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El Silencio en parábolas
El Nacional, sábado 20 de noviembre de 1999 IUn sepulturero, drogadicto y ladrón, aunque sea un fanático del beisbol y nunca haya hojeado un periódico, en algún momento de su existencia deberá sentir que su mostrenca existencia carece de lo esencial, de dignidad. Alguien podría decir que cavar tumbas, para que otros descansen mientras llega la vida eterna, es un acto de solidaridad trascendente, un rol protagónico, y no una deleznable manera de ganarse el jornal. Robar, asaltar a los transeúntes, cobrarles peajes a los escolares y a las amas de casa podría resultar más productivo y, en el mediano plazo, más decoroso, aunque no se pueda rehuir la sombra de la muerte. Bájate de la mula. Un trasnochado consumidor de basuco, un quemador de piedras, que trasiega su existencia en los aledaños de alguna de las cariadas calles del centro de Caracas, puede ser un aprovechado recogedor de latas y un mago haciendo sancochos a la vera del Guaire con una lata, dos topias y el pichache que suelte el azar, pero no son tareas que lo enorgullezcan ni le ensanchan la honra. Es para ir pasando. Hasta ahí. Quien vive de la calle no sueña con tener que pagar las cuentas de la electricidad. Las pesadillas son otras. El ladre que muerde. IILa razón es escurridiza y, casi siempre, tan inoportuna como la verdad. Dicha en mal momento puede causar más desgracias que alegrías, no importa que tuerza montañas ni que Cristo haya muerto por ella. Contar con el apoyo de la mayoría no garantiza la razón ni tampoco la locura, sólo el consuelo de que, en caso de yerro, la equivocación fue de todos y nadie es responsable de manera individual. Guarde su kino. Sea cual fuera la disputa, casi nunca el término medio es lo más adecuado, pero es lo que casi siempre la razón impone para evitar males mayores, con lo que también se impide la mejor solución. Con frecuencia, la costumbre y el miedo a la confrontación hacen ver como sensato lo que los resultados han demostrado que es un disparate. La ausencia de audacia puede ser más nefasta que la equivocación que se intenta evitar. La probidad sin talento es el peor azote. Libere sus demonios y acierte. IIINo detenga la marcha. En las aceras de El Silencio pague dos y lleve tres imperan los tropiezos y el desconcierto. Presurosos y cabizbajos, ninguno de los peatones desea admitir que ha perdido la confianza y que, por más que apresure el paso, se le escapa la alegría. De salto en salto, en cada esquina rechaza las ofertas y los ofrecimientos, desde bolígrafos interminables hasta pantaletas reversibles. Con el alma en vilo, acumula facturas vencidas, recibos por pagar, letras de cambio en protesto, saldos en rojo, cheques devueltos, salarios caídos y una inmanejable deuda familiar que abarca tanto a los hijos propios como a los otros, que también comen y gastan zapatos. Salta los charcos, dobla en las esquinas, pregunta, camina, salta los charcos, dobla las esquinas, pregunta, camina, salta los charcos y siente que está avanzando, que es cuestión de suerte y un poquito de buena voluntad. Calle y gane, y gane de calle. Casi de madrugada, se planta frente a la santamaría y rocía su despojo de agua de ruda con orégano orejón. Después salpica la caja registradora y los bordes del mostrador con sal marina y dos cucharadas de bicarbonato diluidas en medio frasco de cuerno de ciervo con dos pastillas de alcanfor. Pero no vende, ni tiene cómo ofrecer nueva mercadería: todos los fabricantes le han retirado los productos que dejaron a consignación. Los clientes no entran; y si entran, no compran; y cuando preguntan, se ofenden con los precios o piden que se los venda a la mitad o por debajo del costo; o que se les fíe; o que se les guarde la mercancía para la quincena que viene y nunca regresan, y la probable venta se queda ahí, embojotada, hasta que pasa de moda y debe rematarla, regalarla o usarla como trapo para pasar coleto. Meta la mano, todo barato. IVLos encantadores de serpientes han desaparecido de las playas del mercado. Pero con suerte y algo de paciencia, se presentan los domingos, después de la última misa matutina, en sitios abiertos y en alguna esquina de