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 Caracas, Viernes, 10 de febrero de 2012
 

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Discurso en la víspera del golpe del 18 de octubre de 1945

Romulo 
17 de octubre de 1945

Octubre de 1945 en La BitBlioteca
Rómulo Betancourt, Alocución a la nación el 30 de octubre de 1945

El 18 de octubre de 1945, veinticuatro horas después de pronunciado por Rómulo Betancourt el discurso que se reproduce en las páginas precedentes, estalló la revolución del Ejército y el pueblo que derrocó al gobierno del Presidente Medina Angarita. Lo reemplazó la junta Revolucionaria de Gobierno, presidida por Rómulo Betancourt. La Venezuela moderna y democrática comenzó su andar hacia el futuro. El primer mensaje dirigido a la nación por el Presidente de la junta marcó los rumbos nuevos y señaló metas a alcanzar [nota del diario El País, 11 de enero de 1946].

Conciudadanos:

Compañeros de Partido:

Ha venido esta noche, una vez más, Acción Democrática a decir su palabra clara y sin esguinces; ha venido esta noche el Partido del Pueblo a hablarle al pueblo en su mismo lenguaje sincero y tajante de siempre, agarrando al toro por los cuernos y llamando las cosas por su nombre. Porque para nosotros la política no es discusión a la sordina, en trastiendas cómplices, sino abierto, público y vigoroso debate ante la opinión de las grandes cuestiones nacionales. Así estamos cumpliendo, lo estamos cumpliendo ya durante cuatro años, aquel compromiso solemne que contrajimos con nuestro pueblo de venir como partido político «a romper el pacto infame de hablar a media voz».

Esta noche seré en algunos aspectos hasta detallista, hasta casuístico, hasta anecdótico, pero voy hablar con meridiana franqueza.

Me va a corresponder esta noche, resumir los discursos de los compañeros del comando nacional del partido que me han precedido ante ese micrófono, fijando y precisando la actitud de nuestro partido ante el problema de la sucesión presidencial.

En mayo de 1945 se realizó nuestra Tercera Convención Nacional. Sin pasajes en Aeropostal, sin puestos en los hoteles pagados por el Capítulo VII, sin cocktailes en el Pabellón del Hipódromo, con sus propios y pobres recursos de venezolanos que viven todos de su propio trabajo decoroso, vinieron a Caracas trescientos delegados del partido, de los cuatro costados de Venezuela, y allí apreciamos cómo estaba tomando cuerpo la candidatura del General Eleazar López Contreras. En torno suyo se había formado ya para entonces una agrupación de fuerzas de confesa u oculta vocación antidemocrática, integrada por individuos erradicados de la administración pública o enquistados en ella y por personas reclutadas en las clases más conservadoras del país, enemigos francos o encubiertos de las conquistas políticas y sociales alcanzadas por Venezuela en la última década.

Tres circunstancias contribuían a que un hombre que se retiró del poder en el 41, siendo un cadáver político, estuviera aglutinando en torno suyo corrientes de opinión. Esas tres circunstancias eran que el General López Contreras aparecía como el único candidato ya lanzado a la arena de la lucha política. La segunda, el descontento nacional existente por la ineptitud administrativa de la autocracia gubernamental, por el florecimiento del peculado, que han caracterizado a la administración de Medina Angarita. Y la tercera circunstancia: la actitud ambigua que venía adoptando frente a la candidatura de López Contreras el partido elector, el Partido con determinante mayoría de diputados y senadores en el Congreso Nacional: el Partido Democrático Venezolano.

Nuestra Convención apreció con clara perspicacia política la situación existente, y por eso no se limitó exclusivamente a rechazar la candidatura en marcha del General López, con lo cual se definió consecuente con su programa, con su razón de ser histórica, con su compromiso contraído con la democracia y con el pueblo, sino que fue más lejos: le planteó al P.D.V. la necesidad de que definiera y precisara su actitud ante la candidatura de López Contreras.

