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El arte de injuriar

Pablo Antillano
pabloa@viptel.com

19 de mayo 1999

Injuriar. Injuriar señores, injuriar es un arte. Junto a la burla y la vituperación podría ser declarado, incluso, como un género literario. Así que dejémonos de gazmoñerías y prohibiciones, pidamos más bien un poco más de calidad, de imaginación y de desvelos especiales para que el insulto sea por lo menos fresco y excitante.

Por ahí andan unos articulistas y unos comunicadores serísimos pidiendo que cese «la incitación permanente y reiterada al irrespeto y desprecio hacia quien ya no es candidato presidencial sino Presidente de todos los venezolanos», porque dizque genera «un clima de discordia, hostigamiento e inquina». ¡¡WWOOOOWWWWW!! ¡¡Se pasaron!! (ver comunicado en pagina D3 de El Nacional, domingo 9 de mayo). Entre quienes firman se encuentran algunos de los humoristas y cronistas que más han aportado al arte venezolano de la diatriba y el vituperio, que nos han divertido por décadas con los insultos más ingeniosos e inolvidables, eficaces y mortales.

Ahora, de la noche a la mañana, se desata esta santurronería, esta actitud beata orientada a defender al gran jefe. Nada mas y nada menos que al Presidente de la República, a quien está llamado aquí, en Londres, en Pekín, en Roma, en el mundo entero a ser la mayor fuente y el mayor objeto de la ironía, el escarnio y la maledicencia. Pregúntenle a Clinton, a Margaret Tatcher, a Yeltsin, a Fujimori, a Menem, al Papa o a la Reina de Inglaterra. Por Dios. Pregúntenle a Luis Herrera, a Lusinchi, a Blanca, a Pérez. Pregúntenle a Mitterrand, a Fidel Castro. ¿Pero, bueno, qué es lo que pasa?

Con toda seguridad nuestro Presidente Hugo Chávez Frías tiene las preocupaciones de todo mandatario por la manera como lo ven sus conciudadanos, amigos y enemigos. Y también sabe que le perseguirán millares de chistecitos y toda clase de maldades. A veces se irritará, con toda seguridad. Pero sabe que ésto es inevitable y normal. Si, normal. Absolutamente normal. Y no nos vamos a aburrir hoy explicando las razones sicológicas, mediáticas y políticas de esta normalidad. ¡No faltaba más!

Mejor sería irnos acostumbrando y ponernos exigentes con la calidad de las injurias. Aprender del propio Presidente quien a la Constitución de 1961 le colocó el demoledor apelativo de ¡Moribunda! Y que con el formidable instrumento del escarnio liquidó a sus adversarios políticos, en la más ácida de las campañas electorales que conoce nuestra vida pública. Si de algo no parece pecar el lenguaje del Presidente es de la mojigatería timorata que ha erupcionado entre algunos de sus seguidores.

En defensa del vituperio

Formas sencillas y modernas del insulto pueden ser la exhibición de la lengua, sacarle la lengua a alguien, agarrase el brazo y subir el puño como hacen los italianos, agitar el dedo central de la mano, el más grandote, o como detectó Borges en la Verona de Shakesperare morderse el pulgar o tomar el lado de la pared…

De aquí en adelante, agobiados por la por flojera mental y la falta de tiempo, recordaremos con Jorge Luis Borges grandes momentos en la historia y arte de la injuria, a cuyo estudio dedicó innumerables páginas el célebre ciego argentino. Una denigración muy generalizada, por ejemplo, es el término perro, identificada por primera vez en la noche 146 en el libro de La mil noches y una noches: « El destino te ha derribado y no te pondrá de pié la cautela, oh perro del desierto».

Escribe Borges: « Un alfabeto convencional del oprobio define también a los polemistas. El título señor, de omisión imprudente e irregular en el comercio oral de los hombres es denigrativo cuando lo estampan. Doctor es otra aniquilación. Mencionar los sonetos cometidos por el doctor Lugones, equivale a medirlos mal para siempre, a refutar cada una de sus metáforas. A la primera aplicación de doctor, muere el semidiós y queda un vano caballero argentino que usa cuellos postizos de papel y se hace rasurar dia por medio y puede fallecer de una interrupción en las vías respiratorias. Queda la central e incurable futilidad de todo ser humano….. Cometer un soneto, emitir artículos. El lenguaje es un repertorio de esos convenientes desaires, que hacen el gesto principal de las controversias…» (subrayado nuestro).

Una de las tradiciones del insulto es la inversión incondicional de los términos: « según esa receta famosa el médico es acusado inevitablemente de profesar la contaminación y la muerte; el escribano de robar; el verdugo de fomentar la longevidad; los libros de invención, de adormecer; los judíos errantes, de parálisis; el sastre de nudismo.» Entre otros ejemplos: «El festejado catre de campaña debajo del cual el general ganó la batalla». O: «Un encanto el último film del ingenioso director René Clair. Cuando nos despertaron…»

El buen mal humor y los mamotretos

Decenas de ejemplos sobre los métodos de la injuria pueden encontrarse en «El Arte de Injuriar» de J.L. Borges contenido en La Historia de la Eternidad (EMECÉ, 1953). Sin ánimo de meternos con nadie, ni de aludir directamente a nuestra realidad, copiaremos aquí un último y gracioso ejemplo: «Es así cómo, verbigracia, después de oídos con resignación, dos o tres fragmentos en prosa gerundiana de cierto mamotreto públicamente aplaudido por los que apenas lo han abierto, me considero autorizado para no seguir adelante, ateniéndome por ahora, a los sumarios o índices de aquella copiosa historia de lo que orgánicamente nunca existió. Me refiero especialmente a la primera y más indigesta parte de la mole: balbuceos de indígenas o mestizos…»

El comentario de Borges: «Gousssac en este buen mal humor, cumple con el más ansioso ritual del juego satírico. Simula que lo apenan los errores de adversario («después de oídos con resignación»); deja entrever el espectáculo de una cólera brusca (primero la palabra mamotreto, después la mole); se vale de términos laudatorios para agredir (esa historia copiosa)…

Si este arte de la injuria pretende ser incomprendido, exilado, cercenado por una nueva beatería patriótica, si va más allá, si se pretende incluso incluir en la nueva Constitución un articulado destinado a perseguirlo, les diremos como Miguel Servet le dijo a los jueces que lo condenaron a la hoguera : «Arderé, pero ello no es otra cosa que un hecho. Ya seguiremos discutiendo en la eternidad».

  


Pablo Antillano en La BitBlioteca



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