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El acoso del sexo

Roberto Hernández Montoya

Letras Online

Letras, del 5 al 11 de febrero de 1998
Revisado el 5 de noviembre de 2000

Clinton
Bill Clinton ante la televisión el 17/8/98 cuando admitía sus «relaciones no apropiadas» con Monica Lewinsky.

Simón Bolívar no hubiera podido libertar los Estados Unidos. Menos en estos tiempos de obsesión con el acoso sexual. Acoso sexual, niños, es ejercer sobre una persona una presión sexual indeseada y que por alguna causa no puede o le es difícil rechazar. Algo condenable y saludable que se erradique. Pero ante la reciente epidemia de alegatos contra personajes del alto poder uno termina por preguntarse si los acosados no son los poderosos. No pongo mi mano en el fuego por la inocencia de Bill Clinton. Difícilmente la inocencia conduce a la Casa Blanca. Pero el problema, me parece, tiene dos semblantes: el primero es la manía de linchamiento de los estadounidenses. El otro es la moral protestante.

Los Estados Unidos soportan mal el éxito ajeno. Bastó que Charles Chaplin se volviera el cineasta más celebrado de todos los tiempos para que se desplomara sobre él la furia macartista. Bastó que Michael Jackson ganara más que muchas multinacionales para que lo apabullaran hasta el punto de que me malicio que se tuvo que casar para tapar el linchamiento moral porque supuestamente habría seducido a un niño. Richard Nixon ganó por una avalancha electoral pronunciadísima y lo aplastaron con Watergate. Clinton es un elemento llamativo, sangre liviana, con una esposa bella, hasta más inteligente que él y ha hecho una presidencia bastante presentable ella. Y así podríamos multiplicar ejemplos hasta llenar una enciclopedia. Y se podría estudiar también por qué los medios son la caja de resonancia de estas lapidaciones.

Salvador Dalí se autodefinió una vez como «católico, apostólico, romano, jesuita e hipócrita». Un católico peca, se arrepiente, se confiesa, lo perdonan y ya; a pecar de nuevo. Es un ciclo neurótico pero mucho más sano que la histeria protestante. El peor vicio del protestantismo es su maniática virtud. No tiene contexto para el perdón. Por eso a veces digo como el ateo español de la anécdota: «Hombre, no creo en la religión católica, apostólica y romana, que es la verdadera, mucho menos voy a creer en la protestante».

Le pecas a un protestante y ahí te quiero ver, que ni una película de Bergman. Te somete a los interrogatorios más feroces, a los escrutinios más minuciosos de tu vida, a la uva que le robaste a tu tía en una Navidad cuando tenías tres años, al examen en que te copiaste en tercer grado. Y no descansa hasta que tu ego y tu pundonor se vuelven cenizas. Tal es la obsesión protestante contra el sexo que no me explico cómo no se han extinguido. En esta obstinación por el acoso sexual le dices a alguien que tiene los ojos bonitos y te lleva a un tribunal. Una mujer me dice que mi camisa es vistosa y la mando por lo menos a la prisión de El Dorado, por andarme acosando sexualmente. ¿Cómo harán para requebrarse? A ese paso calculo que se extinguirán en dos generaciones. Tal vez menos. Me quedo con los hipócritas. Con razón, se comentó, en cierta oficina un funcionario puso un letrero: «Se aceptan acosos sexuales».

Clinton tiene el deber, naturalmente, de negarlo todo. Aunque solo sea porque un caballero no tiene memoria. Eso tal vez acrecentará su fama, porque normalmente los hombres más exitosos con las mujeres son los que más callan sobre las que conocieron, en el sentido bíblico del verbo conocer. Además, es un hombre casado, por más que sea. Y, como dice García Márquez, lo único que una esposa no perdona es que admitas tu culpa. Bueno, al menos una que no sea protestante.

Miranda tampoco hubiera podido.


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