El 27 de mayo fue publicada nuestra carta a ese partido. El directorio del P.D.V. contestó en lenguaje equilibrista pero bastante revelador que el General López Contreras no sería su candidato. En esta forma contribuyó decisivamente nuestro partido a que quedara revelado siquiera parcialmente que no se cernía sobre el país el peligro de que el candidato de Miraflores fuera López Contreras y con él la posibilidad de que retornara legalmente al Poder quien está actualmente encarnando, sean cuales fuesen sus intenciones subjetivas, un movimiento político signado definitivamente con características de retroceso político y social.

Despejada esta incógnita, quedaba otra, esta: ¿cuál era el hombre del régimen siquiera medianamente tolerable que pudiera ser concebido como una transición entre los Presidentes impuestos y el Presidente que construya el pueblo con la arcilla de su propio voto?

Analizando los candidatos viables, la Dirección del partido consideró que el que ofrecía un mínimo de garantías era el Dr. Diógenes Escalante. Voy a precisar las razones por las cuales lo hicimos, insistiendo en la explicación tan clara de nuestro presidente Rómulo Gallegos. Su alejamiento del país en cargos diplomáticos lo mantenía desvinculado de la zarabanda de desaciertos y peculados que caracterizan al actual gobierno de nuestro país; la circunstancia de ser Embajador en Washington, que es una especie de superministerio, le permitía conocer los problemas económicos fundamentales de Venezuela, que desembocan todos en la Casa Blanca. Su ausencia del país lo mantenía apartado de los altos sínodos camarillescos del pedevismo y su propia personalidad permitía que en torno de él se realizara una agrupación de fuerzas políticas y económicas desvinculadas del absorbente oficialismo, condición que hiciera posible sostenerlo en el Poder si se resolvía mañana a realizar y cumplir un programa propio de gobierno, desvinculado de la tutoría de Medina y del P.D.V.; un programa de gobierno que le permitiera a nuestro país superar esta situación de pueblo gobernado primitivamente, tribalmente, que viene sufriendo desde hace tantas décadas. Analizada la situación así, la Dirección del partido acordó que viajáramos a Washington mi querido compañero el doctor Raúl Leoni y yo. Fuimos con los propios, con los pobres recursos de un partido que no tiene fuentes de ingresos inconfesables.

Viajamos con el pasaporte con que viaja cualquier hijo de vecino y la única autoridad venezolana que supo que nosotros salíamos para Estados Unidos fue la oficina encargada de expedir los pasaportes. Llegamos a Washington y allí conferenciamos con el doctor Diógenes Escalante. Le dijimos que en caso de que su candidatura fuera lanzada y él la aceptara nosotros sostendríamos en la Tercera Convención Nacional de Acción Democrática que se adoptara frente a esa candidatura una actitud de simpatía; que nosotros no haríamos pacto de ninguna clase con el P.D.V.; que no saldríamos del brazo de los pedevistas a pregonar las excelencias de un régimen que hemos venido combatiendo desde 1936, que combatiremos hasta el último momento y que combatiremos hasta la hora.... hasta la hora de verlo desaparecer, barrido definitivamente del escenario político de Venezuela.

Le dijimos y precisamos al doctor Escalante que una de las causas fundamentales para que el pueblo venezolano no creyera en la pregonada democracia de este régimen, era la confusión tan totalitaria entre el partido del gobierno y el Estado, la confusión entre el P.D.V y el Ejecutivo; el apoyo de presidentes de Estado y de jefes civiles a las candidaturas pedevistas; la utilización de los dineros públicos, de los dineros de todos los venezolanos para financiar las campañas proselitistas del P.D.V. Y cuando el doctor Escalante insinuó la posibilidad de un gobierno de concentración nacional, le adelantamos que la Dirección del Partido no se mostraba inclinada a ocupar posiciones ministeriales en un gobierno no revolucionario si no se hubieran alcanzado previamente dos condiciones. La primera, que mediante sufragio libre, mediante constatación abierta ante el electorado, nosotros hubiésemos alcanzado en el Congreso Nacional, en las Asambleas Legislativas y en los Concejos Municipales una representación parlamentaria adecuada al volumen de militancia y de opinión no organizada que sigue nuestras consignas y que votaría por nuestros hombres. Y la segunda, que Acción Democrática no iría jamás a un gobierno como el pariente pobre que entra por la puerta del servicio a ocupar dos o tres de esos llamados «ministerios técnicos». Nosotros somos un partido que no está constituido por literatos diletantes ni por mosqueteros románticos. Somos un partido político que se ha organizado para que este pueblo que está aquí congregado, para que el pueblo venezolano, vaya al Poder y nosotros con este pueblo a gobernar; pero vamos a gobernar cuando tengamos en nuestras manos las llaves claves del Estado; cuando tengamos en nuestras manos los ministerios a través de los cuales se decide la vida política, económica y social del país; porque a nosotros no nos interesa el gobierno para que dos o tres miembros del partido tengan carteras ministeriales: nos interesa para implantar y realizar un programa de salvación nacional.

