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De la banalidad y los intelectuales

Néstor Francia

El Nacional, 25 de agosto de 2001

El principal tema mediático derivado de los acontecimientos de Génova fue sin duda la muerte del joven Carlo Giuliani. Pero este solo hecho, visto de manera aislada, pudiese ser atribuido a la intemperancia, a la brutalidad, al miedo o a la estupidez de un policía acorralado. No puede decirse lo mismo del asalto nocturno, desproporcionado, armado, a un centro de jóvenes contestatarios, y de la posterior práctica cuartelaria de la tortura masiva, física y sicológica. Me pregunto: ¿dónde están estos intelectuales nuestros que se desmadran por la «democracia» y que hubiesen armado un titánico ventetú si el gobierno de Chávez le hubiese aplicado tan solo una dosis menor de esa medicina a algunos de los frecuentes conflictos que inquietan a Venezuela? ¿Qué razón, qué pretexto sirve para callar ante la violación multitudinaria de los derechos humanos en el país que acoge a la Santa Sede? Esto viene a cuento por el excelente artículo de Ibsen Martínez en Primicia que se pasea por el asunto del papel de los intelectuales. Soy de los que piensan que ese papel ha variado en la medida en que la humanidad ha ido desechando las camisas de fuerza ideológicas y ha tratado de ensuciar cada vez más el pensamiento de la realidad con las terquedades que esta privilegia.

Traigo a colación el tema de Génova porque me parece emblemático. Las disímiles reacciones de los intelectuales venezolanos ante el humo y las barricadas que perturbaron a la portuaria ciudad italiana, dicen mucho del verdadero contenido del debate de ideas en nuestro benditamente alebrestado segmento de los profesionales del pensamiento. Y también iluminan el camino que podría exiliarnos, finalmente, del absurdo territorio donde ciertos intelectuales pretenden montarnos morada, y en el cual se supone que el debate de ideas en Venezuela debe ser casado con dos contingentes en la arena: los «chavistas» y los «antichavistas».

Vargas Llosa y Plinio Apuleyo Mendoza, el mismo día y en el mismo medio, abordaron los sucesos genoveses desde su perspectiva de «esclavos de la utopía del mercado», descripción sin desperdicios que acuñara Tulio Hernández. Ambos confunden la mundialización irreversible, con la globalización concebida como eclosión del capitalismo y del poder financiero, como el reino de las grandes transnacionales, como el sueño dorado de los acólitos de Bush que imaginan un mundo futuro dominado por diez marcas. Ambos desprecian, con cierto tono de perdonavidas, a los miles de jóvenes del mundo desarrollado que se hacen, con todo derecho y todo deber, parte del problema.

Es interesante ver cómo el abordaje del issue genovés presenta dos actitudes en la activa agenda de los intelectuales venezolanos. Por un lado, y sin entrar a considerar la propiedad de las conclusiones en cada caso, está un nutrido número de firmas que se acercan al análisis armadas de honestidad intelectual y de legítima preocupación por el destino de la democracia en el mundo (de las democracias particulares, de la democracia global). Nada de sucumbir al fantasma de las amenazas al «libre mercado», nada de asomar a cada rato el panfleto dicotómico, dogmático, de unos «demócratas» consagrados, de un mundo que marcha idealmente por la senda neoliberal hacia una justicia universal que transcurre por el camino de la cultura corporativa del capitalismo, que mejor operará si continuamos mansamente cumpliendo nuestros rituales en los templos Sambil de todo el planeta, enfrentados a unos loquitos que no quieren entender lo inevitable de que haya cada vez menos individuos libres y más individuos que viven como esclavos, más hondos abismos entre hombres ricos y hombres pobres, entre naciones poderosas y naciones postergadas, tercos amotinados que pretenden favorecer la globalización de la justicia frente a la globalización de la miseria. El articulismo más inteligente (en la acepción de capacidad para entender), cuyos nombres no son todos rutilantes, ha venido tratando de enfrentar el tema al borde de los prejuicios, intentando conformar ideas en base a una mirada acuciosa hacia la realidad. Los nombres no son pocos: Ana María Eiras, Axel Capriles, Carmen Cecilia Lara, Alberto Krygier, Antonio Francés, Ibsen Martínez, Tulio Hernández, Pablo Antillano, entre otros. Por otro lado, ha existido el abordaje banal, prejuicioso, sobre todo de sectores que han venido desarrollando dogmatismos de nuevo tipo. Elías Pino Iturrieta, por ejemplo, despacha un asunto tan trascendental como la crítica de la globalización, con un artículo donde la principal pregunta es si los genoveses no estarán lavando los pecados de…¡Cristóbal Colón! (y conste que quien plantea el tema con tal despiste, al mismo tiempo califica a los jóvenes antiglobalizadores como «despistados»). No muy distinto, en su superficialidad, es un artículo de Carlos Raúl Hernández, donde tilda de genocidas a los que protestan y culpabiliza a los países pobres de la explotación y las miserias que cubren al mundo: la culpa es de Bolivia, no de las transnacionales. Respuestas como las de Pino y Hernández no se compadecen con la importancia del hecho de que «los activistas que se congregan en estas extensas reuniones globales están, en efecto, subrayando interrogantes serias». Y esto último no lo extraigo de algún manifiesto del Círculo Bolivariano de Creadores, sino de un sesudo editorial de Le Monde. A esta banalización del debate contribuyen eventualmente unos cuantos más, cosa que puedo demostrar con columnas y artículos suyos que guardo con celo: por ejemplo Manuel Caballero, o Milagros Socorro, o algún cómico farandulero trocado en columnista de opinión.

