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A que no la tiran

Roberto Hernández Montoya

El Nacional, Cuerpo E, domingo 30 de agosto de 1981
RobertoHannah
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia, Caracas, Venezuela, ca. 1998.

Al principio pensé: destruiré mis cosas antes de que tiren la bomba atómica de neutrones llamada «Solo Mata Gente». Así ningún usurpador se aprovechará de mi carro, de mis medias, de mis gavetas y de mi libreta de teléfonos. La víspera de la guerra me encontrará quemando papeles, sábanas y álbumes de fotos.

Más tarde pensé de otro modo: quien se reparta mis cosas quizás se vea obligado a resucitarme en mis desórdenes, descifrando mis libros subrayados y comentados al margen, leyendo mis correspondencias, mis documentos, recorriendo mis pasillos, deduciendo mis ironías, calzando mis zapatos napolitanos, usando mi champú alquitranado, descifrando el orden de mis discos, tratando de explicarse por qué conecté unas cornetas de baja eficiencia con un amplificador de baja potencia. El invasor que usurpe mis bienes terminará a la larga por convertirse en mi doble, escribirá con mis fichas libros inspirados por mí, mis adornos de mesa influirán en su apreciación estética, mi ropa le impondrá cierto sentido personal de la combinación de colores, el colchón de mi cama lo inducirá quizás a adoptar al dormir posturas similares a las mías. Al final mi intimidad lo devorará y vivirá parte de la vida que a mí me tocaba.

Pensé también que quizás bajo la amenaza de la Bomba N uno pueda vivir otra vida, organizando las cosas para sobrevivir en ellas, con la idea de que alguien va a usurparlas tarde o temprano y que uno puede arreglárselas para dejarle armadas claves que desquicien sus órdenes, disuelvan su personalidad para dejar paso a la nuestra o quizás terminen llevando al suicidio a ese nuestro íntimo enemigo. Organizarse para esa eventualidad puede llegar a ser un modo de vivir: invertir el giro de los grifos para que el espurio heredero abra el chorro cuando quiera cerrarlo, grabar casetes con insultos intercalados en la música, construir escaleras con escalones maliciosamente irregulares para desquiciar sus pasos, dejar notas confusas sobre cuentas bancarias imaginarias, combinaciones de cajas fuertes inexistentes, dejar listas de datos verosímiles y falsos sobre minas exploradas, sobre recursos naturales mal localizados en mapas falsificados, dejar el campo minado con signos retorcidos, especie de guerra sicológica póstuma para resistir al invasor más allá de la vida. Finalmente eso nos hizo Jorge Luis Borges.

Pero luego he llegado a otras conclusiones: el trabajo de confundir al futuro usurpador ya lo tenemos hecho. Por eso, porque los posibles enemigos conocen bien nuestra estrategia, estamos protegidos. Imaginemos por un rato el esfuerzo de años que significaría desarmar minuciosamente todas las alarmas de los carros, uno por uno; la gigantesca inversión que requiere abrir las rejas a prueba de hampones que cubren todos los inmuebles del país. Piénsese en la perplejidad del invasor ante el Helicoide, el Hotel Humboldt o el desorden logístico de Parque Central. Considérese el estado de estrés en que caería el ingeniero invasor que trate de poner en funcionamiento las estaciones eléctricas o descubrir las mañas de los acueductos de Hidrocapital; el esfuerzo sobrehumano que comportaría poner a funcionar las computadoras de los bancos, programadas para tumbar la línea cuando se les cae el encaje; encargarse de una industria privada programada para producir baterías que duran una semana y latas de leche llenas de aire; automóviles nuevos que pasan aceite; agua seudopotable; camisas que pierden los botones con la primera puesta o antes; avenidas llenas de huecos; administrar ciudades con redes de alcantarillas sin planos porque siempre
Cipriano Castro
Cipriano Castro
Cipriano Castro
había un elemento que se las sabía de memoria; bancos que prestaban millones a testaferros muertos; un país no escocés que almacenaba millones de metros cúbicos de whisky.

Invadir las ciudades, remover los cadáveres, acampar allí sería cosa de horas. Pero armar el rompecabezas puede llevarse años, quizás décadas y en cualquier caso el invasor terminaría a la larga adoptando perniciosamente nuestra lógica, como esos inmigrantes que hay que no saben que mientras más desprecian el país que los acoge y más se quedan en él, más implican que el suyo es necesariamente peor. O como los gobernantes de este país, que han terminado por adoptar las costumbres de los anteriores, porque todo está codificado para que se comporten igual, a pesar de que han llegado siempre como llegó Cipriano Castro, declarando que vienen con «nuevos hombres, nuevos ideales, nuevos procedimientos». Mentira, ahí tienes cómo terminó Castro. Quizás los invasores razonen mejor y por eso eviten declararnos la guerra. Después de todo hay que ser bien descabellado para echarse ese muerto encima.


Ver El mutuo espectáculo.

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