Llegó Escalante a Venezuela. En el «Noticiero Ars», ese noticiero que a la legua revela que está financiado por quién sabe cuál partida perdida en cuál capítulo de cualquiera de los presupuestos ministeriales; en ese Noticiero Ars no se vio a los hombres de Acción Democrática en el aeropuerto de Maiquetía; los retratos nuestros no salieron en los cocktailes y fiestas para el doctor Escalante; los hombres de Acción Democrática no calentaron sillas en el Hotel Ávila; y cuando los hombres del partido oficial creyeron que nosotros teníamos arriada nuestra bandera oposicionista, encontraron de parte nuestra una respuesta tan cortés como enérgica: «¡No! Acción Democrática sigue siendo partido de oposición».

En los muelles de Guaraguao, en el Estado Anzoátegui, nos esperaba a nuestro regreso el presidente de esa entidad federal, el doctor Pedro Cruz Bajares, y cuando nos propuso que aprovecháramos el paso por Barcelona para hacer un mitin conjunto de pedevistas y de acción-democratistas de respaldo a Escalante, le contestamos: «Acción Democrática, doctor Bajares, es un partido de oposición, y sigue siendo un partido de oposición».

Dice ahora el Directorio Nacional del P.D.V que nosotros demostramos un «cálido entusiasmo» por la candidatura del doctor Escalante, y yo puedo decir aquí ante veinte mil personas, en un discurso que están tomando los taquígrafos, que será publicado en la prensa y en folletos, que si algo sabían de ese entusiasmo los miembros del directorio del partido oficial, es porque lo apreciaron por subjetiva adivinación, porque en ninguno de ellos, ni antes de nuestro viaje a los Estados Unidos, ni después de nuestro regreso de los Estados Unidos, mantuvo la Dirección del partido ninguna clase de conversación en torno a la candidatura del doctor Escalante.

Esto está bien aclarado ya, según creo. Nosotros, por las condiciones ya dichas, hubiéramos estado dispuestos a no combatir la candidatura de Escalante, a extenderle un cheque en blanco de confianza por unos cuantos meses al doctor Escalante, pero en ningún momento y en ninguna forma se nos hubiera visto salir a la plaza pública a decir que Venezuela estaba salvada porque el doctor Escalante iba a ser Presidente de la República.

Fracasó la candidatura de Escalante y fuimos llamados a Miraflores. Oímos de labios del señor Presidente de la República que a las diez de la mañana de ese día había resuelto excluir la candidatura del ex Embajador en Washington y que momentos antes que con nosotros había tenido una entrevista con el directorio pedevista para transmitirle ese punto de vista. Al día siguiente de esa primera entrevista tuvo una segunda entrevista nuestro partido con el jefe del Estado. Atendiendo a su requerimiento de oír la opinión del partido, se le llevó en una forma clara: nos pronunciamos por la escogencia de un candidato extrapartido, de un hombre en torno del cual pudiera hacerse una agrupación solvente de fuerzas políticas y económicamente responsables. Le dijimos que el problema de la sucesión presidencial no era un problema doméstico para resolverlo privativamente un partido político prevalido de las circunstancias de que mediante la imposición y el fraude tuviera una mayoría ilegítima en las Cámaras; que era un problema nacional que debía ser resuelto con criterio nacional. Creímos que esta no sería la primera entrevista entre Rómulo Gallegos e Isaías Medina. Si se había iniciado una especie de consulta entre los partidos ya definidos categóricamente en su posición antilopecista, era de esperarse que se atendiera, que se escuchara, que se discutiera, que se debatiera el punto de vista de un partido que tiene cien mil militantes y en torno del cual gravita una masa inmensa de opinión.

