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Guerra genocida: lecciones para el futuro

James Petras

Marzo de 2003

La guerra en Iraq

Irak se ha convertido en un infierno. Ante la mirada de miles de millones de personas en el mundo, millones de iraquíes se aglomeran en refugios destruidos, mercados, hospitales y escuelas, recibiendo las radiaciones de nuevas armas de destrucción masiva, rostizados con napalm, vaporizados por la MOAB —una bomba de 9,5 toneladas— y se escucha la voz de muerte de Rumsfeld declarando a los reporteros: «Como quieran decirlo, hemos destruido a Saddam Hussein».

Naciones Unidas, como organización internacional dedicada a la solución pacífica de controversias, fue destruida por Estados Unidos, no solo por el genocidio en Irak. Estados Unidos no estaba solo. Tuvo el apoyo de sus sátrapas en Gran Bretaña, España, Australia y algunos concubinos centroamericanos, y también de los respetables y hasta ahora civilizados regímenes de Holanda y Dinamarca.

Las tropas y fuerzas navales y aéreas que lanzaban armas de destrucción masiva estaban emplazadas principalmente en países árabes y musulmanes: Bahrein, Jordania, Kuwait, Qatar, Saudiarabia, Emiratos Árabes Unidos y Turquía. Regímenes postrados, temerosos de su propio pueblo, que prefieren ser tributarios del imperio. Los nuevos satélites estadounidenses de Europa oriental —la República Checa, Bulgaria, Hungría, Eslovaquia, Rumania— fueron cómplices de buen grado: sus gobernantes corruptos trafican sangre iraquí por los créditos prometidos.

Para analizar el fracaso de Naciones Unidas en evitar el genocidio estadounidense —su fracaso final—, debemos recordar que este genocidio fue el último golpe, no el primero. Las primeras fracturas en Naciones Unidas ocurrieron cuando toleró las intervenciones unilaterales estadounidenses en Panamá y Granada, pequeños países marginales sin duda, pero en los cuales Estados Unidos descubrió que podía invadir con impunidad. Desde la primera guerra del Golfo, Washington se dio cuenta de que podía emplear la máxima fuerza militar para someter a una nación y prolongar su sufrimiento como ejemplo para el mundo. Los europeos, los japoneses y casi todos los regímenes árabes accedieron y colaboraron gustosamente... animando a los señores civiles de la guerra estadounidenses y a los ideólogos de hoy a preparar documentos para la dominación mundial ya desde 1992.

El asalto estadounidense a Yugoslavia, la limpieza étnica de Kosovo por los gángsters albaneses, promovida por el presidente Clinton y apoyada por el socialista francés Bernard Kouchner y el socialista español Javier Solana en la OTAN, ahondaron la creencia de Washington en su destino de hacer y deshacer a las naciones europeas en imagen de clientes. Y luego vino Afganistán, un terrorífico bombardeo masivo, una intervención militar unilateral al margen de cualquier debate en Estados Unidos o en la OTAN, todo ello aprobado por potencias europeas y regímenes musulmanes, una asamblea de jeques playboys, monarcas absolutistas, esclavistas blancos ex comunistas y elegantes diplomáticos europeos occidentales. A los ojos de Washington, la construcción del imperio requería una división del trabajo. Estados Unidos interviene unilateralmente, designa a un nuevo régimen títere basado en alianzas de criminales, caudillos tribales y señores de la guerra étnicos; se apañan los jugosos contratos de reconstrucción para sus trasnacionales y el control de los recursos estratégicos o rutas de transporte, y luego llama a las huestes europeas para que sirvan de policía al nuevo régimen clientelar, limpien el tiradero y aporten fondos de ayuda humanitaria.

