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El pueblo en la Revolución Bolivariana
Febrero de 2003 Revolución e incertidumbre. Revolución y movimiento popular. El pueblo como actor histórico. Las raíces. La recuperación de Venezuela y el Estado Hemos comenzado el análisis por lo que es la nuez de las ideas políticas de Chávez: el carácter de la revolución bolivariana, su particularidad y el papel del pueblo, sobre todo del pueblo desposeído, que es el principal acreedor de la descomunal deuda social acumulada por largos años en Venezuela. Sin embargo, esas características por sí mismas no definen el proceso que trata de llevar adelante el gobierno de Chávez, y sobre todo el amplio sector del pueblo venezolano que lo apoya. Esta revolución ha sido definida como «bolivariana» y habría que ver en qué sentido se vincula este concepto a las luchas concretas y actuales de los venezolanos. Por eso se impone dilucidar en qué medida el discurso de Chávez aborda el tema de las raíces de lo que ocurre y sobre todo del «bolivarianismo». En el siglo XX hubo, básicamente, dos tipos de revoluciones sociales (hubo revoluciones tecnológicas que desembocaron, entre otras cosas, en el dominio de la informática y la Internet): las revoluciones nacionalistas y las revoluciones socialistas. En algunos casos se combinaron y a veces las revoluciones fueron nacionalistas en la táctica y socialistas en la estrategia, como en los casos de las revoluciones china y vietnamita. En países como la India y otras colonias o semicolonias asiáticas, y de un buen número de países árabes africanos y del África negra, se impusieron las ideas nacionalistas enfrentadas al colonialismo y al neocolonialismo. En el caso de las revoluciones que se definieron desde un principio (o en sus primeros años) como socialistas, hubo desarrollos desiguales. Sin embargo, solo han permanecido fuertes aquellas que han sido capaces de deslizarse desde el dogmatismo marxista hacia una zona de pensamiento propio, donde el marxismo es uno de los nutrientes, pero no el único ni el principal. El puesto de predominio, en esos casos, lo ha venido ocupando cada vez más la compresión de la realidad particular de cada país y de cada pueblo, lo que permite la flexibilidad para adaptarse y avanzar en esa selva enmarañada que es el mundo real. Ejemplos de esta vertiente son sin duda China y Cuba. En el caso de China, ha encontrado la manera de modernizarse, derrumbar los muros del aislamiento y reformar la economía sin romper con el objetivo estratégico de construir una sociedad predominantemente socialista. Lo mismo puede decirse de Cuba, que en medio de enormes dificultades, ha iniciado interesantes procesos de apertura, superando aislamientos e incomprensiones, aun en medio de algunas penurias como consecuencia de ciertos errores propios y del bloqueo inhumano impuesto por los Estados Unidos. Lo importante de todo esto es el establecimiento de una verdad universal: las transformaciones sociales tienen características particulares, vinculadas a fenómenos de época y a desarrollos específicos, que no pueden ser encerrados en jaulas ideológicas, ni predeterminados por frías teorías. Por ello es importante comenzar nuestro análisis con la siguiente aseveración de Hugo Chávez: Revolución con su propio perfil, revolución con sus propios signos, porque sabemos que no todas las revoluciones son iguales ni tienen el mismo ritmo ni el mismo signo, aun cuando ocurran en el mismo lugar. Cada una está marcada por un sello de su propio tiempo, por un rostro, por una identidad que se va haciendo ella misma (discurso pronunciado el 19 abril de 1999). Hay en este aserto un aspecto muy interesante, pues se adapta muy bien a lo que ha venido siendo la realidad venezolana de los últimos tiempos, y es aquel referido a que cada revolución está marcada por «una identidad que se va haciendo ella misma». Pero es que así ha sido siempre, aunque a veces no se comprendiese. Nadie ha sido capaz de prefigurar con precisión el destino de las sociedades. Nadie adivinó que la Revolución Francesa, paradigma de la revolución burguesa, cuya consigna era «libertad, igualdad y fraternidad» iba a desembocar en un mundo plagado de esclavitud, miserias, desigualdades y guerras. Nadie previno el hecho de que la Comuna de París iba a ser enterrada, en apenas una semana, al costo de 30.000 muertos. Nadie supuso que la Revolución Socialista de Octubre en Rusia iba, con el tiempo, a ser secuestrada por una casta burocrática que terminaría por restablecer el capitalismo. Nadie imaginó que las profundas contradicciones en el seno de la Revolución China conducirían a la imposición de las corrientes más realistas y equilibradas que salvarían la revolución socialista mientras la casaban con la modernidad y la apertura, para poder continuar el arduo camino hacia otro mundo. Del mismo modo, nadie puede pretender esquematizar con líneas finas el destino del proceso de transformaciones que ha venido surgiendo en el vientre de la sociedad venezolana. Se trata de un proceso que «se va haciendo a sí mismo». Esto es fundamental comprenderlo antes de avanzar en la lectura de este trabajo. Nunca en él se hablará de procesos cerrados, culminados, hechos. Partimos más bien de la premisa de que prácticamente todo está por hacerse, al menos en lo que se refiere a las aspiraciones estratégicas plasmadas en la Constitución de 1999. De manera que el primer elemento a tomar en cuenta para abordar el pensamiento político de Chávez, es que el mismo es producto y a la vez se inserta en una situación inestable, de incertidumbre, creativa, autogenerativa. Esta situación es cada vez más claramente comprendida por el pueblo venezolano. En un documento titulado Declaración política previa al Encuentro Nacional de Organizaciones Populares: El movimiento popular venezolano y el momento político (23/09/02), de la comisión organizadora de ese evento (no gubernamental), se puede leer lo siguiente: En este proceso de incertidumbre que vivimos, nacen y mueren constantemente líderes y organizaciones. En este momento crucial del desarrollo social, donde cientos y cientos de acontecimientos políticos se suceden uno tras otro, nos encontramos todos nosotros. Transitamos la incertidumbre, muchos están atemorizados porque desconocen que el caos, en nuestro caso, no es otra cosa que el desorden del orden caduco y el desarrollo del nuevo orden, también es una de las formas que presenta la vida a través del movimiento social. Tenemos que aprender a vivir en el caos, hasta que resolvamos las contradicciones que conducirán a un estado de mayor tranquilidad y estabilidad. La incertidumbre actual no es una característica exclusiva de lo venezolano. En la medida en que han perdido terreno las distintas expresiones del pensamiento dogmático en el mundo, se han venido acabando las seguridades ideológicas. Desde el punto de vista de lo que nos pueda traer el devenir, estamos a la intemperie, y deberemos capear todas las tormentas e ir construyendo los caminos. Sin embargo, esto no significa que la humanidad anda a ciegas. En general, la humanidad sabe lo que no quiere, pues conoce lo que ha fracasado. También, en medio de las aguas turbulentas y la densa bruma, atisba un puerto hacia donde navegar: descubre unos destellos, intuye unas formas, nada absolutamente claro, como una imagen que deberá irse conformando solo en la medida en que la barca se le acerque. Ese parentesco entre la situación venezolana y la situación mundial no es en