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 Caracas, Viernes, 25 de mayo de 2012
 

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Sobrenatural

Un dromedario de siete años de edad murió ayer en la Plaza Venezuela, tras algunas horas de inquieta agonía. Su nombre era Ali. Uno de los muchachos colombianos que descargaba las carpas y desenganchaba los trailers fue el primero en darse cuenta. Los párpados largos lucían abultados y sin fuerza, las orejas parecían más tapadas que nunca por la pelambre amarilla que alguna vez le protegería de las arenas africanas, las rodillas se le fueron doblando, hasta que sus 300 kilos terminaron por desplomarse sobre el pavimento de la Zona Rental. Así que el muchacho corrió y advirtió a los patrones del circo, los hermanos Gasca.

Cuentan que los chimpancés y los caballos estaban particularmente inquietos, como si presintieran el desenlace. La tarde también estaba muriendo y comenzó a llover. Se desencadenaron entonces las preguntas y las llamadas. ¿Qué hacer? En estos casos hay que apelar a los veterinarios locales y al espíritu humanitario que los anima. Pero se trata de un dromedario y no de una pequeño pez dorado ni de un gato siamés. La gente del circo llamó al Zoológico.

Para hacer el cuento corto: nuestras instituciones se movieron. Una llamada aquí y otra allá dieron con la gente de Trebbau, en la Fundación de Parques Zoológicos que está vinculada a Inparques. Rodilla en tierra los veterinarios examinaron aquella gigantesca tristeza que les conectaba con ensueños de aventura. A la imagen del camello se asocia el recio misterio de los tuareg y las largas caravanas que atravesaban el desierto en busca de Timbuctú, la ciudad perdida, en el borde suroriental del Sahara. Aunque esté en un circo, la joroba de un dromedario siempre portará al Nilo y al Sudán, nos remite a historia de sultanes y al dominio musulmán, nos recuerda a Clapperton y a René Caillié, los primeros europeos que cruzaron el desierto y vivieron para contarlo.

Algo comió o bebió Alí que le produjo esta fatal intoxicación. Prestos a salvarlo, los doctores trataron de colocar una sonda en su complejo sistema urinario, ese que le conecta con sus legendarias reservas de agua. Inyecciones, exámenes y medicamentos no pudieron evitar que la criatura perdiera todo aliento.La gente del circo le lloró discretamente, mientras que los elefantes meditabundos parecían rememorar los paisajes nunca vistos de Nairobi. En el resto de las jaulas se vivió una noche de silencio conmovedor: la lluvia caraqueña despejó el aroma del monte . Los tigres de bengala permanecieron inmóviles, como las cebras y los búfalos.

Camino de la eternidad

¿Y ahora? ¿ Qué hacemos con este cuerpo, que una vez fue doméstico, amigable, y muy profesional? Una de las primeras llamadas telefónicas fue al Museo de Ciencias. ¿Quieren ustedes el cuerpo de un dromedario?

Los biólogos y coleccionistas se hicieron repetir la pregunta. Ya va, un momento, les volvemos a llamar. Los minutos que siguieron fueron todos de naturaleza operativa. Llamemos a los taxidermistas: a la gente de la UCV, a Luis Duque, a Carlos Julio Sánchez, alguien conoce también a algunos jóvenes que se están adiestrando en este arte sin mercado, busquemos al alemán que trabajó en el Hato Piñero o a la gente de la Simón Bolívar. Vamos a llamarlos.. Es un poco tarde y llueve torrencialmente.¿ Cómo lo transportamos?, ¿dónde lo colocamos? Vamos a verlo.

Para hacer el cuento corto: las instituciones se movieron. Aparecieron los biólogos, aparecieron los taxidermistas, una grúa montó al dromedario en un camión y en el zoológico de Caricuao hospedaron el cuerpo inerte en una cava. Habrá que cortarlo para que quepa: la carne podría alimentar a otros animales, la armazón ósea puede ser rearmada con fines educativos. O podría disecarse para el diorama africano. Preguntas y decisiones. Mucha acción, aunque no para de llover.

A la mañana siguiente, un pequeño escarabajo blanco,un poco chocado, con una bióloga (PHECDA) y dos taxidermistas, fue a reencontrarse con su dromedario. Es la gente de un país magnífico, que puede enfrentar lo inesperado. Un país casi sobrenatural.

 


Pablo Antillano en La BitBlioteca


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