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Chao 18/11/1999 Se acabó. Se fue el año. Se lo lleva todo. Se lleva el siglo y se lleva el segundo milenio de la Era Cristiana. Es tiempo de despedida, nos despedimos de un año social y económicamente malazo y que, entre otras cosas se llevó vidas muy queridas. Como nos despedimos también del siglo, nos despedimos del gomecismo y del perezjimenismo, de los adecos y de los copeyanos, de dos guerras mundiales y de la Guerra Fría. Si nos despedimos del milenio le enviamos un fuerte abrazo a Cristóbal Colón y al Dante Aligheri. De todas formas este es un «ciao» relativo, porque estos episodios y estos personajes, para bien o para mal, nos seguirán acompañando durante los años que vivamos. Por aquello de la memoria o de la dimensión circular y simultánea del Tiempo. Lo que si se esfumará definitivamente es la preocupación sobre la probabilidad de llegar vivos. También se disiparán las fantasías sobre la apariencia del año 2000. El año 2000 no se parece a lo que nos habían dicho. Y si se parece en algo, es sólo un poco. La imagen del año 2000 La Utopía del año 2000, su imaginería, se fue forjando poco a poco durante el siglo XX y llegó a materializarse en imágenes inconfundibles, diseños de ciudades, trajes y aparatos. La síntesis puede identificarse con la serie de dibujos animados de los Supersónicos, una familia futurista que integraban Super, Robotina, Ultra, Lucero, Astro, Cometa y Cometín ¿los recuerdan? Los Supersónicos habitaban un mundo coherente de imágenes técnicas: trajes con cuellos picudos y levantados, vehículos voladores, robots para las tareas domésticas, urbes flotantes, edificios cósmicos, casas aerodinámicas, ciudadelas submarinas, comida en pastillas, aceras mecánicas, videófonos, viajes interestelares, amistades extraterrestres. Un mundo de felicidad estructurado fundamentalmente sobre la tecnología y una estética orientada decisivamente por la arquitectura, una arquitectura de espíritu interplanetario. Barajitas en Bellas Artes Nuestro Museo de Bellas Artes, que lideriza María Elena Ramos, se ha lanzado al rastreo de un álbum de barajitas sobre EL AÑO 2000 que circuló en los años 50, veinte años antes de Los Supersónicos, con el propósito de hacer una exposición el próximo año. Este álbum, que tiene tan hondo significado sentimental y cultural para una generación, sembró en ella toda una estética de progreso y anticipación a través de centenares de estas imágenes futuristas. Diseños arquitectónicos, diseños urbanísticos, diseños industriales, costumbres, objetos, cúpulas, estrellas y naves impregnaron la mente de aquellos años En las décadas siguientes, la literatura y el cine de ciencia ficción enriquecieron esta estética, que se fue reencontrando con toda una imaginería medieval y barroca «más humana», con la que hizo una asombrosa sintonía. En la saga de La Guerra de las Galaxias, por ejemplo, Lucas incorpora numerosos elementos esotéricos como la esfera hermética, la nave de Vader, espadas medievales iluminadas, capas y trajes a la manera templaria, monjes enanos, bestiario de criaturas diabólicas, que conviven con los «tradicionales» y limpios robots, cohetería futurista, naves espaciales, ciudades flotantes y ambiente electrónico.
Estas visiones del futuro mas cercanas al fin de siglo, no dejan de estar endeudadas con el cine de Lang, Metrópolis, ni con los expresionistas y visionarios de los primeros años del siglo XX. Arquitectos como Gropius o Bruno Taut,, los auto-llamados arquitectos desconocidos o los novembristas, quienes en su «evasión al futuro» donaron a la humanidad las primeras imágenes y diseños de cúpulas y catedrales de cristal, arquitectura alpina, ciudades flotando en el espacio sideral, esferas cósmicas, estrellas de siete puntas y fortalezas herméticas.
La imagen y la identidad del año 2000 al que hemos llegado ha sido un invento del hombre del siglo XX. Por eso, en su eclecticismo, contiene un poco de todo: satélites y viajes espaciales, arquitectura interestelar, y mucha tecnología, pero trae también una dosis de violencia, despotismo, desigualdad, hambruna y esoterismo medicinal que no estaban entre nuestras barajitas.
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