Procedimos con ingenuidad. Una mañana circuló por los pasillos del Congreso la consigna que parecía inapelable: «tenia comisario el pueblo»; había sido escogido el doctor Ángel Biaggini para suceder a Medina. Sin muchos esfuerzos, sin mayor dificultad, el candidato de Medina se transformó en candidato del directorio pedevista, en candidato de la Asamblea Nacional pedevista y en candidato de la mayoría electora del Congreso pedevista. ¿Qué había sucedido? En concepto nuestro, descartada la candidatura de Escalante, aceptada casi a regañadientes, se echó mano de uno de los hombres más anodinos de la administración actual, del actual elenco burocrático del país, de un hombre que al frente del Ministerio de Agricultura y Cría, en una época de crisis profunda del abastecimiento nacional, apenas ha sido capaz de lanzar un decreto prohibiendo la matanza de vacas; del llamado «Ministro de Reforma Agraria», ley que es algo semejante a esas casas invernales que construyen los termites, recogiendo una chamiza aquí y una hojita verde más allá; ley que no es otra cosa sino el resumen de todas las disposiciones sobre tierras existentes en la legislación venezolana con unos cuantos artículos demagógicos incorporados de la legislación de México. «¡Ministro de la Reforma Agraria!». ¡Un hombre que en la dirección del Banco Agrícola y Pecuario no ha sido capaz de impulsar siquiera la parcelación de las enormes haciendas confiscadas al General Juan Vicente Gómez en 1936 y que continúan explotadas en la actualidad por administradores imbuidos en el mismo criterio estrecho de los coroneles de ayer!

Este candidato ha sido escogido, en concepto nuestro, porque su propia incapacidad política le impide aglutinar en torno suyo a corrientes de opinión independiente, ni siquiera a las corrientes de su propio raído P.D.V., y por lo tanto indefectiblemente tiene que ser tutorizado desde arriba por los altos sínodos pedevistas y por quien dentro de ese sínodo dice siempre la primera y última palabra: el General Medina Angarita.

Electo el doctor Biaggini nos encontraríamos en una situación muy semejante a la que vivió Venezuela en los días de Ignacio Andrade, quien tenía como único asidero, como único punto de apoyo y sustentación la espada caudillesca del General Joaquín Crespo. Y esa dualidad de gobierno, esa dualidad del poder existiría precisamente en una época difícil, porque el próximo quinquenio no serán cinco años de vacas gordas, porque aflorarán a la superficie, atropelladamente, todos los problemas económicos y fiscales creados por la guerra, porque será el quinquenio en que se construirá el oleoducto para conducir petróleo de Arabia Saudita al Mediterráneo, lo que puede significar la caída vertical de la producción del petróleo venezolano, y el petróleo venezolano es la alacena de que vive el gobierno; porque será el quinquenio durante el cual las disputas políticas que ya despuntan entre las grandes potencias se harán cada vez más agudas, y en ese período estará en Miraflores quien no podrá mandar: estará en la jefatura del Estado quien no podrá aglutinar en torno suyo a las fuerzas dinámicas de la economía y de la política venezolana; estará rigiendo los destinos del país un hombre que desde ahora se ha revelado perfectamente inapto para aglutinar corrientes de opinión. Eso explica el por qué apenas dos periódicos: El Tiempo por la tarde y la edición matutina Últimas Noticias, están apoyándolo con fervor; por qué apenas lo siguen, con el P.D.V., las dos fracciones en que se ha dividido el Partido Comunista, las cuales están adheridas al partido oficial fatalmente, casi con fatalidad de ley física, como la sombra sigue al cuerpo, y como el rabo sigue al perro. Además, son «biagginistas» de pega unos pocos de los llamados políticos «independientes», de esa especie de hombres-banda que quieren dirigir la partitura y al mismo tiempo tocar el violín y el trombón; de esos de quien dijo una vez irónicamente el estadista español don Manuel Azaña que eran hombres que se consideraban ellos solos un partido político.