absoluto casual. Chávez ha hablado, y eso lo veremos en detalle más adelante, de tres niveles de la integración, que se complementan: la integración hacia adentro de los países, la integración regional y la integración global. De manera que en el mundo contemporáneo lo nacional siempre se vincula a lo regional y lo mundial. En tal sentido, para Chávez la situación revolucionaria aparece como una condición continental: Creo que una oleada recorre el Continente. Una oleada de fuerzas nuevas, positivamente nuevas, para salir de lo viejo, para salir de viejos paradigmas, de encerronas históricas que nos han llenado de sangre, de muerte y de miseria desde hace muchísimo tiempo y que alguna gente ciega o insensata se niega a reconocer (discurso en el acto inaugural de la Cumbre sobre la Deuda Social y la Integración Latinoamericana, 10/07/2001). Basta con ver el mapa político de América Latina para reconocer la afirmación de Chávez como verdadera. En todo el continente surgen a cada momento fuerzas nuevas, como las que representan Lula en Brasil y Gutiérrez en Ecuador, en medio de un cuestionamiento generalizado a las políticas tradicionales y a la democracia formal que han generado todo tipo de miserias. Pero a diferencia de lo que ocurrió en los años 60 y 70 del siglo XX, cuando los movimientos transformadores se identificaban casi todos con el pensamiento marxista dogmático, en la actualidad se impone una gran diversidad y una participación cada vez más directa de los ciudadanos, como la participación indígena en México, Bolivia, Ecuador, Perú, o la amplia participación ciudadana en las luchas populares de Argentina, Venezuela, Brasil. En fin, se trata de un proceso nuevo que no cabe en callejones ideológicos ni en ghettos políticos. De manera que Chávez define el proceso revolucionario venezolano como original y vinculado al destino del continente, siendo parte del nacimiento de nuevas fuerzas. Al mismo tiempo se trata de un proceso arduo, lleno de grandes dificultades: Las dificultades del proceso venezolano son, muy, pero muy grandes, de eso tenemos que estar conscientes todos. En todos los sentidos, en lo político, en lo social, en lo ético, en lo económico, en lo internacional, en lo nacional, por donde uno mire el panorama del proceso venezolano tiene grandes dificultades que requieren de la mayoría grandes esfuerzos (palabras en el acto de lanzamiento de la Ley de la Pequeña y Mediana Industria, 05-12-2001). Esta idea es fundamental para comprender lo que ocurre hoy en Venezuela. Uno de los grandes peligros del proceso de transformación es que irrumpa la desesperación, y esto vale tanto para los sectores afectos al gobierno como para los opositores. Desde el punto de vista de quienes apoyamos al gobierno, es natural que nos preocupe un poco la lentitud de los cambios. Poco se ha avanzado en comparación con las grandes necesidades, expectativas y esperanzas del país. Pero no hay manera de que el avance sea rápido. Quiero recordar algo que señalé en mi libro Antichavismo y estupidez ilustrada (Caracas: Rayuela, 2000): Veamos, no sin horror, estas cifras de 1998: 2.900.000 familias en situación de pobreza, 40.000 niñas en prácticas de prostitución, 15,30% de desempleo, 80 de cada 100 familias habita en asentamientos urbanos y rurales al margen de los servicios básicos, 600.000 hogares carecen de agua potable, 60 de cada 100 familias habita en zonas de alto riesgo geológico, el 41% de la población vive en ranchos. Y también: En un desarrollo sin planificación real, sin proyecto de largo aliento, sin metas claras, terminamos siendo un país sin ferrocarriles, sin industrias, sin sistemas de riego. Nos legaron un rancho destartalado que a duras penas podemos mantener en pie. De manera que hay que crear conciencia en el pueblo de que la recuperación de Venezuela es un proyecto de largo aliento, porque la desesperación puede dar paso a la decepción y la desesperanza. El concepto chavista de que el camino es arduo y que requiere grandes esfuerzos es uno de los principales aspectos de este pensamiento que deben ser internalizados, establecidos firmemente en la conciencia de los venezolanos. Esto no significa, por supuesto, que debemos cruzarnos de brazos y conformarnos con el ritmo que hasta ahora se lleva. Es verdad que el proceso será largo y difícil, pero los obstáculos se verán multiplicados si se entronizan los vicios heredados del pasado que permanecen vivos y que lamentablemente se han profundizado en algunos casos. Hablamos de la ineficiencia, de la indolencia y sobre todo del pensamiento burocrático, el cual constituye una de las grandes rémoras del proceso venezolano. Por otra parte, la desesperación puede alimentar igualmente el vanguardismo, la tendencia a quemar etapas sin que las condiciones objetivas de la sociedad estén maduras para ello. El vanguardismo se aleja del camino largo que necesita el pueblo y se va por atajos que no llevan a ninguna parte que no sea el fracaso. En ese sentido, el vanguardismo es una forma del pensamiento burocrático, así sus promotores anden todo el día en la calle. Se puede andar todo un día en la calle separado del pueblo, así como se puede estar todo un día en una oficina en contacto con el pueblo. No es un problema topográfico, sino político. El vanguardismo comete el error de pretender adelantar los procesos. El burocratismo oficinesco comete el error de atrasar los procesos y desvirtuarlos en la medida en que prescinde del factor principal: el pueblo, la sociedad, el soberano o como queramos llamar al colectivo social, que tiene que ser el gran realizador del proceso transformador que está plasmado en el espíritu de la Constitución Bolivariana. Pero la lucha contra tales vicios también será ardua y larga. Esto es lo que debe entenderse de la frase de Chávez arriba señalada cuando habla de dificultades «en todos los sentidos». Y cuando se refiere a la necesidad de «grandes esfuerzos», debemos suponer que habla también en «todos los sentidos». Grandes esfuerzos «en lo político, en lo social, en lo ético, en lo económico, en lo internacional», grandes esfuerzos también, digo yo, en la superación tanto del vanguardismo como del burocratismo, grandes esfuerzos por la unidad de los venezolanos, pero al mismo tiempo grandes esfuerzos para que se mantenga vivo el debate generalizado, para que nadie pueda secuestrar la lucha de tanta gente por una Venezuela distinta. Ahora bien, ¿cuál es, si nos atenemos al pensamiento de Chávez, el motor de la Revolución? ¿Cuál es el antídoto contra el vanguardismo y la burocracia? Aquí entramos a uno de lo grandes temas del pensamiento chavista: el papel del pueblo. Quien no asuma a plenitud este aspecto del pensamiento de Chávez, no entiende en profundidad este proceso de transformaciones: Sin un pueblo despierto, consciente y en movimiento, no hay revolución posible, no hay Mesías, no hay caudillo que pueda conducir un proceso revolucionario, solo es el pueblo y esa es la condición sine qua non para que haya proceso revolucionario (discurso pronunciado el 19 abril de 1999). Vemos como aquí no hay medias tintas. Chávez no habla de «también el pueblo» ni de «además el pueblo», ni siquiera de «sobre todo el pueblo», sino de «solo el pueblo». Ese es el carácter principal de la propuesta de Chávez, es la nuez de la democracia participativa y protagónica, es la clave de la recuperación de Venezuela. No es el gobierno, no son los poderes públicos, no son los asambleístas, no son los partidos. Es el pueblo, el colectivo