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Boedo. Una mirada...

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Buenos Aires — 1999

Este trabajo nos pasea por uno de los barrios que posee la Ciudad de Buenos Aires de la República Argentina. «Boedo es de hace muchos años, el nombre de una calle y los alrededores de la misma, pero a partir de 1972, pasó a llamarse así como uno de los cuarenta y siete barrios porteños» nos dice Diego A. Del Pino en su libro Ayer y hoy de Boedo. El nombre de la calle principal, a la cual el barrio debe su denominación, corresponde al Dr. Mariano Boedo, diputado salteño ante el Congreso de Tucumán en 1816, que declara la independencia de estas tierras del Reino de España. «La calle es paradigma de este rincón porteño. Fue un antiguo camino que iba hacia la provincia y se comenzó a determinar a partir de 1860, conociéndoselo como Camino de las Tropas», comenta del Pino.

En el siglo XIX pertenecía esta zona a la periferia del núcleo urbano, el que era conocido por sus quintas que producían los alimentos consumidos por esa comunidad. Aprovechando la creciente expansión edilicia de ese entonces, empezaron a pulular por estos lares los hornos de ladrillos. Por lo tanto la ciudad se fue ampliando geográficamente hasta incluir en sus arrabales a Boedo. En esta zona se fueron radicando los inmigrantes europeos, sobre todo españoles e italianos, siendo estos últimos los que edificaron el barrio, según la tipologías y formas de construir traídas de su tierra natal.

Literatura

En literatura se fue conformando, allá por el 1920, el llamado «Grupo de Boedo» muy influenciado por los escritores rusos de la pre-revolución. Era el arte al servicio de lo social y lo político, más prosistas que verseadores. Se destacaron figuras como Leónidas Barletta, Elías Castelnuovo, Alvaro Yunque, Nicolás Olivari, César Tiempo, entre otros. Avalados todos por varios editores de la zona de clara orientación socialista, pero nucleados especialmente en una editorial denominada Claridad que publicaba sus libros.

Este grupo contrastó con otro de esa misma época, llamado «Grupo de Florida» que publicaban en las revistas Proa y Martín Fierro. Muy diferente a Boedo -calle del suburbio gris y pobretón, de la masa criollo-inmigrante- era Florida, una calle refinada del centro. Sobresalieron en este grupo gente como Jorge Luis Borges, Leopoldo Marechal, González Lanuza; eran los buceadores del arte por el arte. Escritores que acusaban a sus colegas suburbanos de su mal gusto artístico, mientras que los boedenses les reprochaban la falta de sensibilidad social. «A pesar de sus notorias limitaciones, la oposición Boedo-Florida es útil para caracterizar la novelística de ese momento. Boedo alimenta una pléyade iconoclasta de izquierdistas y soñadores. Florida, elegante y cosmopolita, adopta ideales literarios modernos refinados. Boedo mira a las gentes sencillas, a los destinos castigados y no rehuye el lunfardo. Florida intenta crear una expresión argentina depurada, original, en la que asoma un peculiar barroquismo. Boedo practica cierto neonaturalismo desgarrante bajo el influjo de Dostoievski, de Tolstoi, de Gorki. Los escritores de Florida, más cultivados, más artistas, ahondan igualmente en la problemática nacional, pero con menos preocupación militante», así nos cuenta en el artículo «Perspectiva de nuestra novela» Antonio Pagés Larraya en el Boletín del Fondo Nacional de las Artes Argentinas editado en 1960.

Tango

De aquellos arrabales con sus seres marginales -malevo, cuchillero, etc.- fueron creciendo de a poco trovadores que en la Argentina se los llamaba payadores. A principios del siglo XIX, fueron madurando, a través de toda la ciudad, formas musicales que dieron origen al tango y a la milonga, géneros que enriquecidos por la inmigración, concluyeron en la música ciudadana que hoy conocemos. Los autores de tango que tratan sobre este barrio, fueron:

Homero Manzi, con su Sur,

«San Juan y Boedo antiguo, y todo el cielo,
Pompeya y más allá la inundación.
Tu melena de novia en el recuerdo
y tu nombre flotando en el adiós.
La esquina del herrero, barro y pampa,
tu casa, tu vereda y el zanjón,
y un perfume de yuyos y de alfalfa
que me llena de nuevo el corazón...»

