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El mito de la revolución

El Nacional, viernes 29 de enero de 1999

Hace años pensé que nunca tendría que escribir un artículo como éste, pero estaba equivocado. Creía entonces que el mito de la revolución había quedado sepultado bajo el peso de la racionalidad, que tendría que conjugarse en irremediable pasado. Me equivocaba. Quizás olvidaba, entonces, que los mitos llegan a ser tales porque se aposentan en las entrañas de la psique e imponen su lógica implacable.

En descargo de mi equivocado optimismo, algo me decía entonces que sobre otro mito sí tendríamos que volver en el futuro. El mito del hombre fuerte, del hombre providencial, que todo lo resuelve, jadeaba debajo de la alfombra maltrecha de las instituciones. Mi error estuvo en no establecer un puente entre el mito del caudillo y el de la revolución. Creía que de esta última no se hablaría más, desde una perspectiva moderna y razonable. Pero no, ya me lo decía un viejo antropólogo argentino: "La historia es como el tango: un paso hacia adelante, y no se sabe cuántos hacia atrás".

Aquí estamos, pues, los venezolanos hablando de revolución, mientras navegamos en la Internet. Citamos textos bolivarianos, como si fuéramos exégetas de una religión inmutable; atravesamos las puertas de un palacio que creíamos olvidado y resulta que hallamos a miles de feligreses adentro. Ya lo intuía el profesor Castro Leiva hace años: de la épica bolivariana hemos hecho una teología, y toda teología vive de sus herejes, y a éstos se les aplica el peso de la unanimidad o de la nueva ley.

A mí me enseñó a desconfiar de las mieles de la utopía un viejo inglés escéptico llamado Bertrand Russell. Gracias al filósofo comprendí que las revoluciones son la concreción de los sueños utópicos que, dicho sea de paso, no están nada mal, siempre y cuando la realidad de los sueños ajenos no pase por la aniquilación de los míos. Aquí está el problema: en la implantación de los sueños de otro, sobre el espacio de mi realidad, viene empaquetada la guillotina de la violencia. De modo que no tengo otras armas que las de la minoría: solicitar el diálogo, lanzar la carta de la tolerancia hacia la disidencia, y rogar por que la revolución que nos anuncia el absoluto dueño de las armas no sea otra cosa que un eufemismo. De lo contrario, conviene citar de Octavio Paz uno de sus últimos libros, La otra voz: "La Revolución comienza como promesa, se disipa en agitaciones frenéticas y se congela en dictaduras sangrientas que son la negación del impulso que la encendió al nacer".

Chavez

Pero las prevenciones que provoca en mí, y en muchísima gente, el discurso del presidente electo, están lejos de estar fundadas sobre el miedo de los conservadores. En verdad, se basan en algunas enseñanzas de la historia. Ésta nos ha dado muestras fehacientes del peligro que encierra el mesianismo revolucionario, el voluntarismo ciego, como para pasar de largo y no señalar los riesgos que abre un proceso que se anuncia revolucionario, a estas alturas. Puede ser, sin embargo, que se esté utilizando el vocablo revolución en un sentido figurado, puede ser que expresiones como la de "refundar la república" estén más tomadas por el protagonismo pueril de alguno de los seguidores constituyentes del presidente electo, que sobre la idea de comenzar de nuevo.

Pronto sabremos de qué se trata: si de un sensato proceso de fortalecimiento de las instituciones democráticas o de una caja de Pandora del ímpetu mítico de los enamorados del vocablo revolución. Por supuesto, quisiera que se tratara de lo primero, pero cuando me inclino a pensar que sí, que el camino es propicio, la chispa de un dislate brinca desde la televisión o desde las páginas de los periódicos.

A veces me pregunto si este afán revolucionario, que pasa por el señalamiento de la corrupción como la madre de todas las desgracias de la nación, por parte de muchos que están lejos de ser hombres intachables, no está asentado sobre un error: la incapacidad para ubicar los problemas. Realmente: ¿la verdadera solución de los nudos gordianos de la república está en un proceso revolucionario? Tengo mis dudas. Es cierto, por otra parte, que la dirigencia política actual no fue capaz de llevar a cabo los cambios, que los saboteó cuando Carlos Andrés Pérez comenzó a implementarlos con las recomendaciones de la Copre, y el propio Pérez con algunas de sus conductas horadó su legitimidad. También es cierto que el Gobierno de Caldera, lejos de ofrecer un mar favorable a la navegación de las reformas que requería el país, se empeñó en dilatarlas, en no implementarlas, constituyéndose en caldo de cultivo para esto que ahora se nos propone.

Los signos no son auspiciosos. Casi todo es desconcertante: un día se nos habla de concilio, y al día siguiente se amenaza con disolver el Congreso. Una mañana se nos dice que es sólo una paja en el huracán de la revolución, y en la tarde se nos anuncia que abriga el sueño de gobernar diez años seguidos. Estamos en el reino de la incertidumbre, y de la incontinencia verbal, por ahora.


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