nacional, el factor «sine qua non para que haya proceso revolucionario». Sin la participación cotidiana y organizada del pueblo habrá cualquier cosa en Venezuela, menos revolución. El gobierno, los poderes públicos, las gobernaciones, las alcaldías, los asambleístas, los partidos, las instituciones todas no pueden ser más que herramientas del pueblo organizado. Si esto no se logra, no importan los esfuerzos que se hagan, siempre al final la revolución, la transformación verdadera, se verá frustrada. Es cierto que el pueblo venezolano ha logrado niveles de conciencia nada despreciables. Parafraseando a Marx, el pueblo venezolano ha avanzado en su tránsito de pueblo en sí a pueblo para sí. Buena parte de ese pueblo ha conseguido lo que Chávez llama la razón de ser de un pueblo, ha conseguido de nuevo el norte, ha conseguido de nuevo la ilusión de tener una patria, una democracia, una vida. Ha conseguido de nuevo la explicación a la razón de vida, a la razón de las luchas, también a la razón de los dolores (inauguración de la II Cumbre de Presidentes de Cortes y Tribunales Supremos, 24-03-99). Sin embargo cabe decir que ese proceso necesita mayor profundización, mayor extensión, pues mientras todo el pueblo, o al menos la inmensa mayoría de ese pueblo, incluidas las clases medias, no logre desarrollar y afianzar aun más esos niveles de conciencia, el proceso revolucionario estará en peligro y será inestable. Es por ello que he repetido en muchas ocasiones que el verdadero proceso transformador venezolano es el que se está dando, paulatinamente, en el seno del colectivo social. Esa es la esencia de la revolución, una esencia más importante y más trascendente que el mismo gobierno. Esto es absolutamente claro en el pensamiento de Chávez: Nunca debemos olvidar, ni podemos olvidarlo, que la tarea estratégica más importante, en mi criterio, es la organización del movimiento popular. Eso es algo fundamental, estratégico: organizarlo, ideologizarlo, concientizarlo, politizarlo, para que el pueblo tome conciencia de qué es lo que está ocurriendo aquí (Primera Asamblea Nacional del Polo Patriótico, Sala Plenaria del Parque Central, 19-04-99). Vemos que Chávez habla de «la tarea estratégica más importante». Sin embargo, en mi experiencia personal, muchas veces he planteado a funcionarios del gobierno, inclusive altos funcionarios, la necesidad de vincular la acción del Estado y del gobierno de manera directa al pueblo, y lo que he conseguido son evasivas y desprecio por tal idea, como si no entrara dentro de sus prioridades o hasta les molestara el planteamiento. Una vez me reuní con altos dirigentes del MVR [Movimiento V República] y uno de ellos me dijo que el problema principal de la Revolución era la eficiencia del gobierno y no la participación popular. ¿Cómo puede separarse una cosa de la otra? Si en este proceso no se extiende la participación del pueblo, nunca será realmente eficiente, al menos no será capaz de transformar verdaderamente el país, de manera que eficiencia y participación popular no son términos excluyentes, sino absolutamente complementarios. La claridad del presidente Chávez al respecto es notable: Me monté en una ola y a lo mejor la ola me pasa por encima mañana, no sé ni me importa. Que la ola siga su rumbo, eso sí, que siempre haya un colectivo llevando la ola, el hombre individual no importa absolutamente para nada (discurso pronunciado el 19 abril de 1999). Claro, eso implica que el colectivo, el pueblo, no puede esperar a que la participación sea decretada o que sea una dádiva del gobierno o los partidos. La ola del colectivo debe seguir su rumbo, «que siempre haya un colectivo llevando la ola». Esta ola, que en Venezuela está creciendo poco a poco, a veces con saltos como pasó después del golpe de Estado de abril de 2002, tendrá que seguir acumulando fuerzas, sumando agua de todas partes, para convertirse en una ola gigante capaz de llevarse por delante todos los obstáculos y todas las incomprensiones. De mil maneras ha expresado el presidente Chávez la importancia decisiva de comprender el papel del pueblo. Porque el hecho de que nuestro pueblo esté en un proceso evidente de ebullición, no significa que la tarea esté hecha: Sí, el pueblo es la marea alta pero eso no tardará por los siglos de los siglos, eso no se mantendrá así por diez años. Esa es como la marea, sube y también baja. Si a ese pueblo lo defraudamos, si a ese pueblo no lo ayudamos a que él mismo se organice, si ese pueblo no consigue una orientación histórica consciente, también estaremos perdidos, nos pasaría, en ese supuesto, que quiero pensar como negado, lo de aquella llamada «maldición de Sísifo», aquel que fue condenado a llevar una roca a la cumbre de la montaña y cuando iba llegando ya, después de tanto esfuerzo, se le caía la roca y debía ir abajo a buscarla nuevamente y a subir. Se le caía, y así pasaba años y años (discurso pronunciado el 19 abril de 1999). De manera que no está garantizado en modo alguno que la conciencia del pueblo se siga elevando, pues éste no es un acto espontáneo. Si los dirigentes, incluidos por supuesto los líderes populares, los dirigentes de base, no hacen un esfuerzo permanente, inteligente, creativo, por mantener la ola del pueblo en alto y propiciar su crecimiento y su consolidación, puede bajar la marea y estaríamos los revolucionarios venezolanos una vez más ante el fracaso. Es lo que advierte Chávez cuando afirma que si nosotros no ponemos en primer lugar, en este momento crucial en el que estamos, si no ponemos en primer lugar el interés colectivo, estamos destinados a nuevos, más dramáticos, más profundos y más peligrosos fracasos (acto de juramentación de la Junta Directiva de Fedeagro, 29-04-99). Por otra parte, la participación del pueblo es uno de los compromisos fundamentales del proceso en marcha: Nosotros no llegamos aquí a gobernar para hacer acuerdos con los mismos sectores que destrozaron al país. No, el acuerdo es con un compromiso en colectivo. El compromiso es con un pueblo, con un proyecto, con una idea (acto de juramentación de la Junta Directiva de Fedeagro, 29-04-99) El cumplimiento de este compromiso no será posible sin la presencia y la presión del pueblo. En ese sentido, la revolución no quiere ni necesita un pueblo obediente, que ande cabizbajo y callado, que siga en silencio los dictados del burocratismo, sino más bien un pueblo en pleno debate, inconforme, levantisco, contestón y digno. Entre otras cosas porque, como dice Chávez, «el país ha entrado en una fase irreversible de discusión, de conciencia, de análisis permanente de lo que ocurre» (alocución a los 100 días de gobierno, 13-05-99). Precisamente el debate es una de las manifestaciones más elocuentes de la presencia del pueblo en el proceso. En ningún otros país del mundo de hoy existe un debate más universal y extendido que en Venezuela. Este debate no solo se da entre el gobierno y la oposición, sino también en el seno del mismo gobierno y en el seno de la oposición. Se da, por supuesto, en la calle, entre las fuerzas sociales. Se da también entre el pueblo y sectores del gobierno, y entre el pueblo y sectores de la oposición política. Es el pan de cada día: las palabras al viento, las opiniones, los programas de TV, los diarios, este libro y otros muchos libros, todo está sumergido en el apasionante océano del debate venezolano. Para Chávez los pueblos unidos, movilizados y conscientes en una dirección, son el combustible de la máquina de la historia y hoy, en Venezuela, la