo
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