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Homeless Peor que a los perros. A los fumadores los tratan peor que a los perros y que a los gatos. Si usted quiere tener un gato en su casa va a una tienda de mascotas. Ahí le entregarán el animalito con sus documentos de identidad, una caja con tierra para sus necesidades, un collar con guirindajo, un libro de instrucciones y dos latas de pescado para felinos. El dependiente insistirá en que se ponga en contacto con una de las tantas sociedades de propietarios de gatos que hay en Nueva York. Si usted, a instancias de la pequeña Verónica , por ejemplo, hace el contacto tendrá que enfrentarse a un inquietante cuestionario: ¿ de que tamaño es el apartamento en el que vivirá el gato? ¿no prefiere usted adoptar uno de nuestros free-cats abandonados? ¿ padece usted algún tipo de alergia? ¿para que quiere usted un solo gato, en lugar de llevar dos para que no sufran de la soledad de la especie, para que se hagan compañía? ¿quien cuidará al gato durante sus vacaciones? ¿tiene usted niños molestos que pueden halar la cola del minino? ¿habita su casa algún marido o amante alcohólico que pueda patearlo? ¿ha sido usted sicoanalizado? ¿cual es la verdadera razón que le impulsa a tener un gato? ¿es usted soltero (a)?, ¿padece problemas de soledad? ¿cultiva algún trauma infantil? ¿dónde le enterrarán si muere? ( a usted no, al gato). ¿Es que acaso ama usted a los animales?. Las sociedades de perros tienen cuestionarios similares, con muy leves variantes. Antes de entregarle la mascota le preguntan por ejemplo ¿está usted dispuesto a sacar a pasear al perro los 365 días del año? ¿ sabe usted que las leyes del estado de Nueva York le obligan a recoger el pupú que deja su perro en las calles y plazas? ¿que las multas son impagables si usted viola esta disposición?. ¿se compraría usted este modelo de pala especial con mango plegable o usará una bolsita plástica de supermercado? ¿cepillará usted a su perro? ¿le sacará las pulgas y las garrapatas?, ¿le llevará al veterinario y al siquiatra por lo menos una vez al mes? . En síntesis: ¿aceptará y amará a su perro como un ser divino, como una criatura de Dios, aunque ladre toda la noche, aunque muerda al conserje, aunque aleje a sus mejores amigos y conocidos? Yes, Ill do. Todos firman la declaración. Por eso las calles están llenas de perros orondos que , !por pares!, llevan a su comprensivos dueños. Por ahí, a siete grados bajo cero, va una viejecilla de un metro arrastrada por dos grandes daneses, y un negro gigantón con dos chihuahuas. Los más convencionales se parecen a sus dueños, pero lo que está de moda es el contraste. Cuando los gatos o los perros están viejitos no los sacrifican sino que los llevan a una casa de retiro como la de Bide-A-Wee, especializada en dar «amparo, cuidado y compasión», a los homeless pets y a los «retirados». No smoking area En cambio, no quisiera contarles lo que le hicieron antenoche a la pobre Christine cuando intentó desplazarse a la zona de mesas que rodean el escenario del Blue Note. Ella, austríaca y pintora como su novio Anselm, fue al célebre templo de jazz en el corazón del Village para escuchar en vivo a «The Manhattan Transfer», que este año celebrará treinta años cantando un impresionante repertorio de jazz, música brasileña, rock y swing clásico. Llegó temprano y se instaló con todos en la barra. Pagó los 40 dólares de derecho a quedarse para el concierto y se entregó a su vodka y a su cigarrillo descosido. Un poco del humo se le escapaba por la comisura entre el cuerpo de tabaco y el filtro, un defecto cada vez más frecuente del Marlboro rojo. Después de las dos primeras canciones decidió abandonar al grupo de la barra porque una pareja vecina hablaba sin parar y no dejaba escuchar a plenitud. Se desplazó hacia adelante, hacia el escenario donde una docena de pequeñas mesas habían quedado vacías. Mas vale que no. El barman, el portero, el anfitrión y dos mesoneras se le avalanzaron con alarma. ¡No!!No!! Con el cigarrillo no!!! No smocking area!!!! Go away!!!.Gran susto general. Como si hubiesen anunciado el peligro de una bomba. Como si hubiese sonado la alarma de incendio. Como si hubiese caído una mosca en la sopa de la Reina. SHHHHHHHH!!!!!!!!!!!. