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Jörg

Pablo Antillano
pabloa@viptel.com

07/02/2000

Cuando era un pequeñín, un estudiante, Jörg solía clavar su espada de esgrimista en el armazón de un maniquí que llevaba el nombre de Simon Wiesenthal, un célebre cazador de nazis. Hace unas semanas, el propio Wiesenthal, director del Centro de Documentación Judía de Viena, ha hecho manifestaciones en las que quita importancia al ascenso político de Jörg Haider.

—No es un sujeto peligroso —han recogido de sus labios los periódicos europeos.

Una de sus biógrafas escribió recientemente que, en efecto, el nuevo líder austríaco, hijo de un nazi, nunca había expresado opiniones muy contundentes contra el Estado de Israel. De sus expresiones antisraelitas, cuenta en su libro Christa Zöchling que, en 1996, Haider había preparado un discurso en el que criticaba la política del canciller Franz Vranitzky por malgastar dinero austríaco en ayudas a Israel. Pero nunca lo pronunció.

«Por suerte —narra Daniel Vernet en Le Monde— en primera fila estaba sentado uno de sus amigos, Peter Sichrovsky, de origen judío y diputado europeo. Con un gesto de la cabeza, Sichrovsky consiguió que Haider cambiara el discurso y dirigiera su crítica contra... los palestinos».

¿Por qué será que un prestigioso cazador de nazis —a contracorriente de los movimientos judíos de otras países del mundo— se muestra tolerante con Haider, que se ha aliado con la ultraderecha austríaca, con Wolfgang Schuessel, mientras que la Unión Europea y tres cuartas partes del pueblo austríaco reprueba las expresiones ultranacionalistas y étnicas de la nueva coalición?

 ¿Neonazi o liberal?

No es que haya muchas dudas sobre el pensamiento de Haider, cuando mínimo ambiguo, que se desprende de sus declaraciones sobre el nacionalsocialismo y el Holocausto, a los que considera «sucesos trágicos». O abiertamente racista cuando dice: «Si la política no se construye sobre principios étnicos, entonces la humanidad no tiene ya futuro».

Tampoco a los demócratas austríacos, y europeos en general, le sobrevienen demasiadas dudas cuando revisan la biografía de Heider : «El líder del Partido Liberal es una encarnación casi perfecta de esta doble naturaleza de Austria, —escribe Vernet— donde es difícil distinguir entre víctimas y culpables. Haider nació el 26 de enero de 1950 en una familia humilde muy marcada por el nacionalsocialismo. Su padre, Robert, se afilió a los 15 años a las juventudes hitlerianas después de haber sido aprendiz de zapatero y, tres años más tarde, se enroló en las milicias nazis. Descendiente de una familia burguesa, su madre, Dorotea, era una ferviente nacionalsocialista. Precisamente de esta rama de la familia proviene la fortuna de Jörg Haider. En 1986, el mismo año en que asumió el control del Partido Liberal, heredó de su tío-abuelo un terreno en Barëntal, en Carintia, valorado en 150 millones de francos. En 1941, Wilhelm Webhofer se apoderó de esa propiedad arianizada (expropiada a los judíos).»

El joven Haider, un alumno modelo, creció en esa atmósfera conservadora y nostálgica. Cuando, en 1969, llegó a Viena para estudiar Derecho se aproximó de forma natural a las asociaciones estudiantiles en las que todavía se practica la esgrima. A través de su familia pudo entrar en contacto con Friedrich Peter, jefe del FPÖ, y se adhirió a las juventudes liberales, en las que asciende rápidamente gracias a la revista Tangente.

Étnicamente nacionalista o furibundamente neoliberal

Catorce países de la Unión Europea, en nombre de la democracia, condenaron la alianza ultraderechista de Austria invocando el artículo 7 de su normativa. Y millares de ciudadanos autríacos, en manifestaciones que han reunido una cuarta parte de los habitantes de Viena, han reclamado la dimisión de Schuessel y condenado las perspectivas racistas de la coalición. Sin embargo organizaciones judías austríacas, con Wiesenthal a la vanguardia, insisten en declarar que Heider no es un hombre peligroso, y le restan importancia al discurso unltranacionalista de derecha.

No han faltado las explicaciones. Ya hay quienes dicen que este resurgimiento de la ultraderecha europea al que se asocia la Alianza Nacional en Italia, los Republicanos en Alemania y Le Pen en Francia, ha dado un nuevo aliento a las izquierdas que tienden a reagruparse en torno a viejos partidos, grupos intelectuales, organizaciones ambientales y en defensa de los derechos humanos. En lo económico, una izquierda aún más peligrosa, anti-neoliberal y anti-globalizadora.

Estos judíos austríacos no parecen ver a Heider como el renacimiento del viejo peligro, porque el viejo fascismo era nacionalista, pero estatista. Todo en el Estado y para el Estado, nada fuera del Estado. Haider, en cambio, es un liberal extremo, todo en la sociedad y para la sociedad, y nada con un Estado corrupto. Heider promueve un individualismo anti-estatista, propio de los ricos y los poderosos y, aunque lo recubre con un nacionalismo xenófobo, resulta menos peligroso y más cohabitable, para algunos, que un resurgimiento de la izquierda.

Las nuevas alineaciones mundiales del nuevo milenio nos ofrecerán un nuevo espectáculo.

 


Pablo Antillano en La BitBlioteca



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