máquina de la historia está repleta de combustible. La máquina de la historia se mueve, la máquina de la historia es impulsada y movida por el alma, por la unión y por la resurrección del pueblo de Simón Bolívar (palabras en Puerto Nutrias, 22-05-99) Sin embargo, uno se pregunta ¿y si a la máquina se le agota el combustible? ¿Si nos olvidamos de alimentar la máquina con ese combustible, qué ocurriría? Pues que la máquina se detendría, y como estamos escalando una cuesta, seguramente la máquina retrocedería y nos iríamos de nuevo hasta el fondo, como en el mito de Sísifo. Y en ese sentido, el principal adversario a largo plazo de la Revolución Venezolana no es la oposición política. La oposición política es un adversario inmediato, y además un adversario a campo abierto, podemos divisarlo con mayor facilidad, sus posiciones están casi todas al descubierto, sus cartas están echadas. Es un adversario formidable, pero no tanto como ese enemigo agazapado, fuerte y principalísimo que tenemos dentro del mismo gobierno y también dentro del movimiento popular: el burocratismo. El principal representante del espíritu antiburocrático es el presidente Chávez: El Presidente sigue yendo a la calle, a la esquina, al hospital, al stadium, a la radio, a la televisión, a las grandes concentraciones o a las pequeñas porque necesito hablar con ese pueblo, oír cómo ruge, cómo llora, cómo siente, cómo ama, cómo palpita (intervención en el Consejo de las Américas, Houston, 11-6-99) No se puede decir que este sentimiento anide en todos los funcionarios del gobierno y en todos los dirigentes de los partidos y organizaciones que apoyan al gobierno. Por todas partes donde uno va se escuchan las quejas del pueblo organizado contra el burocratismo, el cual a menudo se mueve escondido tras las palabras revolucionarias y entre los escritorios de las oficinas públicas, y que constituye un peligro estratégico para el proceso venezolano. Quizá no sería dentro de un año que veríamos las consecuencias del burocratismo, ni en quince o en veinte años. De hecho, pareciera que estamos sumamente ocupados en el enfrentamiento a los sectores golpistas y más reaccionarios, como para preocuparnos demasiado por el burocratismo. Pero es bueno recordar que fue esta Hidra de mil cabezas uno de los factores que dio al traste con el socialismo soviético: una casta de burócratas se fue adueñando del poder, sustituyendo a los soviets, al pueblo, secuestrando al Partido Bolchevique, hasta que se hizo totalmente del poder y mandó al diablo las conquistas populares, para restaurar el capitalismo y su ideología, que es lo que reposa en el carácter profundo del burocratismo. Esta desviación es una de las principales manifestaciones del pasado que se hacen presentes en el proceso de cambios, tratando de frenar las transformaciones verdaderas y haciendo todo lo posible para que el pueblo no participe. Porque el burocratismo no solo entorpece la labor de gobierno y el avance revolucionario, sino que fomenta camarillas, grupos de poder, desunión aun hablando de unión, exclusión, segregación, basura histórica. La lucha del pueblo contra el burocratismo se está desarrollando a la par de la lucha contra los enemigos históricos de Venezuela. En un documento firmado por una variada gama de organizaciones populares, publicado en el periódico alternativo Proceso, se asienta lo siguiente: Exigimos que el Ejecutivo Nacional y las diferentes instituciones del Estado demuestren mayor eficiencia en la ejecución de los planes, combatan firmemente y sin concesiones las prácticas clientelares y burocráticas, y permitan la creación de canales de control directo de las comunidades en la elaboración y la ejecución de estos planes Y también: Debemos impulsar de manera decisiva la reactivación del proceso constituyente paralizado y secuestrado por la cúpula miquilenista. Es necesario empezar la transformación de la estructura del Estado central y descentralizado para que tenga correspondencia con la nueva sociedad que empezamos a construir y que apenas prefiguramos en la Constitución Bolivariana (carta al Presidente de la Republica Bolivariana de Venezuela Hugo Chávez Frías, del movimiento popular venezolano representado en las organizaciones abajo firmantes. Comunicación abierta publicada en el periódico Proceso, mayo 2002, y firmada por las siguientes organizaciones populares: Periódico Proceso, Coordinadora Popular de Caracas, Colectivos de Vargas, Asambleas de Comités de Tierras en Barrios Área Metropolitana, UTOPÍA UCV, Recrea (Parroquia El Recreo), SOLPARIA (Edo. Sucre), Colectivos del 23 de Enero, Radio Perola, Proyecto Educativo Nacional (PEN), Frente Revolucionario Petrolero, Alianza Popular Bolivariana (Maracaibo), Taller Crisol 23 de Enero, Grupo Promotor El Valle, CDC El Carmen, Movimiento Popular Bolivariano, Comité Alí Primera UCV, C.B. El Junquito, C.B. Alberto Carregal-El Cafetal, C.B. de Petare, Vea y Lea (La Pastora), La Nueva Vecindad, Proyecto Jirajara (Yaracuy). Esta oposición del pueblo al burocratismo es compartida y orientada por el presidente Chávez: No perdamos de vista eso, cuidado con la burocratización de los cargos, cuidado con el gustito a la silla, a la comodidad, al aire acondicionado y los grandes espacios y el protocolo. Rompamos todo eso, que no nos encadene todo eso porque nos estaríamos encadenando al fracaso, lo vuelvo a repetir, lo vuelvo a alertar, lo vuelvo a tocar como campana (discurso durante el acto de juramentación ante la Asamblea Nacional Legislativa del Presidente Electo para el período 2000-2006). Es la misma campanada que lanzan las organizaciones populares del estado Zulia en el documento titulado «Propuestas discutidas en el Encuentro Regional de Organizaciones Populares del Estado Zulia (26-09-02)», cuando deciden: Cuestionar frontal y sistemáticamente la burocracia enquistada en los cargos del gobierno nacional que están en contra de las innovaciones del proyecto y contra la participación de la gente en la planificación, diseño, control y administración de los procesos. Hay aquí dos términos que se me antojan harto importantes en este enfrentamiento popular contra el burocratismo: «frontal y sistemáticamente». No se le puede pedir al pueblo, con el pretexto de la unidad, que descuide este importante escenario de debate que tiene importancia estratégica para el proceso revolucionario. El burocratismo debe ser denunciado con claridad, de manera abierta, sin tapujos, porque es un obstáculo para el pueblo y para el proceso revolucionario. El burocratismo atenta contra la vida del pueblo, profundiza sus problemas y pone en peligro los logros alcanzados. El pueblo debe unirse a los burócratas solo si estos están dispuestos a unirse al pueblo, es decir si están en disposición de rectificar sus conductas y salir a la calle a luchar codo a codo con el movimiento popular. Es decir, si están dispuestos a asumir el mensaje de Chávez: No a la burocracia, a la frialdad del espacio. Luchemos contra eso, gobernadores, a la batalla; a la misma, a lo de siempre, a los pueblos, a los barrios, a los caseríos, a llegar de mañanita a la escuela a ver si es verdad que los muchachitos están desayunando en la Escuela Bolivariana, a la hora del deporte a ver si es verdad que tienen la pelota y el entrenador, a llegar donde están haciendo las viviendas a ver si es verdad que las están haciendo y además, si las están haciendo como dice el contrato. Hacer asambleas populares por todas partes; a reunir a los campesinos, allá en