Hay más, compatriotas: el fracaso como gobernante del doctor Biaggini significaría algo más que el descrédito político de un hombre y de un partido: significaría que se iría a pique una idea entrañablemente querida, apasionadamente sentida, acendrada a través de muchas generaciones por el pueblo de Venezuela: la idea del gobierno civil.

Es indudable que ya este país no quiere ver más, respetando y estimando profundamente al Ejército, a generales en jefe o generales de brigada en la Presidencia de la República. La Venezuela que estudia lo sabe, y la otra Venezuela lo intuye, porque, «aunque no sabe leer le escriben», que el arte de gobernar es flexibilidad, espíritu de compromiso, diálogo esclarecido entre el Magistrado y el pueblo; condiciones estas de político militante, que no se concilian con la función del Ejército de mantenerse al margen de la ardorosa contienda partidista, cumpliendo su misión fundamental de defensa armada de los fueros de la soberanía. Por eso el pueblo de Venezuela ansía que la tradición civilista que se inició con José María Vargas, que tuvo sus manifestaciones transitorias con Pedro Gual y con Rojas Paúl, continúe. Pero si ese hombre civil fuera el doctor Biaggini, fracasaría no solamente él sino también la idea del gobierno civil y ganaría entonces prosélitos la tesis, la tesis de los teóricos y de los doctrinarios del despotismo, según la cual este es un país de salvajes que no puede ser regido y gobernado sino con los métodos más drásticos.

Por todas estas razones nuestro partido se pronuncia por rechazar también la candidatura de Angel Biaggini y por una fórmula que han esbozado los compañeros que me han precedido y que yo voy a profundizar y analizar más a fondo.

Hemos estudiado el panorama político del país, y en forma muy responsable quiero decir esta noche que nosotros conceptuamos muy grave la situación política de Venezuela. El régimen se ha escindido en dos frentes; cada uno de esos frentes tiene un general a su cabeza; y en Venezuela la experiencia histórica nos comprueba que nuestros generales no han dirimido sus contiendas en las plazas públicas con las armas civilizadoras de la palabra escrita y hablada: que han deslindado su contiendas en otros sitios y con otras armas, y que siempre ha sido el pueblo venezolano el cordero pascual el «chivo expiatorio» en esa forma drástica y violenta como han resuelto sus conflictos y sus pugnas los generales de nuestro país. Y cuando digo pueblo no me refiero exclusivamente al hombre de blusa y alpargatas, sino a todos los sectores sociales desvinculados de las camarillas de la politiquería, cuyas vidas y haciendas han sido siempre afectadas por las guerras civiles. Nosotros vimos perfilarse esa amenaza cuando lanzó el general Medina la consigna de que con todas sus fuerzas se opondría a la candidatura del general López Contreras, y cuando éste le replicó diciéndole que acepta su candidatura con firmeza, que está dispuesto a ir a la defensa de lo que considera instituciones amenazadas y cuando reitera al día siguiente que en su casa, y no con fines de joya histórica, tiene guardado el uniforme de General en jefe.

