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Buena fe

Pablo Antillano
pabloa@viptel.com

El Nacional, 11 de julio de 2000

La buena fe no vale ni medio. Si la invocan unos varones se dirá que son unos afeminados, si la invocan una mujeres las llamarán pajuatas. De la buena fe se habla como de un animalejo en vías de extinción. Se le añora, se la desea, pero no se la ejercita como en otros tiempos, como en otras naciones. La buena fe ha sido sustituida por la desconfianza o por los intereses.

Cuando la gente no está tan loca asume la buena fe como un bien, como un tesoro, a pesar de ser invisible o intangible. Se le valora como imprescindible en las relaciones humanas, en todas aquellas transacciones donde participan dos personas o mas. Cuando el barman del Bar K coloca una cerveza sobre la barra confía en que el parroquiano la pagará antes de irse. Cuando un mensajero entrega unos billetes envueltos en una liguita al cajero del Banco Unión espera sin pestañear que el hombre que tiene al frente no desconozca esta transferencia. Son formas sencillas y cotidianas de la buena fe, un intercambio que prescinde de testigos, de filmaciones o documentos estrictos. Su base es la confianza.

Cuando se rompe el sistema de la confianza, entonces hay que crear mecanismos de vigilancia y supervisión, como lo que ha estado pasando en el imperio electoral venezolano. Hasta hace muy poco un espeso velo de desconfianza contaminaba los componentes principales del arbitraje electoral.

La gente desconfiaba de los integrantes del CNE porque habían sido nombrados por una institución política abiertamente sesgada. Su inclinación política debilitó su capacidad de neutralidad y pluralismo. También se perdió la buena fe hacia la tecnología y sus gestores, por su cercanía contractual con el poder político. Y la transparencia se puso en duda por las inconsistencias informativas, la improvisación organizativa y los conciliábulos.

Una dosis de carpintería

Las perversiones que condujeron a la debacle han estado siendo superadas: la sociedad civil actuó y modificó la composición de la directiva del organismo para disipar las amenazas del sesgo político; se articularon sistemas de reorganización tecnológica mediante la actualización de los contratos, la limpieza de las bases de datos y los simulacros anticipados; y finalmente se ampliaron las instancias de vigilancia mediante veedores, nuevos miembros de mesas, sistemas de auditorías y asesoría universitaria.

Sin embargo, estas reparaciones claman todavía por una dosis mayor de buena fe. Para comprobarlo no hay sino que leer este párrafo de la carta que le envía Jorge Baralt Torrijos a Rómulo Rangel, el primero es el enlace entre los técnicos de la Universidad Simón Bolívar y el CNE, el segundo es el Presidente de la Comisión de Automatización del organismo electoral:

    De esta manera, si no hay un mecanismo que garantice que los dispositivos que se usan el día de las elecciones sean tomados del mismo universo del cual se tomó la muestra, los resultados de la muestra no son válidos para el proceso de elecciones. En el caso del hardware, por su rigidez y dificultad en alterarlo, puede ser relativamente fácil garantizar lo anterior, pero en el caso del software, por su flexibilidad y volatilidad, resulta prácticamente imposible, a menos que se confíe en la buena fe (sic) de las personas encargadas de producir, transportar y operar las PCMCIAs. El problema deja de ser técnico y se convierte en un problema humano (sic).

Se deduce, de una autorizada voz técnica, que no habrá Dios que garantice la limpieza y transparencia del proceso electoral que no sea el de la Buena Fe. De manera pues que si los bandos en competencia, los centenares de candidatos, así como los auditores, veedores, testigos, observadores, votantes e interesados no se reinyectan un poco de la vieja pócima de la convivencia, aquí puede ocurrir cualquier cosa. Indeseable, claro.

 


Pablo Antillano en La BitBlioteca



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