las tierras donde sufren, donde sueñan; a ir con los pescadores, a oír sus cuitas, a oírles el alma; hablar con los estudiantes en las universidades; con los muchachos de los liceos, con los desempleados, con las mujeres, con los niños en la calle, con los vendedores de verduras, con los soldados. Vamos, ese es el camino, no hay otro camino (discurso durante el acto de juramentación ante la Asamblea Nacional Legislativa del Presidente Electo para el período 2000-2006). No hay otro camino. Cualquier camino que no pase por el calor del pueblo, por el dolor del pueblo, por la compañía del pueblo es un camino al fracaso histórico, estratégico. El Estado venezolano actual se parece todavía demasiado al de la IV República. El llamado del Presidente es claro: «A los pueblos, a los barrios, a los caseríos»; «hacer asambleas populares por todas partes»; «a reunir a los campesinos, allá en las tierras donde sufren, donde sueñan». Si algún funcionario burócrata está leyendo estas líneas, lo llamo a la reflexión, a la comprensión: salga un rato a la calle, llame al pueblo, reúnase con él y, sobre todo, aprenda de él y transfórmese. Si no, la ola le pasará por encima, porque el pueblo no dejará de luchar contra el burocratismo, más bien profundiza cada vez más esa lucha a través de su presencia organizada, porque, como dice el Presidente: En la medida en que la mayoría de la comunidad esté participando, esos líderes o dirigentes se verán obligados a cambiar o serán rechazados (Marta Harnecker Hugo Chávez Frías, un Hombre, un Pueblo). Es necesario que todos los funcionarios y dirigentes que estén cayendo en el grave error del burocratismo, comprendan la orientación que da el presidente Chávez: Entendamos que nosotros, los representantes del pueblo, jamás, pero jamás de los jamases, podemos pretender sustituir a la masa, al colectivo, al dueño, al soberano que nos eligió, ellos son los dueños del poder, no somos nosotros los dueños del poder. Esa es una concepción básica de la Revolución Bolivariana (discurso durante el acto de juramentación ante la Asamblea Nacional Legislativa del Presidente Electo para el período 2000-2006). El presidente reafirma la lucha contra el burocratismo como un asunto fundamental del proceso de transformaciones. A veces Chávez es radical en este planteamiento: Funcionario del Instituto de Tierras que se meta en una oficina con aire acondicionado será botado inmediatamente, señora Ministra, señor Viceministro, esa gente tiene que andar en las sabanas, en las montañas, en los campos viviendo en carpas en la mitad del territorio y de las tierras (promulgación de Ley de Tierras y Desarrollo agrario, 10/12/2001). La transformación de la mentalidad burocrática es un asunto de principios. La recomendación principal para asumir esa transformación la presenta el propio Presidente: Meterse en el alma del pueblo y sacrificarse con él y por él: ese es nuestro camino, el esfuerzo, el sacrificio, la lucha (Primera Asamblea Nacional del Polo Patriótico, Sala Plenaria del Parque Central, 19-04-99). La lucha contra el burocratismo no es para nada sencilla. Los burócratas suelen tener poder y además lo usan. En principio, cualquier hombre del pueblo que pretenda enfrentarse a un burócrata tendrá todas las de perder. Si es funcionario, muy probablemente el burócrata que está por encima de él lo despedirá del cargo o le hará la vida imposible para que se vaya. En el mejor de los casos, fingirá oírlo pero no le prestará mayor atención, entre otras cosas porque el burócrata suele creer que, por su posición en el aparato del Estado, tiene a Dios agarrado por la chiva. El burócrata es un personaje que ha causado grandes daños a los procesos revolucionarios de todos los países, y los grandes líderes siempre han advertido al pueblo contra ellos. Afortunadamente, en Venezuela los burócratas no la tienen ni la tendrán fácil. El pueblo está demasiado despierto y es demasiado libre, y el pensamiento del presidente Chávez lo ha ayudado a comprender procesos complejos que otros pueblos tardaron más en asumir, lo que les impidió desarrollar los antídotos contra esas desviaciones tan comunes y tan peligrosas. En todo caso, para estos combates no hay otra forma y lo vuelvo a repetir una vez más, compatriotas, camaradas, combatientes, compañeros de todo este proceso, sin pueblo no hay futuro, no hay plan posible, no hay proyecto, no hay estrategia victoriosa (discurso durante el acto de juramentación ante la Asamblea Nacional Legislativa del Presidente Electo para el período 2000-2006). De manera que la lucha contra el burocratismo, que es a la vez la lucha por la participación y el protagonismo del pueblo, no puede ser un combate quijotesco ni individual. Es otro de los terrenos donde solo la unidad, la conciencia y la acción colectivas pondrán las cosas en su justo lugar. Afortunadamente, la gran visión política de Chávez ha permitido salirle al paso al crecimiento casi natural de la hierba mala de la burocracia. Uno de los grandes aciertos organizativos del Presidente fue la creación de los Círculos Bolivarianos, ya que el solo lanzamiento de esa idea, más allá de las fortalezas y debilidades presentes en su desarrollo, constituyó un verdadero «cañonazo» político contra la burocratización: Fuimos sintiendo que el MVR se fue burocratizando y alejando de las masas. Había como una modorra, una pesadez, Marta. Empezaron a surgir elementos preocupantes, por ejemplo, la gente se quejaba mucho en las regiones de que no había dirigentes a la altura de las necesidades, de que había muchas divisiones internas, rivalidades. [...] Yo sentía que el Partido ya no convocaba, que ya no servía para la nueva situación estratégica en la que estábamos entrando: una fase de profundización del proceso (Harnecker, ib.) Chávez describe de manera poética la terrible sensación que le producía el burocratismo: Había un frío mortal en los barrios, en las calles. Frío en los actos en las regiones; muchas quejas de la gente sobre un partido sin contacto con el pueblo. Yo lo sentía, porque como sabes yo no me he encerrado nunca en Miraflores. Y eso a mí me helaba la sangre (Harnecker, ib.). Esto no significa que Chávez desconozca el papel que ha jugado el MVR: A pesar de todo esto, no podemos olvidar que el MVR cumplió un papel muy importante en 1999 en el combate constituyente, y en el 2000 en el proceso de relegitimación de todas las autoridades. Condujo siete campañas electorales y las ganamos todas (Harnecker, ib.). De manera que, a pesar de los errores, es justo reconocer el notable esfuerzo del MVR. Aguijonear a los emeverristas con la crítica no es un acto de deslealtad sino de necesidad. Lo cierto es que en la actualidad están registrados más de 180.000 círculos bolivarianos que reúnen a más de 2.000.000 de ciudadanos, incluidos algunos en países de América y en Europa. El avance de la participación y la organización popular después de la victoria del 11 de abril de 2002 es formidable. En medio de grandes dificultades y obstáculos, parte de ellos puestos en el camino desde el propio Estado por los infiltrados y los burócratas, el pueblo se ha venido convirtiendo, lenta pero firmemente, en río organizado, alimentando la esperanza de que se haga realidad la hermosa metáfora presentada por Hugo Chávez: Aclaramos que el MBR-200 no era un partido ni era patrimonio de ningún partido; que era el propio pueblo organizado defendiendo e impulsando la revolución. Y pusimos el ejemplo de las gotas de agua. Yo decía que cada uno de