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Sección: Bitblioteca
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Sin gravedad Lunes 9 de octubre de 2000 Las inquietas hijas de Ritalina, el hijo menor de Horacio y la pequeña Verónica no dejaron de reír frente a las obras de Jesús Soto que se exhiben en el Centro Cultural de Corp Group, allá en la Plaza La Castellana. Se divirtieron como si estuvieran en una fiesta, en la sala de videojuegos de Video Color Yamín o frente a la serie de «Crash» de Play Station. A los diez años promedio , y asiduos a las galería y museos a los que los empujan sus padres, ya tienen sus preferencias. Las exposiciones de Soto son de las pocas que, en ese segmento, no tiene resistencias. Para ellos, Soto es sinónimo de juegos, de trampas visuales, de adivinanzas y diversión. «Estas obras no son cinéticas dijo Frank, el hijo de Horacio ellas no se mueven, el que se mueve es uno. Hay que mover el ojo. Hay que moverse hacia un lado, pero también de arriba para abajo». Y mientras hacía sus potentes observaciones no dejaba de bailar con el resto de la pandilla, persiguiendo las vibraciones y las trampas ópticas como si fuesen conejos. Al principio quedaron paralizados frente a la forma ovoidal que abre paso hacia la sala de exposiciones. Un ovoide virtual que parece flotar en el espacio y que les obliga a indagar en los secretos de su construcción: finos hilos de nylon, pintados milimétricamente de naranja en su parte central, que crean una ilusión flotante e inmaterial. Los niños y los adultos se elevan y se agachan, se acercan y se retiran, se desplazan y se detienen por toda la sala en lo que parece una danza ceremonial. Parecen más bien unas marionetas humanas que bailan la partitura de un loco coreógrafo. Todos se ríen, aunque advierten secretamente la vulnerabilidad de su percepción, confirman que tienen ojos poco confiables, que las formas, los volúmenes, los planos y los colores pueden ser presas de un truco, de un acto de desaparición y que la realidad puede ser una ilusión. Considerando la naturaleza virtual de lo percibido, las exposiciones de Soto suelen ser, en sentido literal, exhibiciones metafísicas que engañan al ojo, que hacen mover a la gente y la hacen reír. El circo de CalderEsta vocación por la hipnosis y el encantamiento de las audiencias más pequeñas se encuentra también en las obras del viejo Calder, el gran maestro americano, amigo de Villanueva, que decoró el techo del Aula Magna y pobló las plazas de todo el mundo con móviles de equilibrio misterioso, cuyas fuerzas parecen provenir de varillas mágicas y poderes fantásticos. Viene a cuento en esta crónica porque el Whitney Museum de Nueva York exhibe en estos días, coincidiendo con Soto en Caracas, su legendario «Circo», que promueve el mismo regocijo entre los pequeños de allá. Antes de conocer a Mondrian y adentrase en los fantásticos desafíos de la abstracción geométrica, Calder trabajaba con varillas metálicas que moldeaba con asombrosa facilidad y con las que construía siluetas en el aire y figuras narrativas. Con ellas hizo caricaturas y retratos, pero también construyó los más famosos personajes y parapetos del circo. Centenares de ellos: trapecistas, payasos, mujeres barbudas y hombres fuertes, domadores y leones, elefantes, jirafas, monos, perros y camellos, magos, malabaristas, trapecistas y contorsionistas. El museo exhibe, junto a estos extraordinarios personajes de alambre ,un video que muestra al viejo Calder, más allá de los 70 años, arrodillado en el suelo, animando uno por uno los actos de su circo. Imita las voces del animador y de los payasos, la onomatopeya de las marchas y tambores, e incluso los aplausos. Mueve las dúctiles figuras como si fuese un juego de soldaditos de plomo y escenifica uno por uno los episodios fantásticos del circo. Como en la exposición de Soto, los objetos no se mueven por si solos, los materiales y las varillas están al servicio de la ilusión y las audiencias quedan cautivadas y no dejan de divertirse. Con la risa vienen la angustia del domador, la tristeza del payaso, los riesgos del trapecista y la capa raída del animador. Arquitectura del souffléImposible dejar de asociarles con los juegos de Frank OGhery , el arquitecto que construyó el fabuloso Museo-Barco de Bilbao, el Museo de Seattle dedicado al rock y a Jimi Hendrix, y que ahora ha diseñado el nuevo Guggenheim de Nueva York, que se construirá próximamente en las «playas» del sur de la gran ciudad. Las maquetas de nuevo Guggenheim se exhiben actualmente en su sede original de Quinta Avenida y el flujo de público, formado por niños y adultos , no deja de divertirse. El viejo Ghery les ofrece ilusión, desafío a la gravedad, a las formas delimitadas y a los patrones geométricos de la arquitectura conocida. Trabaja como un escultor, con láminas, hojas de metal que forman una especie de megaescultura orgánica, como un papel arrugado, como lo haría un niño travieso. El mismo arquitecto dijo en estos días, cuando se abrió el museo que contienen la historia del Rock y las guitarras de Jimmy Hendrix: «Me quedó como un soufflé». Estos tres titanes del arte contemporáneo tienen una sabiduría secreta que comparten, entre risas, con los niños de diez años, y con alguna otra gente.
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