Ha sido precisamente nuestra tesis orientar en el sentido de buscarle una salida pacifica a la situación existente, a esa situación de pugna que puede devenir en violenta guerra civil. Y al discutir esta cuestión en la Cuarta Convención, todos los compañeros nos preguntamos: ¿es que ya no es la hora sonada de que se plantee el problema político venezolano en sus verdaderas dimensiones? ¿Es que un pueblo libre, un pueblo de libertadores, puede continuar admitiendo que cada cinco años sea un hombre o una camarilla quien le imponga gobernante? ¿Es que no puede nadie más gobernar a Venezuela que algunos de los escasos hombres que quedan del grupo político que viene monopolizando la Presidencia de la República? ¿Es que somos colectivamente una nación de dementes o de serviles crónicos, obligados a estar siempre conducidos por el cayado de unos cuantos tutores, cuando vemos a todos los pueblos de la tierra dándose sus propios gobiernos mediante libre consulta electoral en elecciones con sufragio directo, universal y secreto? Y entonces llegamos a la conclusión de que era sonado el momento de que volviéramos a aquella consigna que se abandonó en 1936, a aquella consigna cuyo triunfo hubiera impedido la continuidad del hilo constitucional gomecista; aquella consigna cuyo triunfo hubiera impedido lo que en definitiva sucedió: que el Estado de facto gomecista, el Congreso gomecista; el Ejecutivo gomecista, los jueces gomecistas, recibieran una lechada de juridicidad mentirosa.

Esa consigna fue lanzada en 1936. Se constituyó el llamado «Bloque de Abril» y en nombre de ella fuimos a la jornada de junio, y aplastado el movimiento popular por el lopecismo, nos replegamos, aceptamos la mentira monstruosa de que podían dictar leyes, de que podían elegir Presidente de Venezuela congresantes escogidos en la apacible tranquilidad del Samán de Maracay por el general Juan Vicente Gómez. Pero hubo una razón que puede explicar ese repliegue del movimiento popular: era la hora de ascenso del fascismo, era la hora de la espada, como dijo Leopoldo Lugones; pero en 1945 la situación es absolutamente diferente: estamos viviendo universalmente la hora del sufragio libre. En todos los pueblos de la tierra vemos cómo se está consultando al electorado para que éste ejercite el principio de autogobierno, estampado solemnemente en la Carta del Atlántico; y aplicando ese principio, la vieja Inglaterra, admirando a Winston Churchill, admitiendo que Winston Churchill hizo más por ella de lo que pudo hacer por Venezuela el General López, lo desplazó del Poder y quince millones de votantes entregaron la rectoría del gobierno de Su Majestad Británica al Partido Laborista, carne y pasión del pueblo.

En Francia, el gobierno de Charles de Gaulle, el gobierno de facto de la resistencia, está siendo ampliado pausadamente, mediante sucesivas consultas electorales, por un gobierno de signo democrático y socialista. Hasta en la India, en la milenaria India, los parias y los intocables, los estratos sociales más deprimidos de una sociedad jerarquizada, están preparándose para ir a los comicios. Y en el Japón, después de haber afirmado Mac Arthur que el pueblo tiene derecho para imponer hasta por la fuerza la democracia, se aprestan para votar, para darse su propio gobierno democrático, no solo los hombres sino las mujeres, las geishas de un país donde la mujer ha sido arrinconada por la brutalidad masculina al reducto de la esclavitud. Y en Corea y en Polonia y en Grecia y en los Balcanes y en el Portugal de Salazar y de Carmona, en todos los países de Asia y de Europa vemos a los pueblos yendo a las urnas electorales para escoger a sus propios gobernantes.

Y si nos trasladamos a la América, podemos ver cómo tres países de evolución histórica similar a la nuestra, tres países que han venido siendo despotizados, han encontrado en el sufragio directo, universal y secreto el centro de equilibrio de su perdida gravedad política y económica. Me refiero a Guatemala, donde ya no gobierna Jorge Ubico, sino el doctor Juan José Arévalo. Me refiero a Cuba, donde ya no es Batista el Presidente, sino Ramón Grau San Martín. Me refiero al Perú, despotizado por la oligarquía civilista, donde ya no está en la Presidencia aquel fantoche irresponsable de Prado Ugarteche, sino el doctor Bustamante y Rivero, y donde ya no hay una mayoría espuria, sino una mayoría aprista, ganada en las lides eleccionarias dentro del Congreso de ese país.

