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Para salir de la cultura como adorno

El Nacional, martes 7 de agosto de 2001
Rigoberto Lanz, I Encuentro de Directores de Cultura del Ejecutivo Nacional
¿Qué pasa en la cultura?
El debate cultural venezolano en La BitBlioteca

El concepto de «cultura» está jodido de antemano; arrastra toda clase de basura, es recibido confusamente por la gente, significa cosas muy disímiles de un interlocutor a otro. La experiencia cultural es ella misma borrosa por su extrema complejidad. Estamos, pues, en presencia de conceptos y prácticas que no ayudan mucho al momento de entendernos en asuntos tan vitales como políticas culturales, «revolución cultural», «exclusión cultural» y cosas parecidas.

En los ámbitos intelectuales esta confusión adquiere otros matices, pero persiste como trasfondo de numerosos malentendidos. No me refiero a las concepciones teóricas que se contraponen en el terreno de lo cultural (por ejemplo, una visión posmoderna de la cultura que cuestiona radicalmente todos los conceptos modernos del arte, de lo «bello», de lo «bueno», de lo «verdadero»). La cuestión que inquieta más inmediatamente es lo que las elites políticas del país perciben sinceramente como cultura: sin impostar la voz ante el micrófono, sin poses de conferencista, sin la retórica forzada de una «reflexión» sobre la cultura. Situése usted más bien en el llano escenario de la vida cotidiana, allí donde la gente exterioriza espontáneamente lo que siente y lo que cree. Pues bien, justo allí aparece la «cultura» tal como habita la sensibilidad de los dirigentes políticos, del funcionariado del Estado, de las clases medias que consumen su porción «cultural» en la misma digestión en que consumen chistorras y Sábado Sensacional.

Esta cultura del entretenimiento no es una devaluación padecida por la muchedumbre en exclusividad. Se trata, lamentablemente, de un cierto sentido común instalado desde hace mucho en todos los planos de la sociedad. La industria cultural ha hecho su trabajo de banalización radical de la sensibilidad, trivializando el gusto, desactivando el aparato crítico, homogenizando el intercambio artístico en la lógica del mercado.

Nada de esto es accidental. Aquí nada es inocente. La «cultura» de los domingos es orgánicamente solidaria del pensamiento único, de la idiotización funcional, del cretinismo burocrático, del pragmatismo más espurio, de la chabacanería y de mal gusto, del sifrinismo consumista. Todos estos síntomas pertenecen al mismo síndrome de la cultura como adorno. Ellos conviven con las familias ideológicas de derecha y de izquierda; lo mismo en las «bellas artes» que en la «cultura popular».

Es fácil colegir que en semejante contexto el diseño de un nuevo paradigma de la cultura montado en nuevos modelos de gestión cultural parece una empresa utópica. Es claro que la primera tarea para una verdadera transfiguracion de la cultura es la derrota del síndrome de la cultura como adorno. A sabiendas que esa batalla (teórica y práctica), no es contra un enemigo externo, sino contra una mentalidad que está incrustada profundamente en la médula de los agentes políticos mejor intencionados. Esta labor de reeducación (especie de terapéutica de la sensibilidad) tiene que ser planteada con toda seriedad para cualquier proyecto de revolución cultural.

El Estado heredado no sirve para eso (sospecho que no sirve para nada). Las instituciones de la cultura no sirven para eso (sospecho que tampoco sirven para nada). El funcionariado heredado no sirve para impulsar una transformación de esta envergadura. Las políticas culturales del pasado han entronizado toda clase de aberraciones en este sector. Las concepciones de la cultura que circulan corrientemente van en sentido contrario de la agenda de transformación. ¿Entonces? Se trata de visualizar con claridad cuáles son las condiciones políticas para generar un proceso de ruptura con el síndrome de la cultura como adorno. Todo lo demás depende de esta operación crucial.


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