nosotros es como una gota de agua y unido a otras gotas formamos una corriente y muchas corrientes forman un río [...] En todas partes debe haber círculos bolivarianos y deben construirse redes sociales de círculos bolivarianos, y varias redes sociales van conformando una corriente de círculos bolivarianos que se va transformando como en un río. Las varias corrientes deben ir conformando las fuerzas bolivarianas. [...] Es ese movimiento el que va a garantizar, por encima de todos los riegos y peligros, la consolidación de proceso revolucionario (Harnecker, ib.). Igualmente es justo decir que el nuevo Estado venezolano y muchas de sus instituciones y funcionarios están haciendo un gran esfuerzo por cumplir las metas de la Constitución Bolivariana. La participación del pueblo comienza a contar con instrumentos novedosos, como la Ley de Consejos Locales de Planificación Pública (CLPP), organismos que deben convertirse en unas de las expresiones más efectivas para promover el protagonismo del pueblo, sobre todo al importantísimo nivel del poder local. Este Consejo Local de índole municipal es definido como una «instancia de participación ciudadana, encargada del proceso de formulación, seguimiento, control y evaluación de los planes de desarrollo municipales, dirigidos al desarrollo del espacio geopolítico en función de la prosperidad económica y el bienestar social de su población». Los Consejos Locales de Planificación Pública representan un paso agigantado hacia la transformación del Estado, pues son órganos de poder popular local donde participan mayoritariamente los representantes de la sociedad civil. Un ejemplo de ello lo tenemos en el CLPP del municipio Simón Bolívar del Estado Anzoátegui, conformado por el Alcalde que lo preside, 11 concejales, 6 presidentes de juntas parroquiales y 19 representantes de las organizaciones vecinales y sociedad organizada elegidos democráticamente. La sociedad civil tiene, por tanto, el 51% del total de miembros, lo cual asegura el dominio por parte de la comunidad. Esta primacía está determinada por la Ley. Los Consejos Locales participan con un papel rector en la planificación municipal, la elaboración del presupuesto y el control de la gestión. De esta manera, y junto a otras formas de organización como el cooperativismo, las microempresas, las diversas asociaciones comunitarias, parece seguirse abriendo paso a paso el camino hacia la democracia participativa y protagónica. En mi libro Antichavismo y estupidez ilustrada planteo: También muy pronto definirá Betancourt el carácter partidocrático, excluyente, clasista de su proyecto, cuando afirma en 1960 lo siguiente, en su mensaje al Congreso Nacional: Es falaz y demagógica la tesis de que la calle es del pueblo... el pueblo en abstracto es una entelequia que usan y utilizan los demagogos de vocación o de profesión. [...] En las modernas sociedades organizadas que ya superaron desde hace siglos su estructura tribal, el pueblo son los partidos políticos, los sindicatos, los sectores económicos organizados, los gremios profesionales y universitarios. Es esta posición lo que impide la organización popular por la base, no solo en función política, sino como vía para participar activamente en la solución de sus propios problemas económicos y sociales. Esta posición genera, sin duda, el paulatino aislamiento de las élites con respecto a las mayorías, así como el clientelismo y la corrupción. No podía ser de otra manera, si se considera que el pueblo, según esa peregrina declaración, comenzó a ser AD y Copei, la CTV, Fedecámaras, los colegios de médicos, de ingenieros, etc. El pueblo son las élites, lo demás es la masa informe que solo merece ser dirigida y, en el mejor de los casos, representada. En el pensamiento de Chávez, el pueblo es el principal actor político del proceso, por eso la Constitución Bolivariana, elaborada por una mayoría constituyente que respalda las bases de ese pensamiento, está cruzada de arriba abajo por el espíritu de la participación y el protagonismo. Sin embargo, tal protagonismo solo es posible cuando un pueblo toma conciencia de sí mismo: Decía otro pensador que para que un pueblo fuese pueblo, para que un conjunto de habitantes de una región fuese pueblo, debe tener un hilo invisible que lo una de corazón a corazón; un hilo invisible que una sus mentes, su visión, su lucha de cada día (discurso durante el acto de juramentación ante la Asamblea Nacional Legislativa del presidente electo para el período 2000-2006). De manera que el pueblo no es tal, o al menos no actúa como tal (es pueblo «en sí» y no «para sí») si no comparte conscientemente una experiencia histórica (memoria crítica de su pasado, construcción colectiva de su presente) y una visión de futuro. Eso es lo que Chávez llama el «hilo invisible». Esta vivencia colectiva, que hace del pueblo actor histórico, cobra su mayor concreción en los momentos revolucionarios, en los momentos de «marea alta»: Este pueblo, ha quedado una vez más demostrado, glorioso pueblo el de Bolívar, ahí está para los que dudaban sí es verdad que durante muchos años lo engañaron, sí es verdad que durante muchos años lo manipularon, sí es verdad que durante muchos años a veces lo llevaron como un borrego ha quedado demostrado que ciertamente despertó como conciencia de su propia fuerza y se ha convertido en actor histórico que construye un nuevo camino (discurso en la restitución de los poderes, 14-04-02). Esa toma de conciencia es una de las condiciones fundamentales para que un pueblo sea capaz de labrarse un destino. Otra condición es la unión de sus fuerzas ante los enemigos comunes: Hoy, para que la Revolución Venezolana tenga futuro, para que el país no termine de quebrarse en pedazos, para que el país no siga siendo saqueado como lo ha sido durante cuarenta largos y nefastos años, hay una sola manera: que todos los hombres, que todas las mujeres de buena voluntad en Venezuela nos unamos en una sola dirección y esa dirección está señalada ya y esa dirección apunta por un camino y ese camino hemos venido ya abriéndolo y transitándolo (palabras en Puerto Nutrias, 22-5-99) El llamado a la unidad es una de las grandes constantes en el pensamiento de Chávez. La unidad en medio de la diversidad, como veremos más adelante. La unidad en medio del debate abierto y franco. Cuando vemos el discurso de Chávez en su conjunto, notamos que esta idea se repite una y otra vez: hay una dirección, y esa dirección lo veremos luego en detalle fue señalada y escrita en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, aprobada el 15 de diciembre de 1999. El pueblo venezolano debe luchar unido para que la Constitución se haga realidad. Se trata de esa lucha ardua y larga de la que se hablaba más arriba.