Cátulo Castillo, del cual del Pino comenta «hombre de Boedo, en todo, cuando Boedo involucra como latitud espiritual y como cuna de una trascendencia corriente de artes populares. Compartió con Homero Manzi y con compositores como Piana y Maffia, esa «Escuela de Boedo», que vino a exaltar el porteñísmo esencial por la exaltación del pasado, mediante tratamientos literarios, avanzados, refinados y temperalmente asociados a la más pura tradición hispana.»

Julián Centella, de él dijo Alberto Mosquera Montaña: «Se afincó en Boedo -su país- como lo llamaba. Transitó sin cansarse por las calles del arrabal y se hizo dueño del asfalto ciudadano». Sebastián Piana, «compositor de música popular, cuentan que cuando los cigarrillos «Tango» organizaron un concurso en 1922, Piana llevó una partitura a González Castillo para que le pusiera letra, así surgieron los versos de Sobre el pucho, que después Gardel lanzó a la fama.»

Dante A. Linyera, escribió el tango Boedo donde en la partitura de la época explica: «Dedico este pequeño recuerdo a mis compañeros de infancia, los muchachos de Boedo», la música le perteneció a Julio De Caro. Van aquí algunos versos del mismo:

«Sos barrio del gotán y la pebeta
el corazón del arrabal porteño
cuna del malandrín y del poeta
rincón cordial
la capital
del arrabal
Boedo, vos sos como yo
malevo como es el gotán,
abierto como un corazón
que ya se cansó de penar...»

Fútbol

A principios del siglo XX, un cura del barrio -Lorenzo Masa, de la orden salesiana- para sacar a los jóvenes de la influencia negativa de esos arrabales, crea un club de fútbol, cuya casaca posee los colores azul y rojo, que luego se convierte en uno de los grandes del fútbol argentino, San Lorenzo de Almagro, fundado en la Capilla San Antonio, aún existente.

Su primera denominación fue «Los forzosos de Almagro», como se ve un nombre poco ortodoxo que obligó a modificarlo por el actual. Este equipo a través de su historia poseyó varios apodos, «Los Cuervos», por las características sotanas negras de los sacerdotes católicos, como era su fundador,

«Los gauchos de Boedo», «El ciclón», «Los carasucias» y «Los matadores».

Aún hoy, por ser un barrio del sur de la ciudad su arquitectura no ha sido mayormente modificada manteniendo todavía algunas casas con el estilo itálico de sus comienzos y perdurando un perfil bajo típico de las urbanizaciones suburbanas.

Aquí se presentan fotografías artísticas del Boedo de hoy que rescatan las reminiscencias del ayer, a través de la cámara de Gustavo Frasso y muestras literarias de los herederos de la tradición boedense que siguen escribiendo sobre las múltiples facetas que nos presenta el barrio.

Omar J. Blanco

 


Si tuviera que explicar el perfume de los jazmines, hablaría de Buenos Aires en primavera. Si tuviera que hablar de Buenos Aires en primavera, recurriría a imágenes de patios, zaguanes y faroles. Si tuviera que contar qué tienen de particular los patios, los zaguanes y los faroles de Buenos Aires, hablaría de mi barrio. Su tuviera que describir mi barrio, acudiría a estas imágenes y a estos poemas.

Parte de la muestra itinerante de Gustavo Frasso hoy se acerca a nosotros a través de esta publicación necesaria y bienvenida.

Celebramos en esta iniciativa de la Asociación Amigos del Barrio de Boedo la posibilidad de unir, en un solo vehículo, dos modos de expresión tan cercanos y a la vez tan distintos como la poesía y la fotografía, con el único fin de volcar en manifestación artística esta sensación casi indescriptible que tenemos todos quienes portamos desde que tenemos memoria la música del alma de Boedo como una parte ineludible de nosotros mismos.

Aníbal Lomba

Junta de Estudios Históricos del Barrio de Boedo


¿Qué vemos en las fotos de Gustavo Frasso? Vemos cúpulas, vitrales y relojes; alcantarillas, veredas y baldosas. En los cafés, los parroquianos con sus pocillos y los billares. Las rejas, las tejas, las máscaras de las antiguas fachadas decoradas. Las rectas calles. de frente y de perfil. La gente, en primer plano, de lejos, o mejor todavía, brillando por su ausencia. Las imágenes son iluminadas por la luz matinal del este, o por la vespertina del oeste; fotos calurosas, sometidas por el sol vertical de verano, o fotos frías, bañadas por la luz horizontal durante la regencia del invierno.