Lo que quiero decir es que el asunto principal se refiere más a la calidad del debate intelectual, que al carácter de sus participantes. La gran batalla es entre banalidad y seriedad, entre superficialidad y profundidad, entre chapucería y propiedad, entre dogmatismo y flexibilidad. Y con esto no quiero despachar la necesidad de la confrontación de posiciones, ideologías y visiones: la tolerancia no es ausencia de debate, sino la aceptación de este como método vital de la democracia. No se trata de que seamos unánimes, sino de que seamos serios.

Con todo, y como preámbulo a la consideración de otro aspecto del artículo de Ibsen en Primicia, debo decir que me parecen mucho más honestas personas como Pino y Hernández, que asumen sus posiciones abiertamente, que aquellos impostores señalados por el mismo Ibsen en reciente trabajo en El Nacional, quienes son gerentes de la cultura oficial (o sea, gerentes del Ministerio de Educación de Chávez) y andan a escondidillas descargando su bilis contra el gobierno, pero eso sí, aferrados como lapas a esos puestos.

II

También ataca Ibsen en su artículo el tema de las políticas culturales del Estado venezolano. He dicho en mi libro Antichavismo y estupidez ilustrada y lo he repetido en entrevista que me hizo el Papel Literario de El Nacional y en cuanto escenario se me dispone, que el principal actor del proceso revolucionario venezolano no es ni puede ser el gobierno. Creo a pie juntillas en el aserto que me espetó un amigo, en el sentido de que «los gobiernos no hacen revoluciones». El gobierno, en el caso de este país, debería ser un factor y hasta una herramienta, pero ni remotamente superior en trascendencia al verdadero y necesario protagonista de este montaje: el soberano, el pueblo, los ciudadanos, la sociedad o como usted prefiera llamar al cuerpo colectivo, mayoritariamente anónimo, que apura todas las mañanas algún café para salir a batirse con la complejidad de los días. ¡Si a cada rato lo dice el mismo Chávez! Ni siquiera él, por ahora y hasta que me demuestren lo contrario, el único líder máximo posible en esta dramática transición nacional, puede ser el centro o la referencia primaria del proceso que vivimos. Pero vamos al grano: el Estado venezolano, incluido allí por supuesto el aparato cultural, sigue padeciendo de la mayoría de los vicios que arrastramos desde la segunda mitad del siglo XX. Es un Estado excluyente porque no ha generado todavía los mecanismos que se compadezcan con los altos contenidos participativos y protagónicos que pululan en la Constitución del 99. Es un Estado cupular, imperial, trabado en sus enredos jerárquicos y sobre todo en su inmensa soledad en relación con los que lo sufrimos todos los días de mil maneras. No estoy dudando, no tengo por qué hacerlo, de las positivas intenciones de hombres como Manuel Espinoza o Roberto Hernández Montoya, por nombrar a algunos de quienes están al frente del Conac. Digo que en la medida en que los trabajadores culturales, y no me refiero solo a los artistas sino también a las secretarias, los bedeles, los vigilantes que laboran en los espacios burocráticos de la cultura oficial, no formen parte activa de la ejecución y sobre todo del control de la gestión de nuestras instituciones culturales, seguiremos viendo por una parte el denodado esfuerzo de gente trabajadora y productiva, al lado de la descaminada desvergüenza de tanto reposero, vagoneta, despilfarrador, corrupto y pantallero, que medran de los dineros públicos y hacen lo que les viene en gana ante la absoluta ausencia de controles. La Constitución de la Quinta República no puede ser aplicada por el Estado de la Cuarta. Los cambios profundos tienen que ver siempre con terremotos estructurales, con el estallido de los paradigmas, con la recomposición de los protagonismos. Más democracia, más democracia, más democracia: he ahí una buena razón para pensar, para escribir, para luchar.



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