Y ahora, cuando desaparezcan definitivamente del escenario político del sur los coroneles arrogantes del Plata, cuando ya no queden ni vestigios ni de Perón, ni de Farrel, ni de Ávalos, cuando el G.O.U. sea un mal recuerdo en la memoria del gran pueblo de Domingo Faustino Sarmiento, no se verá en la Argentina a las versiones gauchas del General López Contreras y Medina tratando de imponer su voluntad: el pueblo será convocado a elecciones libres para que se dé su propio gobierno.

Voy rápidamente a terminar, espérenme diez minutos nada más, que solamente diez voy a molestar.

VOCES: —Toda la noche si quiere...

EL ORADOR: —Esto que proponemos nosotros ha sido objetado por todos los periódicos y por todos los partidos. Ha habido una verdadera unidad nacional para combatir la tesis de Acción Democrática. El Tiempo dice que por qué vamos a aspirar nosotros al candidato nacional cuando ese candidato es el doctor Biaggini; otro periódico dice que por qué vamos a aspirar a candidato nacional cuando ese candidato nacional es el General López Contreras.

Ayer, en un editorial que tiene un nombre que evoca un tango: «Hay que saber espera», el diario Ahora hace un argumento contra nuestra tesis que es realmente hilarante. Dice que todos los candidatos han hecho ya sus gastos para la campaña electoral, y a mí se me ocurre pensar que todos ganaríamos si buena parte de esos afiches propagandísticos se quedaran fríos, porque algunos de ellos están impresos con tal mal gusto tipográfico, con una orla en diez puntos simulando el rosario de lágrimas de San Pedro, que para mí tengo que son medio «pavosos». Pero otros argumentos son menos infantiles: plantean que esto significa un golpe de Estado pacífico. Nosotros aceptamos que queremos dar un golpe de Estado pacífico, es decir, que queremos encontrarle una salida evolutiva a la compleja situación política del país; pero esta aspiración evolutiva se frustrará si quienes gobiernan continúan en su actitud de insólito desdén a la opinión. Dicen ellos que no es realizable dentro de la Constitución nuestra tesis y voy a demostrar que sí. Escogido ese candidato, apoyado y sostenido por todas las fuerzas económicas no organizadas partidísticamente, como son los sindicatos obreros, las federaciones de cámaras de comercio y producción, los organismos profesionales, este gobernante así escogido podría llamar al país dentro de un año a elecciones directas. Para ello se iniciaría en enero en las Asambleas Legislativas la reforma constitucional. Esa reforma constitucional iría al Congreso de 1946, al cual le correspondería escrutarla. Este Congreso también fijaría, limitaría a un año el mandato del Presidente provisional que eligiera, así como el Congreso de 1936 rebajó a cinco años el mandato de López Contreras a pesar de que la Constitución establecía que era de siete años el lapso de gobierno constitucional. Le correspondería también a este Congreso del 46 fijar la fecha de expiración del período de los organismos parlamentarios, entre ellos el Congreso Nacional, a fin de que simultáneamente se eligiera mediante sufragio directo, universal y secreto un Presidente de la República y un Congreso que no sea usurpador sino depositario y encarnación de la soberanía nacional. Y esto tampoco sería nada extraño al propio mecanismo constitucional y a precedentes existentes en el país.

En 1936, cuando acudió el Congreso a aquella fórmula socarrona de mitad y mitad para no autodisolverse, el mismo Congreso fijó en dos años el mandato de la mitad de los congresantes, el mandato de la mitad de los integrantes de ambas cámaras. La verdad es que esto es perfectamente realizable dentro del mecanismo constitucional de Venezuela, si no hubiera dentro de las dos fracciones del régimen lopecista y medinista el deseo de continuar perpetuándose en el gobierno contra la voluntad del pueblo y a espaldas del pueblo.

Podría argumentarse también que el pueblo de Venezuela no está capacitado para elegir un Presidente de la República mediante el sistema de sufragio universal y directo. Esto es lo que en el fondo piensan los mismos que andan prometiendo por allí en discursos y mensajes al Congreso que van a establecer el voto directo. Son tan socarrones y tan hipócritas como esos dueños de pulperías de lance, que colocan en las paredes de sus ventorrillos el consabido cartelito: «Hoy no fío, mañana sí».

