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 Caracas, Viernes, 10 de febrero de 2012
 

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Cabrujas: ¿dónde estás?

El Nacional, viernes 9 de julio de 1999

En estos días me ha dado por recordar al maestro Cabrujas: lo echo de menos, hace falta. Desde el episodio final de su muerte margariteña, el 21 de octubre de 1995, he querido rendirle un homenaje. Me gusta celebrarlo. Mi admiración por su trabajo nació en la inolvidable sala Juana Sujo, el año 1976, cuando se estrenó Acto Cultural. Entonces yo tenía diecisiete años y sentí por primera vez que el teatro nuestro podía ser un prodigio, que podía acercarse a escuchar los latidos de la venezolanidad. Recuerdo como si fuera hoy la alegría con que mi novia de entonces, y este servidor, salimos de aquel lugar oscuro hacia la luz, como si la luz que había quedado adentro se hubiese apoderado de aquella calle de Los Caobos para siempre. Autorícenme el lugar común: Cabrujas era un mago.

Aquel fue un año importante para el hijo del sastre de Catia: no sólo levantaba las flores de la celebridad dramatúrgica sino que iniciaba una faceta de su vida creadora que lo hizo tan famoso como un boxeador, tan amado como una cantante. El canal 2 se anotó el éxito de La Señora de Cárdenas: joya de la televisión que hizo de un género vetusto y retórico un lujo de futuro y encrucijada. La telenovela podía ser otra cosa; así lo demostraba el melómano incurable, el actor, el dramaturgo que durante veinte años se había preparado, sin saberlo, para desempeñar su mejor papel: ser Cabrujas.

Desde entonces la influencia de este ciudadano sobre la sentimentalidad del venezolano no tiene comparación. Ni el béisbol, ni la Gaceta Hípica, ni todas las homilías juntas del episcopado patrio alcanzaron lo que el ronco fumador logró: hipnotizar a millones de paisanos frente al televisor. El escritor, que ya era un maestro probado, hacía reír y llorar, soliviantaba y apaciguaba, como si aquello que ocurría ante los ojos de multitudes no hubiese podido acontecer de otra manera. Crítico, pero no inclemente; graciosísimo, pero también dramático, sus personajes estaban como insuflados por el fuego de la humanidad más comprensiva. Lo que antes fue el reino de los estereotipos, el escritor lo convirtió en el paraíso de los matices. Nunca faltó en el peor de los malvados una pizca de nobleza, tampoco estuvo ausente en los mejores, un toque de ruindad. Los personajes eran como la gente: nadie encarna un solo arquetipo y nada más. Eran como una obra aséptica de arte conceptual y un retablo barroco, dándose la mano.

Pero si el cine, como guionista y actor, supo del talento del maestro, también la prensa fue continente de su gracia. A camino entre la naturaleza de la crónica, el artículo y el ensayo, las piezas de Cabrujas para El Nacional y El Diario de Caracas fueron memorables. Supo combinar con una destreza envidiable, la crítica devastadora o profunda con el humor más hilarante. Si me apuran, confieso que ésta fue su clave: el humor. Allí estaba el corazón de su genio, pero cuidado. Cabrujas no fue sólo un humorista. Cabrujas incluyó con pericia el humor entre los ingredientes de su cocina literaria, así como convocó otros elementos con enorme pertinencia.

Cuando estuve al frente de Monte Avila Editores Latinoamericana tuve la suerte de proponerle al maestro, y a Diego Bautista Urbaneja, entonces director de El Diario de Caracas, que recogiéramos todos sus artículos publicados bajo el lema de su columna: «El país según Cabrujas». Título, por lo demás, que había sido tomado de una entrevista que le hice para la revista Imagen el año 1986 y que fue el motivo de una larga y cruenta polémica sobre la figura del Libertador. En aquella conversación José Ignacio afirmó, para escándalo de los adoradores acríticos del caraqueño: «Bolívar era lo suficientemente loco y disparatado como para olvidarse de que él vivía en un territorio con limitaciones históricas determinadas. Él creía que esto formaba parte de la historia. Como él trabajaba para la gloria y la gloria era Europa, quería tener la admiración de los franceses, por lo tanto escogió este decorado para impresionar a los europeos». Más adelante sentenciaba: «Bolívar era un alucinado, un desaforado, un delirante tapando su Yo en todo momento para que nadie captara su intimidad, con una vida sentimental terrible». Por estas afirmaciones, nacidas de su admiración crítica hacia Bolívar, Cabrujas tuvo que soportar una andanada larga y feraz: meses duró la polémica, felizmente recogida en un libro.

En estos días lo recordaba, dije al principio, porque me pregunté qué habría dicho José Ignacio de este delirio de las escuelas bolivarianas, y del bolivarianismo reinante. Si en aquella oportunidad asistimos perplejos a la manifestación de una patología subyacente, ahora pareciera que hemos entrado en la fase crítica de la enfermedad. Toda esta historia es rocambolesca y garcíamarquiana: es como si a los franceses les diera por crear escuelas napoleónicas y a los gringos por establecer una educación washingtoniana. Desde aquí te envío un telegrama: «Estamos poniendo la cómica, José Ignacio, ¿dónde diablos te metiste?»


Roberto Hernández Montoya, El problema de Chávez


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