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Clínica El Nacional, domingo 29 de setiembre de 2002
Susana sin embargo los deja por lo menos un par de semanas, dos veces, todos los años. Se aleja del consultorio y se interna en un paisaje marino. Suele decir, evocando a San Juan de La Cruz, que sus viajes no son para ver, sino precisamente para no ver. Son viajes inmóviles, a espacios menos abatidos por el viento y la luz. Ella prefiere la «noche oscura» de la contemplación, azotada por el globo solar, implacable, de Margarita. Allí transcurrieron sus dos semanas de septiembre, deambulando por la playa inmensa y solitaria de La Pared. Allí se le vio recogiendo conchas minúsculas nacaradas y guijarros pulidos. Durante horas parecía flotar en sus desplazamientos, de un extremo al otro, por el borde de esa sábana encandilada de arena, de espuma y azul esmeralda, que corona en el extremo norte la Península de Macanao. Volvía una y otra vez sobre sus pasos, lentamente. De pronto parecía reírse estruendosamente hacia la brisa, o parecía reclinarse asombrada para recoger el anillo de novia de una sirena. Demencia colectivaDesde arriba del talud la observaba un grupo de sus amigos que venía a sacarla de sus meditaciones para llevarla a conocer a un poderoso «brujo» de la zona. Un personaje con facultades de telekinesia, al que se le atribuyen misteriosas artes curativas. Estaban sentados en torno a una pequeña mesa de troncos en MakaTao, una suerte de spa rural caribeño, en el que se ofrecen masajes terapéuticos y brebajes naturales. Es un sitio apacible, con acceso a la gran playa y dominio del paisaje. Los visitantes no tienen necesariamente que acogerse al programa del spa si sólo desean utilizar cómodamente las instalaciones vacacionales. Absortos por el despliegue imponente del océano, y atentos a las caminatas y gestos de Susana, los visitantes no tardaron en discurrir chismosamente sobre los achaques que se le atribuyen a los siquiatras, sus manías y sus particularidades. Pusieron en evidencia las dudas, los prejuicios, los temores que les producen, pero también reconocieron los lúcidos venenos, nada desdeñables, de muchas de sus propuestas reflexivas. Especialmente, las de Susana. Una de las voces, la menos crispada, al verla lanzar un pequeño guijarro contra una inmensa ola, evocó a Vicente Gerbasi: «Una gaviota ciega vuela en mis ojos». El poder de la negaciónSusana abandonó la arena, su jaula vacía, sus caracoles y su introspección y acudió al encuentro con los amigos, a quienes dijo al llegar: «Estamos creando una turbulencia inmanejable, un monstruo, un Frankenstein, un Golem postmoderno». ¿A quién? ¿A Chávez? dijo el jacarandoso de siempre. Algo más preocupante. Estamos empeñados en negarlo todo. Hemos salido a buscar la realidad en otra parte. Es lo que hace la niña que, víctima de un estupro, intenta negar lo que le ha ocurrido, y en su esfuerzo por olvidar deja crecer en su interior el monstruo de la frialdad y el temor. Es lo que ocurre a la mujer que para negarle al marido que tiene un amante termina negándoselo a sí misma. Pierde al amante, pierde al marido y termina con todo, negando su propia existencia. Son esos casos en los que la negación nos pone en peligro. Pone en peligro la supervivencia, el naturgeist, la vida misma... ¿Estás hablando de la Comisión de la Verdad? preguntó Douglas. De algo peor. Todos vivimos y vimos por televisión un golpe de estado. Y ahora se le niega al colectivo. Esto es peligroso. Se le ha dicho al país que los golpistas son inocentes y que el destino de la democracia puede estar en sus manos. Lo dijo la Corte. Quienes temen reconocer este acto primigenio de violencia, sólo para no parecer que apoyan al gobierno, tienden a ocultarse a sí mismos. Pero al negarse a sí mismos se consagra la impunidad. Mientras tanto, la reiterada ceremonia de negación estimula y hace crecer esta energía bruta, salvaje, ávida de sangre, sin normas, irresoluta, que tienta el azar y lo incontrovertible. Estamos frente al vértigo. Pronto todo será incontrolable. Un poco incrédulos, lectores de diarios, los amigos de Susana se acercaron al mar para lanzar sus propios guijarros, unas hojuelas marinas. Pero no pueden. El brazo extendido hacia atrás, el impulso del lanzador y, de todas maneras, las muescas nacaradas se resistieron. No se separaban del lanzador. Pegadas de la mano, como partes del cuerpo, se resistieron a volar. Cuando Susana llegó y abrió sus manos, con sus dedos unidos por membranas acuáticas, con su cabello áspero, alebrestado por cristales lunares, todos lo visitantes soltaron sus piedras marinas contra la oscuridad del cielo ahora tormentoso de Macanao.
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