Así pues, el fracaso en detener la intervención militar unilateral de Estados Unidos en Irak tiene como precedentes los pasados fracasos de la ONU y los reacomodos de los países europeos ante la conquista imperial estadounidense. Creían que cada conquista era un acontecimiento aislado que no afectaría sus intereses. Es cierto que los señores civiles de la guerra de Washington diseñaron y promovieron la doctrina de dominación mundial. El entreguismo, indulgencia y complicidad de Europa que condujeron a la invasión de Irak facilitaron la realización de ese sueño imperial.

Hasta el día mismo de la invasión, los europeos y los inspectores de Naciones Unidas siguieron facilitando la conquista de Washington. Todos los miembros del Consejo de Seguridad estuvieron de acuerdo en que las armas defensivas iraquíes eran la principal amenaza a la paz mundial, y no la masiva y continua acumulación de armas de destrucción masiva por Estados Unidos en Medio Oriente, su intención públicamente declarada de destruir a Irak y su apoyo a las matanzas israelíes de palestinos.

Naciones Unidas desarmó a Irak e hizo caso omiso de los preparativos militares estadounidenses. El inspector en jefe Blix forzó constantemente a Irak a destruir armas claramente defensivas. (Una vez iniciado el ataque, Blix reconoció que Estados Unidos jamás tuvo interés en las inspecciones y que se mostró desilusionado cuando los iraquíes cooperaron y privaron así a Washington de su pretexto inicial para invadir). Kofi Annan dirigió el embargo de bienes esenciales para el pueblo iraquí y apremió a los inspectores a identificar todos los centros militares estratégicos de Irak. Toda esta información se entregó al Consejo de Seguridad, lo cual proporcionó valiosa inteligencia a los estrategas militares del Pentágono empeñados en conquistar Irak en cuestión de semanas.

Si bien Naciones Unidas y la mayoría del Consejo de Seguridad pudieron haber llegado finalmente a tener la intención de cuestionar las tácticas militares estadounidenses e impulsar soluciones diplomáticas, su promoción del desarme unilateral iraquí solo sirvió para animar a los más agresivos de los principales funcionarios estadounidenses, los que ven un blanco fácil en un Irak debilitado militarmente, con menos bajas estadounidenses y más oportunidades de fragmentar al país en miniterritorios bajo el dominio de Washington.

El único camino verdadero hacia la paz hubiera sido un plan de Naciones Unidas que incluyera el desmantelamiento mutuo total de arsenales de destrucción masiva en Medio Oriente... pero eso nunca se mencionó en sesión alguna, porque requería que los miembros del Consejo de Seguridad opositores a la acción militar en Irak revaluaran críticamente su apoyo a las conquistas militares estadounidenses del pasado. Naciones Unidas finalmente se opuso al genocidio estadounidense, pero solo después de haber dejado salir al genio imperial de la botella, de haber permitido a Israel asesinar con impunidad, de haber pasado por alto la lógica del imperialismo: guerra y dominación mundial.

¿Qué viene ahora? La más profunda comprensión de la guerra estadounidense se encuentra en las decenas de millones que marchan en las calles, no en los pérfidos salones de una impotente Organización de Naciones Unidas. Las redes internacionales emergentes están creando desde abajo unas nuevas «naciones unidas», libres de entreguistas, de cómplices y de diplomáticos que predican la paz de los sepulcros. Esos cientos de millones en todo el mundo se están volviendo hacia sus propios líderes: activistas sindicales, pacifistas, líderes religiosos progresistas, líderes de barrios y comunidades... ciudadanos «comunes y corrientes».

Algunas naciones están aprendiendo la lección de que la debilidad militar solo estimula la agresión estadounidense. Irán —según los representantes israelíes en la Casa Blanca, Wolfowitz, Feith y Perle— es el nuevo objetivo de la «guerra preventiva». Esperemos que Irán y el resto del mundo aprendan la lección de Irak y del fracaso de Naciones Unidas: la solidaridad internacional y la contención militar pueden elevar el costo de la guerra más allá de los cálculos de los señores estadounidenses de la guerra.


Traducción: Jorge Anaya



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