También es posible que estas fotos apenas las miremos, mientras otra parte nuestra, sintonizada en otro canal, a través de ellas acceda a una lectura memoriosa del propio Boedo, barrio electrodoméstico, plástico, manziano, azulgrana, legendaria Florida del arrabal, de Trianones y Aeroplanos.

Pero vemos lo que vemos, siempre que lo veamos, no exactamente porque lo que vemos esté ahí, sino porque el fotógrafo nos lo pone delante. Hacemos así el examen de ingreso a un mundo por fin revelado, amablemente extraño y por eso mismo necesariamente blanquinegro. Ni la cúpula ni la alcantarilla, nada de eso está ahí, sólo aparecen cuando las vemos por decisión unipersonal del fotógrafo que nos hace verlas. Pero porque él ha visto primero que nadie, y las ha hecho venir aquí, que es como decir que las ha inventado.

Las fotos frassianas de Boedo nos ejercitan, digámoslo de una vez, en otra cosa que no es el ver, ni el describir, ni el comprender, ni menos el discutir la ciudad. Otra vez lo explicaremos mejor, pero por ahora avisamos: estas fotos nos convidan con otra actividad mucho más rara, que alguna vez fue llamada contemplar.

Mario Sabugo


Siempre se supone que alguien que presenta su obra debe hacer alguna reflexión aguda y reveladora sobre ella. No es mi caso. Pero, acosado por este prejuicio, no pude sustraerme a semejante obligación, y por no querer ser menos que otros, sentí que yo también debía hacer mi aporte a la historia del pensamiento universal. Así que después de meditar durante largas noches logré articular algunas líneas, que según me dijo —conmovida— mi tía Alba, resultarían muy emotivas.

Después de haber vivido en diferentes lugares de Buenos Aires y del mundo, una historia de amor me llevó a Boedo... me enamoré de la chica... y del barrio. Y ahora, en esta recorrida que hice a través de sus rincones (me refiero a los del barrio) me involucré en la paradoja contenida en la tarea del fotógrafo: esto es, buscar en lo visible las llaves que me llevaran a ese universo esencial (invisible a los ojos, como todos sabemos) que hace tan entrañable ser un habitante de esta porción de la ciudad donde el tiempo transcurre más lento.

Gustavo Frasso


Para el porteño decir «barrio de Boedo», es despertar una serie de imágenes muy especiales y características. Si es persona de avanzada edad, acaso tenga conocimiento que Boedo fue lugar suburbano «de paso» hacia el Riachuelo. Por los comienzos del siglo, una especie de arrabal entre la ciudad y el campo, donde era posible construir una casita y vivir tranquilamente, viendo como todo aquello prosperaba, se transformaba. Pero entre los años 1920 y 1940, Boedo asumió posiciones especiales, que lo distinguieron física y socialmente de los otros barrio porteños. Ya habían surgido grupos literarios, la gente se reunía en los cafés, el deporte estaba representado por la presencia del fútbol de San Lorenzo de Almagro, el teatro era una verdadera vocación y pronto comenzarían a escucharse las canciones de Homero Manzi. Y así tenemos enunciadas las «pasiones boedenses»: teatro, café, cenáculos literarios, arte, payadas, fútbol... Agréguese un afán especial por la publicación escrita de las ideas y un tinte revolucionario hoy lo llamaríamos «de izquierda» que coloreaba a veces las manifestaciones culturales.

Boedo

Las calles de Buenos Aires
tienen el color
del amor con que se las camina
pero el gris y el otoño
la lluvia fina y la nostalgia
los inventó Boedo.

Beatriz Mazliah

«Trianon» / 1

Boedo iene una esquina que me desviste el alma,
donde no me es posible inventar otra historia.
Las cosas como son, sencillamente humanas:
a veces estar triste fue toda mi alegría.
Allí me suelo ver, solitario, en inviernos
de mínimas ganadas y máximas perdidas,
por este ser de nadie tratando ser de todos
ya tomada la curva de mi mitad vivida.
Pero está la poesía, ese íntimo oficio
de equilibrar la muerte, que no invada la vida,
y en esa mediaesquina de un sur dulzón y áspero
me dejo ser yo mismo. No importa si me espían.
Por eso alguna tarde, total, sin desesperos,
me sentaré a la mesa donde nace la lluvia
a esperar que ese basta que ronda la agonía
con su última sombra apague el fuego.

