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Buscando a papá El Nacional, viernes 9 de julio de 1999 En días pasados fui convocado a participar en un ejercicio interesante y peligroso. Interesante, porque cuando se nos propone resumir en pocas palabras lo que en el fondo es complejo, estamos invitados a ser sintéticos o metafóricos, y para ello es un arma eficaz el ingenio y la inteligencia. Peligroso, porque cuando resumimos corremos el riesgo de reducir, y cuando reducimos simplificamos y perdemos matices o densidad. Sin embargo, el ejercicio nos dejó algunas flores para la sabrosa especulación. Se trataba de hallar la patología o el error o el vicio, dependiendo de la gravedad, en que incurría un grupo profesional. Estuvimos de acuerdo en que la paranoia era la patología más común entre los políticos; también coincidimos en que la autosuficiencia era el error más común de los ingenieros; vimos con nitidez que la depresión era el estado del alma más frecuente en los creadores. Observamos que la melancolía se aposentaba en el pecho de los marineros y los zarandeaba entre las olas; también vimos como frente a la rutina del arado y la cosecha, el hombre del campo se aclimataba sobre la superficie del silencio. La lista es larga. Luego comenzamos a especular con las carencias de los nacionales de distintos países, y allí se nos hizo evidente que una suerte de anhelo colectivo puede tomar forma y hacerse del alma de una nación. Nos detuvimos en el afán cosmopolita de los argentinos, fundamentado muy probablemente en el hecho de sentir que viven en el fin del mundo. Recordamos el dolor con que los colombianos hablan de la paz, en medio de un país literalmente en guerra. Pasamos revista al empeño que ponen los cubanos en demostrar que el tren tecnológico de la historia no los dejó atrás en una isla evidentemente en la cola del tren de la post-modernidad. Nuestros repasos señalaban lo obvio: el alma colectiva busca lo que no tiene. Llegamos al caso Venezuela y brilló nuestra extraña condición de huérfanos, de niños que buscan un padre que haga valer su autoridad. La lluvia de reflexiones cayó sobre los asistentes como un bautismo iluminador: somos una nación en busca de un padre. Desde la denominación de Padre de la Patria, extrañísima en el mundo, por lo demás, hasta nuestra afición por los líderes mesiánicos, todo iba confirmando nuestra suerte de minusvalía psicológica, dramáticamente pueril, que nos llevaba a seguir a líderes que ofrecieron correazos, orden, fiscalización, castigo a los infractores, aquello que los niños parecen pedir en sus pataletas, como reclamando justicia. Alguien afirmó que en la vida colectiva el venezolano no hacía otra cosa que reclamar lo mismo que faltaba en su vida íntima, y concluía diciendo: «Somos una nación de hogares sacudidos por el vacío del padre ausente». Algunos pedimos cifras comparativas, algo que nos señalara que el padre ausente es en Venezuela un lunar mayor que en otros países, pero nadie pudo ofrecer los guarismos correspondientes. Comprobable o no, lo cierto es que si los venezolanos nos juzgáramos por el tipo de líderes que, de una forma u otra, llevamos el poder, pues la figura del padre autoritario, añorado, y probablemente desconocido está allí, empuñando su sable. ¿Qué era el general Gómez sino el gendarme necesario del que Vallenilla Lanz hacía la apología? ¿No encarnaba aquel tachirense silencioso la figura paterna que, sin ningún diálogo, disponía de la vida de sus hijos, de sus vacas y sus gallinas, con la mano cierta de la autoridad? Acaso no encarnaba el demócrata Betancourt el arquetipo del hombre fuerte del capaz de meter en cintura a aquella juventud díscola que se entretenía con los vapores de la revolución? ¿No fue, en su momento, Carlos Andrés Pérez, el emblema del padre enérgico, que saltaba charcos y vencía con sus decisiones el sopor de las siestas burocráticas, y venía a darle fuerza a la democracia? ¿El doctor Caldera II acaso no logró volver al poder sobre la sensación nacional de que las cabras se habían salido del corral y se necesitaba un abuelo sensato que pusiera las cosas en orden? En casi dos siglos de ejercicio republicano no hemos podido, aún, confiar en nuestras instituciones por encima de la figura mesiánica de los padres ausentes. Es como si en el alma colectiva se hubiera ido fijando un arquetipo castrante: buscamos lo que no tenemos en casa, y queremos de él toda la ferocidad posible, toda la autoridad, porque creemos, como niños, que en la raíz de nuestras desgracias está la falta del orden paterno que no tuvimos. Admiramos a los fuertes, a los intransigentes, a los cuatriboleaos, a los arrechos, y pasamos de largo frente a los dialogantes, los profesionales constructores de instituciones. La culebra se muerde la cola: llevamos una suerte de herida infantil abierta y a los que buscamos para que nos sanen, en el fondo, les pedimos que nos caigan a palos y abran aún más nuestras heridas. Algo pasa con nosotros, algo nos tiene como ensartados en un círculo infernal del que queremos salir con las personas menos indicadas. |
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