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de los limpio del aire. No era ya el viejo templo del jazz, inmortalizado desde hace mas de diez año en las crónicas de periodistas rudos que iniciaban su párrafos describiendo la nube de humo espeso que acuchillaban las notas de B.B. King o de la Count Basie Band. Un club de jazz sin humo sentenció Christine es como un circo sin leones. La vida se ha puesto difícil para los fumadores en Nueva York. Los que fuman pipas o tabacos han sido confinados a clubes muy privados y especializados y no se les permite sacar sus instrumentos en ningún sitio público de la ciudad, e incluso no se les acepta como vecinos en buena parte de los condominios de la. Muy a pesar de las campañas fashion que invierten millones en la nueva moda del tabaco, los hoteles , bares y restaurantes les piden que se abstengan de encender sus mezclas aromáticas. Los nuevos execrables En las calles de Nueva York un fumador ha comenzado a formar parte de una suerte de raza unida por la exclusión. Se les ve por miles, temblando de frío, en las puertas de los rascacielos. Son empleados que prefieren desafiar las insólitas temperaturas bajo cero y no las férreas regulaciones de las oficinas. Bellas muchachas, elegantes ejecutivos, secretarias, mensajeros, todo tipo de profesionales son expulsados de sus puestos mientras satisfacen su imperiosa necesidad de un poco de humo y dulce nicotina. Durante cinco fabulosos minutos se refugian en las aceras, tras las columnas, tras las puertas, o se entregan a la inclemente intemperie mientras dan rienda suelta a su debilidad. Para los fumadores, este humo racial se ha convertido en un poderoso símbolo que les une en una vida de excluidos, de señalados, en camino de lo excecrable y despreciable. Comienzan a saber los que en diferentes espacios y tiempos ya han sufrido los negros, los judíos, las mujeres, los gay, los inmigrantes de toda laya. Los excluídos tienen eso en común, una merma en su libertad, una pérdida de derechos. En el intenso debate que lleva cada dia a mayores regulaciones, se sostiene en lo esencial que el fumador afecta el interés público, en la medida en que contamina el ambiente y pone en peligro la vida de los otros. Y en lo subjetivo el fumador representa una raza sin voluntad, por lo tanto débil e infecciosa. Se les deja sin lugar en los espacios públicos, se les confina en rincones bien señalados y se les expulsa de los edificios hacia la intemperie. En cambio, en sus cálidos escritorios, y en los mejores lugares, se mantienen los contaminadores irredentos, los fabricantes de aerosoles, los cortadores de bosques, los buscadores de oro, los trepadores de la pirámide, los buscadores de prestigio, los gerentes sicóticos, millones de bobos, de faltos de espíritu, simples, cínicos, estafadores, y verdaderos destructores de la salud publica. La batalla contra los fumadores tiene su lado inocente, el del simple ciudadano que ve en el fumador una gran amenaza pública. Por una parte ve peligro como siempre en el placer del otro, y por otra parte identifica en un cigarrillo la amenaza industrial de todos los cigarrillos. De cierta manera su pequeño gesto privado de censura al fumador implica una resistencia a la industrialización irracional, que pone en peligro a la civilización. Mientras tanto aquí, siete grados bajo cero, sobrevestidos y angustiados, los miembros de la tribu de los fumadores exhalan dos fluidos: el humo de la condensación y el humo del tabaco, símbolo de una actitud involuntaria de resistencia y defensa de la individualidad. Peor que un perro. Mucho peor.
Pablo Antillano en La BitBlioteca |
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