Si se admitiera la tesis de que el pueblo venezolano no está capacitado para elegir su propio gobierno, tendríamos que admitir que solo dos países de América son tan imbéciles colectivamente, son tan degenerados en su moralidad pública que no tienen capacidad para elegir Presidente, que son Haití y Venezuela, porque en el resto se hace la elección por sufragio universal directo y secreto, o bien mediante el sistema de delegados compromisarios, que también son auténtica expresión de la voluntad colectiva. Y si recorremos la historia constitucional de nuestro país, encontramos que desde la primera Constitución, la que hicieron los padres de la Patria en 1811 hasta 1874, estaba establecido el principio de elección directa de Presidente de la República que desapareció para ser sustituido por la fórmula de elección por el Consejo Federal hasta 1893 en que fue restablecido el primer sistema, el único realmente democrático. Y no fue sino en 1909, el año siguiente al golpe de Estado del 19 de diciembre, doce meses después de aquel día nefasto en que Venezuela comenzó a trajinar la etapa más bochornosa de su historia republicana, cuando se estableció el sistema de elección del Presidente de la República por el Congreso.

Podría argumentarse también que este planteamiento nuestro viene a favorecer la candidatura del General López Contreras. Andan por ahí profusamente repartidas (financiadas, dicen unos, por el P.D.V. y, otros, por ese filantrópico monopolio autobusero que gerencia el señor Azpúrua) unas hojas que sostienen que nosotros, con nuestra tesis de la candidatura nacional, estamos apoyando a López Contreras.

¿Y no leyó todo el país las declaraciones del senador Jóvito Villalba, quien demostraba con números que López Contreras no tenía treinta y cinco votos en el Congreso? ¿No leyó todo el país un documento jurídico-político en que una determinante mayoría de diputados y senadores rechazaban la candidatura de López Contreras? Que no nos vengan con esa historia para pasarnos de contrabando su mercancía averiada, de que nosotros al sostener la tesis de la candidatura nacional estamos apoyando a López Contreras. Que no se olviden de que el primer partido político que franca y beligeradamente se definió contra López Contreras fue Acción Democrática, y que si el P.D.V. rompió los últimos restos de su pudor para definirse ante esa candidatura, fue ante el apremio que se le hizo en una carta pública lanzada por nuestra organización.

Compañeros: esta noche hemos iniciado una gran jornada política. Llevaremos nuestra palabra a los cuatro costados del país. La tesis de gobierno provisional con candidato nacional la ligaremos a las grandes consignas que ha estampado nuestro partido en su programa, que han estado presentes en cien jornadas memorables. Lucharemos por la tecnificación y la moralización de la administración pública, contra el peculado, contra el enriquecimiento ilícito de funcionarios públicos, contra el uso de las influencias políticas con fines personales. Lucharemos por la creación de una economía próspera y saneada. Lucharemos por pan, tierra, libertad y justicia para el pueblo.

Pero en esta lucha, a pesar de que nuestra fe es de la que mueve montañas, necesitamos la cooperación de toda la ciudadanía independiente, de esa que no ha tomado pasajes en los bongos lopecistas y biagginistas, de esa que se ha quedado en tierra y ve cómo esos frágiles barquichuelos son juguetes de las procelosas olas del desprestigio público.

A todo el pueblo venezolano, a todas las clases sociales venezolanas, a todos los que se sienten desvinculados de ese régimen los llamamos a luchar por la consigna, por la gran consigna que en esta noche histórica de la nueva Venezuela dejamos sembrada en la conciencia del país: elecciones generales, presididas por un gobierno provisional, a fin de que mediante el sistema de sufragio directo, universal y secreto, el pueblo venezolano pueda escoger a un Presidente de República y a un Poder Legislativo que sean los auténticos depositarios de la soberanía de la Nación.


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