El tema de las raíces históricas del proceso venezolano es uno de los más difíciles de analizar, ya que se requeriría primero que nada de una sistematización actualizada, que en mi opinión existe solo parcialmente, de lo que fue el pensamiento político de tres personajes históricos disímiles entre sí: Simón Bolívar, Simón Rodríguez y Ezequiel Zamora, que conforman lo que Chávez ha llamado «el árbol de las tres raíces». Bolívar es El Libertador y la principal referencia histórica del chavismo, además de gran mito fundacional de Venezuela. Rodríguez es el maestro, el innovador, una gran figura de lo universal dentro del pensamiento nacional. Zamora es el fuego de la tierra, el gran luchador social y justiciero. En mi opinión, el único de los tres que anida profundamente en el corazón de la inmensa mayoría de los venezolanos es Bolívar (iba a escribir «de todos los venezolanos», pero recordé el «carmonazo», cuando Bolívar fue enviado por los golpistas a la clandestinidad). Por ello es comprensible que se hable de revolución «bolivariana» y no de revolución «robinsoneana» (de Samuel Robinson, alias de Simón Rodríguez) o de revolución «zamorana», aunque me parece haber oído esos calificativos en circunstancias particulares. Esto no desdice en absoluto ni de Rodríguez ni de Zamora como hitos en la memoria histórica nacional. Solo que el pueblo los conoce menos y, sobre todo, los reconoce menos en su ideario. No estando dentro de las aspiraciones de este trabajo abordar el estudio de la obra y la acción de estas tres figuras, trataremos de concentrarnos de manera resumida en lo que es el centro del pensamiento chavista en torno a la figura de Bolívar y de lo bolivariano. Lo primero que me parece interesante destacar es que el Bolívar de Chávez no es una momia disecada ni una estatua, como comunmente venía siendo el Bolívar oficial desde fines del siglo XIX en Venezuela. Una de las razones que catapultaron la simpatía popular hacia Chávez aquella mañana del 4 de febrero fue lo que podemos llamar la resurrección de Bolívar en el discurso, su reconversión de momia en ser vivo. En una entrevista que me realizara Nelson Rivera para el Papel Literario de El Nacional (21-04-2001) afirmo que «hasta el 4F Bolívar era nombrado solo en hechos formales, desprovistos de todo valor. En cambio Chávez lo nombra en medio de una situación extraordinaria de cuestionamiento del poder». Es decir, Chávez convierte a Bolívar en una figura actuante, cotidiana y lo libera de la fría formalidad de los actos oficiales. El Presidente trata de extraer de Bolívar los elementos principales para la ideología de su proyecto, aunque no lo ve como el único nutriente: La ideología que yo he propuesto en estos últimos años y creo que ha venido calando en el pueblo, es la ideología bolivariana, un bolivarianismo revolucionario, un bolivarianismo para este tiempo. La idea bolivariana es la ideología primigenia del nacimiento de las Repúblicas que nos precedieron. Esa idea, acompañada por supuesto de otras muchas ideas y planteamientos, pero Bolívar es el eje central de la ideología venezolana y también de muchos pueblos latinoamericanos (discurso pronunciado el 19 de abril de 1999). Chávez habla de un bolivarianismo para este tiempo, lo que pareciera no estar claramente definido. Bolívar fue, por supuesto, un hombre de su época. Representó en América el pensamiento revolucionario fundamentado en la Ilustración e inspirado en las Revoluciones Norteamericana y Francesa. Le tocó vivir tiempos muy turbulentos y cambiantes, caminar entre triunfos y derrotas, entre rosas y espinas. De manera que sus discursos y escritos son un reflejo de todas esas contradicciones y difícilmente pueden ser extrapolados, acríticamente, a cualquier otra época. Asimismo, el presidente no concibe el bolivarianismo como dogma único o exclusivo de su planteamiento ideológico. La idea bolivariana la percibe como un eje central, pero «acompañada por supuesto de otras muchas ideas y planteamientos». Sin duda lo que le da la primacía a lo bolivariano es su carácter fundacional: «La idea bolivariana es la ideología primigenia del nacimiento de las Repúblicas que nos precedieron». Esto es muy interesante, porque interpreta a cabalidad elementos fundamentales del pensamiento venezolano y de la comprensión popular del pasado propio. Bolívar es el Padre de la Patria, el creador de naciones, El Libertador. Se trata de un gran mito fundacional. Por ello afirmo, en la misma entrevista ya mencionada arriba, lo siguiente: Creo que hay mucha sabiduría en cómo la gente en Venezuela construyó su acercamiento a Bolívar. Los venezolanos se dicen afectos a Bolívar, pero les preguntas por la Carta de Jamaica o el Congreso de Angostura y dicen cualquier cosa, porque Bolívar no está asumido como un personaje histórico sino como un personaje mítico. Como el mito es también una manera de conocer la historia, lo que el pueblo hace es elaborar un resumen de las virtudes bolivarianas que son concretas. La gente sabe íntimamente que Bolívar es paciencia, constancia, entrega a un ideal, lucha persistente por lograr lo que se quiere, consideración de esta tierra como un sitio propio donde hay pertenencia. Por eso Bolívar es más un santo que un héroe propiamente dicho. El pueblo extrae de una historia larga las virtudes que le son más útiles. De manera que Bolívar es, por una parte, la encarnación del alma, del espíritu sagrado de un pueblo. Por eso abunda en los altares populares, donde es representado de mil maneras: con alas, con estrellas de David en la cabeza, con halos. Por eso uno de los portales de la diosa sincrética María Lionza en las montañas de Sorte lleva su nombre. Por otro lado, Bolívar es el partero de la república, y además la referencia moral por antonomasia para el pueblo. En una historia llena de traiciones, de naufragios, de engaños, de decepciones, los venezolanos perciben a Bolívar como un faro, como una estrella sublime que brilla en su universo. Bolívar es lo puro, lo trascendente, lo alto. Pero, como dije, esos grandes componentes morales, espirituales, son vertidos en actitudes concretas: paciencia, constancia, dignidad, capacidad de recuperarse ante las adversidades, sentido de Patria, desprendimiento ante lo trascendente, hermandad americana. El pueblo conoce muy bien a Bolívar en cuanto a aquello que lo hace universal, aunque le conozca relativamente poco en los detalles de su ser como expresión específica de una época. Por ello el nombre y la imagen de Bolívar han sido factores que han facilitado la conexión de Chávez con el pueblo. Pero además me es permitida esta interpretación personal de lo bolivariano-venezolano, pues Chávez no impone una manera determinada de asumir el bolivarianismo: Esa es la ideología, el eje central, cada quien adórnela con su estilo, cada quien póngale un matiz, pero ese es el eje central del esfuerzo ideológico que mueve al pueblo (discurso pronunciado el 19 abril de 1999) El Bolívar vivo se convierte entonces en factor movilizador del alma y el cuerpo del pueblo desposeído, en contraposición al Bolívar desmovilizador de las academias (el pueblo grita: «Bolívar vive, la lucha sigue»): ¿De qué nos sirven estudios ideológicos profundos, académicos, si eso no llega a aquí [N.A.: al corazón] y no prende la llama sagrada de los pueblos? [...] esa llama sagrada que está prendida en el cuerpo, Bolívar y su pensamiento (discurso pronunciado el 19 abril de 1999). Chávez plantea con la Revolución Bolivariana el renacimiento de los valores éticos señalados por Bolívar para convertir el factor moral en un motor de la acción colectiva. Tarea dificilísima en un país y en un mundo que han perdido la brújula de la solidaridad y el interés común. Pareciera que no nos queda otra cosa que ser el pueblo de las dificultades, así como Bolívar fue el hombre de las dificultades. Como ya hemos dicho, los venezolanos recibimos como herencia de la IV República un rancho destartalado. Insistiremos acá sobre la imposibilidad de resolver rápidamente los problemas del país. Quienes desde la oposición política tradicional le reclaman al gobierno de Chávez que no ha dado respuesta a las principales necesidades del país, lo hacen sin duda con desvergüenza: el desastre acumulado es de tal magnitud que el