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Flash card El Nacional, 29/5/2000 Con apellidos diversos, cinco de los niños que nacieron en Maracaibo el domingo 28 se llamarán Flashcard. Es una antigua manera occidental de darle carne al recuerdo. Es una costumbre maracucha para grabar en la historia las proezas de una tarde beisbolera o la invención de una máquina infernal. Dentro de un par de décadas alguien preguntará: ¿Y vos por qué te llamáis Flashcard? Y fluirán a la memoria decenas de interpretaciones esculpidas por el tiempo. Ya hoy la flash card ha pasado a ser un objeto mitológico que excita la imaginación. En boca de los lateros es un metal de precio insobornable, en las barras es un afrodisíaco y en los hogares sencillos es un vocablo de ascenso social. Todos tienen su flash card. En Candelaria un comité propone incorporarla al escudo bolivariano, en el lugar de la cornucopia o las espadas. El habla común ya ha incorporado el efecto flash card a la jerga cotidiana. Humberto, por ejemplo, tiene una novia nueva con un flash card intransitable. Marta va a dejar a su marido porque ya no le puede leer el flash card. Se dice que el flash card de Cavendes es inverificable y el de la Disip es incompatible con la data. Al Congresillo se le trancó la flash card y a Marianella Salazar se la premiaron. La gallina de Ibsen tiene un flash card de oro. Y así. La despiadada inteligencia artificialPero para los lectores de remitidos mal escritos, como los del CNE, la flash card es un espacio alquímico y propiciatorio en el que se combinan lo visible y lo invisible, lo tangible y lo intangible, un misterio grande capaz de mover momentáneamente el destino de una nación. Por un lado de la tarjeta va lo visible, los nombres de los candidatos, los nombres de los partidos, las fotos, las localidades y los cargos. Data, pura data. Por el otro lado está lo invisible: las decisiones, las opciones, las vocaciones, las posibilidades y combinaciones que le introducen los votos. Cuando se juntan estas dos potencias nace el acta, el elegido, el cargo con carne adentro. La flash card no es invulnerable, es un invento del Norte que los del Sur deben comprar. No pueden manejarse con pistolas en la boca ni con aviones charters. No viajan solas ni pueden ponerse en manos de un grupo alucinado de ex miristas. La flash card viaja con attaché, con mayordomos encorbatados y bien alimentados, se desayunan con cereales enriquecidos de memoria, en máquinas ambientadas y con guantes de asepsia polar. Los técnicos, en su locura, tratan a las tarjetas como si fuesen personas, como si estuvieran vivas. En el fondo todos estos artefactos suelen ser tratados de manera muy delicada porque emulan la naturaleza humana, su inteligencia, su capacidad para observar, seleccionar, combinar y razonar. A veces, cuando la data no coincide con el software, las tarjetas suelen equivocarse, como los humanos. Todos hemos visto que el país tiene su super flash card, que se ha despertado y se ha sacudido el polvo del olvido. Hecha básicamente de carne humana esta tarjeta nos ha mostrado su parte visible con Elías Santana, Liliana Ortega y unos jueces valientes a la cabeza, y nos ha recordado su parte invisible y postergada: instinto, sentido común, valor y una tremenda buena estrella. Hay que tratarla bien, como se debe, para ver si salimos del hueco.
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