la plaza Miranda, en donde compiten con los predicadores evangélicos. A pleno sol, y sin mediar palabra, sacan la Biblia y la colocan en la diestra, mientras que con la otra mano golpean la caja de cartón para que Maríaluisa se quede quieta. La verdad es que la está despertando, pues le inyectó algo para que se abobara y no se alborotara durante el viaje desde más allá de Caricuao y de Las Adjuntas. Con el ofidio al cuello, le recuerda al primer curioso los muchos conocimientos medicinales que tenían los indígenas americanos. Con su ciencia podían curar desde hemorroides hasta dolores de muelas, sin visitas indignas al protactólogo ni al dentista. Amigos, por sólo unos cuantos bolívares y, lo mejor, rápido, con prontitud, y sin los temidos efectos secundarios de las medicinas confeccionadas por los laboratorios comerciales. Saque su lupa. Antes de que llegue la policía y disuelva el tumulto de curiosos que se empujan para ver la culebra, el encantador asegura que el ungüento no sólo desinfecta y es una cura ampliamente recomendada para evitar el cáncer sino que también alivia de manera definitiva el dolor de cabeza y las más terribles migrañas, además quita el malestar de la menstruación, ataca la diarrea, mata los hongos y pone a correr los desagradables sabañones y el mal olor de los pies. Sorpréndase, es un inocuo anticonceptivo y un inigualable afrodisiaco. Como por encanto, saca un tarrito de pomada que huele a mentol, y es mentol. Asegura que está hecha con el aceite de las culebras más agresivas y venenosas de la selva amazónica, ya casi en peligro de extinción, y siguiendo a la letra una receta que dejó escrita en su idioma un chamán de una tribu que le reducía la cabeza de sus enemigos y se las ponía del tamaño de un huevo de codorniz, pero sin las manchitas. Le aprieta la cabeza a Maríaluisa, y la culebra, como si supiera que está en juego su alimento, muestra los dientes. Las señoras que más telenovelas han visto lanzan un gritico como de susto, seguido de una risita, que parece miedo, pero es burla. Un transeúnte apurado le pide dos tarros, pero el culebrero se niega a vendérselos. Le dice que tiene que quedarse hasta el final, cuando revelará ciertos secretos, que mientras más gente los sepa mejor; y que esa es la condición que le pusieron los indios para entregarle esa fórmula que estuvo vedada durante siglos al hombre racional. Cuando sus cálculos le dicen que ya son más de veinte los clientes potenciales, guarda la culebra en la caja de cartón y empieza a vender a 1.500 bolívares el tarro, con una advertencia: «No se aceptan devoluciones, y se agradece sencillo». Ojo pelao. VHa terminado la faena, y cada quien se prepara para irse a casa y verse por la televisión, y que todos lo reconozcan como el mejor mentador de madre que los corruptos hayan sufrido a las puertas del Congreso. Inmiscuidos hasta los tuétanos en la soberanía popular, intuyen que ha llegado la hora de la reivindicación, de la justicia, de poner las cosas en su sitio. Los buenos aquí, los malos allá. Aquí nosotros, y allá ellos que se las entiendan. Merecedores de todas las prebendas y favores, porque de los pobres será el reino de los cielos, apostaron vidas y haciendas en la ilusión del cambio definitivo y protagónico. En todas las caligrafías posibles enviaron sus propuestas, pedimentos y ruegos, para que su voz no fuera olvidada ni desdeñada, como tantas otras veces, a la hora de decidir el modelo que imperará, «por lo menos, durante otro milenio». Pero nadie ha dicho qué proposición recibieron de Río Chico, cuál de Birongo, ni qué buena la carta que mandó la señora Josefina de La Grita. Tampoco ningún representante del soberanísimo propuso que se acogiera la idea que llegó, en sobre cerrado y pagadero por el destinatario, de parte del barbero de Onoto. Por la insistencia en usar palabrejas y la ausencia de esa inocencia propia de los pueblos, es obvio que nadie leyó las tantísimas cartas que le mandaron al comandante. Por eso, pese al encandilamiento del relampagueo que emana del exceso de adjetivos, suena metálica, huera, como si le faltara el alma. Se cuida tarantín, por la comida y algo de dormir.
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