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Estampida El Nacional, domingo 16 de junio de 2002 También Dolores comenzó a hacer sus maletas. No se sabe para qué, porque ella no es de las que se puede ir para Miami entre gallos y serenatas. Pero bueno, ni modo, ella está decidida a irse para el carrizo. Vive pegada a Internet buscándoles escuelas a los dos muchachos que terminarán el 3° y el 5° grados ahora en julio. Puso en venta un cuadro de Boggio, un Cabré y un Monasterios que le dejó la abuela, y todos los días saca una cuenta de lo que le pueden dar por los dos carros, su apartamento de La Florida, y una joyitas que tiene por ahí. «¡De que nos vamos, nos vamos!», suele decir enfáticamente a las amigas del gimnasio y a los colegas de la oficina, pero sobre todo a Ricardo, su marido. Se lo dice temprano en la mañana mientras se siembra sus pestañas y se seca el cabello, se lo dice por teléfono unas seis veces al DÍA, y se lo recuerda en las noches, antes de apagar el televisor. Se lo repite una y otra vez, como tratando de convencerse ella misma, como dándose fuerzas para afrontar la titánica tarea, el abandono de su propia vida... No es difícil identificar cuáles son las cosas que la enardecen y que acicatean sus deseos de huir bien lejos, sobre todo porque ella los enumera a viva voz. Desde hace un tiempo viene padeciendo la enfermedad de todos, como ella dice, «y es que aquí ya no se habla de otra cosa». Todo el mundo habla del mismo personaje. No se habla de otra cosa. En el Palio, en el Rey David, en la cancha de fútbol, en la iglesia, en la playa, en el ascensor, en el gimnasio, en la oficina, en la cena, en la fiesta, en el brindis... Lo que se escucha es un inmenso quejido monocorde que ocupa todos los espacios... Prohibido discreparEn segundo lugar, dice Dolores, no se puede vivir en un país donde dos grupos humanos, ruidosos y arrogantes, se atribuyen la razón y la verdad. Y, lo peor, parecen dispuestos a matarse. Si se te ocurre medio discrepar un milímetro frente a cualquiera de ellos serás acusado de adversario, de enemigo a muerte, y te quitarán la palabra, el afecto y la confianza. Y quizás hasta entres en sus listas negras de venganza. Eso de que si no estás conmigo estás contra mí, no es una frase de encumbrados dirigentes mundiales, es una cosa de todos los días en esta ciudad. Dolores se va indignando mientras habla. Cuenta que hace poco se le ocurrió decir en el gimnasio que no le gustaba la estulticia de Grado 33 y largó unos chistecitos sobre ese par de extraños personajes que lo animan. Se armó un zafarrancho. Las mismas personas que desde hace años vienen despotricando de la televisión y del periodismo malo saltaron «como unas cuaimas» y la insultaron. «Desde entonces cuenta no me reparten las instrucciones que viven repartiendo como para protegerse de los círculos bolivarianos. «Ahora sí la pusimos. Ahora hay que calarse todo tipo de abusos y de embustes de los medios porque lo importante es tumbar a este hombre». Lo mismo le pasó con unos parientes en el matrimonio de una de sus primas. Se le ocurrió decir que había que investigar las fortunas repentinas de esos funcionarios que se han venido mudando hacia las urbanizaciones más caras, que ostentan carros de lujo y nuevas costumbres. De casualidad no la botaron de la fiesta. «Si me van a decir golpista, les voy a decir más, dice Dolores que les dijo, a ustedes que antes eran adalides contra la corrupción y querían cambiar el mundo: ahora hay más pobres, no hay cédulas ni pasaportes, no hay placas para los carros, no hay trabajo, nadie invierte ni un centavo, más de la mitad de la gente de este país no confía en la justicia, ni en los poderes esos del Fiscal y los otros, no hay confianza. También hay miedo. Rumores. Hay conspiraciones. Hay impunidad y más delincuentes. Hay unos periodistas atemorizados. Hay un periodista muerto y hay unos fotógrafos heridos...». Me quiero ir¿Qué gané? Que ya ni me hablan, dice Dolores. Antes nos decíamos cosas muy duras cuando no estábamos de acuerdo. Pero no nos amenazábamos ni dejamos de hablarnos. Ahora no se puede decir nada. Me dejaron de hablar. Estoy como marcada, muy aturdida, como segregada, y siento mucho temor. Me quiero ir del país porque en mi edificio tienen unos horarios de prácticas de tiro. Todos tienen armas. Pusieron una puerta blindada en las escaleras de cuarto piso. Nos repartieron instrucciones para que las mujeres nos refugiemos en los pisos de arriba cuando vengan los bolivarianos. Me quiero ir porque hay demasiada gente que no quiere reconocer que hubo un golpe de Estado. Se miente a sí misma, adula a los militares y ha renunciado a los principios, se ha vuelto pragmática y antidemocrática. Me quiero ir porque le temo al Gobierno, les temo a los jueces, les temo a los militares, le temo al Fiscal. Me quiero ir porque mis hijos corren peligro, porque hay secuestros y crímenes. Porque la violencia nos rodea por todas partes y está tocando a las puertas de las familias. Hay que oír a Dolores quien, en definitiva, se parece a la mayoría. A esa porción de ciudadanos abatidos que no está en ninguno de los dos extremos, esos extremos que andan invocando la sangre en estos días.
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