Rubén Derlis

El barrio

San Juan y Boedo apretando mis ojos.
Algo de Manzi estira tus canciones,
la sensación de pasos por adentro
la melena tibia de alguna muchacha
que prende mariposas de alegría
entre mis manos de hombre.
Pienso que la muerte es un exilio,
es no estar aquí,
no poder arrancar de las lágrimas la gruta
del regreso,
perder el recuerdo.
He nacido en tu Sur
nombrado por un tango.
Vuelvo a verte como a una novia
un tanto abandonada.
Me reflejo en el ancho horizonte de tus calles
hermosas
como si de pronto fueran un espejo en silencio.
Vivo en ti. Te canto.
Y estoy aquí, solo,
caminando.

Atilio Jorge Castelpoggi

A Julian Centeya

[Fragmento]

Yo también fui de Boedo meridiano del verso
del tiempo de Castillo, Castelnuovo y Barletta
y chiquilín de entonces, me perdí muchas veces
por los barrios lejanos, detrás de alguna estrella.
Que sirva lo antedicho para decir que he sido
allá, en mi heroica infancia, del barrio de Centeya,
este grillo mayor que escucha Buenos Aires
y que esta noche quiso sentarnos a su mesa.
Siempre perseguí algo... y todavía la sigo
todavía me veo de Boedo e Independencia
tras de una mariposa esquiva e inalcanzable
perdido, ya en la noche, más allá de Pompeya.

Julio Camilloni

Café «La Puñalada»

(Fragmento)

Aún brama la turbiedad del cuchillo
que ensangrentó al olvido.
Viejo bar
de guapos, soñadores y malandras.
En tus paredes resuenan como rumores,
cantan leyendas musicales
aquellas coplas que hablaban
de carneros, tiras y ortibas.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Viejo café
donde el cuchillo tenía su filo inesperado,
era un tiempo del coraje cultivado como una serenata,
tiempo de las palabras cargadas,
esa desesperada manera del desocupado.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Ahí la parda Lob
hija de la antigüedad griega en Sicilia,
entraba de faca en la liga.
No fuera que algún choma intentara zarparse.
Era lenta y escurridiza,
diagramaba la medida para ubicar al otro.
Cantaba al atardecer, o en las madrugadas
cuando están ataviadas de recuerdos,
sombras y alcohol.

Alfredo Carlino

Fragancia de Boedo

Quiero a veces bajar de la melancolía
y volver a mi viejo café «Dante»
a «El Japonés» o simplemente caminar
para jugar con Boedo al tiempo de antes
No es que fuera mejor
En eso no se apoya mi nostalgia
Es que en medio de aquellas calles nuestras
brotaban esperanzas
Seguro que estarán allí prendidas
la risa la ilusión y esos sentires
con tránsitos por Boedo y sus fragancias

Alfredo De La Fuente

Bar «Dante»

Lo que nos queda viejo bar
y a no mentirnos
que es noche y soledad como en un tango.
Y el tiempo rueda caras que no alcanzo
cosas inútilmente nuestras.
Muchachos que no fueron.
Pero siempre es igual
sólo tengo mi diario y tu café para entendernos.
¿Y afuera?
ni la luna
ni un amigo que pase por Boedo.

Alberto González

Boedo

Con el apagón general
la noche se apoderó de la ciudad.
Por Independencia y Yapeyú
una hoguera de pasión
volvió a hacer la Alianza.
El arco iris gatilló una legión de luciérnagas.
Contaban historias sin lifting
las pibas con ojeras de tangos
sin unirse a la huelga del apagón.
Salió del pasaje Totoral el árbitro del día.
Estallaron las trompetas.
Así surgió tu poesía de suburbio
gramaticada en santuarios de bodegón
con sibaritas vocales
diagramadas en un big bang de soles.
Su luz te tatuó para siempre.

Hilda Guerra

Como un destello

De nada vale, digo, recorrer tus calles, Boedo, aguijonear lo que duerme en la memoria del que te mira pasar desde una mesa, husmear aquel pasado desde donde nos viene ese ser lo que somos, si ahora la nostalgia pasa en coche.

A veces, sólo a veces, flaqueo y me pregunto: ¿Por dónde andarán aquellos pasos nuestros tan cargados de libros y de sueños? ¿En qué balcón quedaron esperando el milagro?

Hoy me dejo llevar por la fatiga, temeroso de pasar y no reconocerlos.

Juan Alberto Núñez


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