pueblo deberá apelar a todas sus reservas y esfuerzos para poder superarlo. Los plazos para alcanzar las grandes metas no es fácil definirlos, y en esto Chávez no ha engañado a nadie, pues ya en 1999 decía: El proceso de recuperación de Venezuela debe llevar, por lo menos, dos décadas. Claro, yo estaré conforme con echar un piso y con echar el proyecto adelante (discurso pronunciado el 23 de marzo de 1999). Será necesario que los equipos políticos y comunicacionales del gobierno presten mayor atención a esta situación, para que no cunda la desesperación en sectores del pueblo. Es correcto señalar las obras y los éxitos, pero sabemos que tales ejecutorias son mínimas aun frente a la inmensa deuda social. Se hace imprescindible comunicar de manera clara y eficiente al pueblo la magnitud del reto, sin crear falsas ilusiones, y evidenciando la necesidad de grandes sacrificios y esfuerzos. El optimismo es algo distinto al triunfalismo: estamos en graves problemas y la salida de esa zona de desastre no está a la vuelta de la esquina, y de ello está consciente el Presidente desde inicios de su gobierno. Decía Chávez en marzo del 99 lo siguiente: En cinco años, daremos grandes pasos, pero realmente el daño es tan profundo que llevará más de 10, 15 ó 20 años para tener el país como lo queremos tener (discurso pronunciado el 23 de marzo de 1999). Y también: Esos son los mismos gráficos de la caída de Venezuela, del derrumbamiento de Venezuela, todos se parecen: los de la agricultura, los de la pequeña y mediana empresa, el salario de los venezolanos, los índices educativos, los índices sociales, los índices de salud, todos, todos vienen hacia abajo. Nosotros hemos llegado a una fosa, estamos en una fosa, tenemos veinte años cayendo, veinte años consecutivos cayendo en esta fosa y para salir de ella hará falta un esfuerzo supremo, casi heroico diría yo, casi que raya en lo heroico lo que tenemos por delante (discurso pronunciado el 29 de abril de 1999). Chávez, desde un principio, dejó claro que el primer problema a resolver, para recuperar a Venezuela, es el problema de la transformación política: Sin una transformación a fondo de las estructuras del Estado y del sistema político venezolano, no hay posibilidades de impulsar un proceso realmente productivo de desarrollo económico y social (discurso pronunciado el 29 de abril de 1999). En cuanto al problema del Estado, Chávez opinaba en 1999 que: El Estado está desarticulado. Yo soy el Jefe de Estado, pero ¿de cuál Estado soy jefe? De un Estado desarticulado, un Estado con un motor fundido, como cuando al tractor se le funde el motor. El motor venezolano está fundido y el Estado es el motor de la nación. Tiene que ser uno de los motores generadores del impulso nacional, sin duda alguna, el Estado (discurso pronunciado el 29 de abril de 1999). Los cambios en el Estado venezolano tienen mucho que ver con el Proceso Constituyente, al cual dedicaremos un capítulo de este libro. La Asamblea Constituyente aprobó la nueva Constitución, que introduce transformaciones fundamentales en la concepción del Estado. No solo en el sentido de que las instituciones fueron renovadas y de que se crearon nuevas instituciones como la Defensoría del Pueblo y el Poder Ciudadano, sino sobre todo en el establecimiento de nuevas relaciones entre el Estado y la sociedad, que es el quid de la cuestión y el cambio político más importante a ser alcanzado. Una vez más Chávez asigna papel fundamental al pueblo en ese proceso de recuperación: Allí está un pueblo que fue el pueblo que Bolívar condujo hacia la libertad por todo el continente suramericano. Ese pueblo viene de la tumba y ese pueblo va a demostrarle al mundo qué es el pueblo venezolano, por encima de la miseria se levantará el pueblo venezolano (discurso pronunciado el 6 de noviembre de 1999). Sin embargo, ese papel del pueblo es considerado dentro de la necesidad de señalar un norte, de elaborar planes estratégicos y trabajar por realizarlos: Para que ese proceso se convierta en un proyecto viable, en un proyecto concreto, en un proyecto verdaderamente revolucionario, necesario es aplicar una serie de estrategias, de tácticas y de transformación integral (discurso pronunciado el 29 de abril de 1999). Una de las grandes dificultades para la recuperación de Venezuela reside en el hecho de que el Estado, a pesar de los cambios efectuados y los que se intentan, sufre aun con fuerza los embates del pasado. Tal como le dijera Chávez a Marta Harnecker: Lo que hemos cambiado hasta ahora es la macro estructura jurídico-política, pero, por la naturaleza misma del proceso pacífico y ampliamente democrático, esta aún permanece viciada, infiltrada por los adversarios, y, a veces, por infiltración en nuestras propias filas o por pérdida de conciencia entre los nuestros (Harnecker, ib.). Y también: Muchas veces ocurre que tú designas a un funcionario bueno, con buena capacidad, para que vaya a un lugar a transformar una institución y resulta que la institución termina tragándoselo, absorbiéndolo (Harnecker, ib.). No se trata, pues, de que todos aquellos burócratas que pierden, incrustados en el aparato del Estado, su conexión con el pueblo, sean «agentes del enemigo» (que también los hay) sino que muchas veces se los devora la rutina, la comodidad, la poca comprensión del proceso político revolucionario y del papel del pueblo. Es decir, hay que diferenciar entre el sabotaje consciente que desarrollan los enemigos históricos de Venezuela y los errores que cometen gentes sinceras cuyo nivel de comprensión del proceso puede no ser tan profundo como se requeriría para un funcionario del Estado en esta circunstancia revolucionaria. En este último caso, la lucha popular contra el burocratismo debe tratar de ayudar a la superación de esos errores, sin por ello dejar de apelar a la unidad, a la solidaridad y a la cooperación entre los revolucionarios. Es un proceso de unidad dentro de la diversidad y de lucha política y cultural dentro de la unidad, donde todos hemos cometido, cometemos y cometeremos errores. Las imperfecciones del Estado en esta etapa son naturales e inevitables, forman parte del desarrollo de un proceso en constante movimiento. La vigilancia del pueblo sobre el Estado, su crítica y su intención correctora se incluyen como componente principalísimo de tal desarrollo, porque, como dice Chávez: Aquí hay una Revolución. Ha habido un cambio en la estructura jurídico-política. Que esa estructura sea imperfecta, que está viciada, que está amenazada, que es muy incipiente, todo eso es verdad, pero existe una nueva estructura naciente que hay que cuidar, potenciar, fortalecer (Harnecker, ib.). Se trata de que también en el seno del propio Estado se libra una lucha, a veces feroz, entre lo viejo y lo nuevo. Y así como en el seno del pueblo lo nuevo lleva ventaja, al interior del Estado lo viejo aún predomina y lo nuevo trata de abrirse paso con grandes dificultades. Es por ello que, tal como ha dicho Chávez repetidamente, el motor principal del proceso revolucionario no es ni el Estado, ni el gobierno ni los funcionarios, sino el pueblo en la calle, en los barrios, en las fábricas, en los campos, en las universidades, en los cuarteles. El Estado debe abrir paso, paulatinamente, al poder popular constituyente, y si no la Revolución fracasará. Y el carácter de nuestro proceso está marcado precisamente por esa impronta constituyente, que es el tema de nuestro próximo capítulo. |
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