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La aristocracia de izquierda

Roberto Hernández Montoya

Letras Online

Letras, 9 al 15 de julio de 1998

Roberto_y_Hannah
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia
, Caracas, Venezuela.

Una vieja dama de la más insondable raigambre popular, muy conocida, es abordada por un dirigente de izquierda que acaba de inaugurar la nueva sede de su partido. El líder, muy conocido también, pone la nueva casa a la orden de la dama. Esta observa la casa, al dirigente, a los otros patiquines en trance de cambiar el mundo, y declara:

—Es que yo no luzco en ese partido.

Lo narra el propio dirigente, riéndose de su condición.

Cuenta un viejo dirigente comunista que hubo una vez, en tiempos primigenios, un soldado dado de baja que se convenció de las verdades del marxismo leyendo algunos clásicos que encontró por accidente. Este persuadido terminó en el exilio en alguna ciudad colombiana donde murió tubercoloso. El entierro fue melodramático porque estaban sepultando al único militante proletario del recién fundado partido leninista, de nuevo tipo.

Fue así siempre, al parecer. Los partidos de izquierda tienden a una vocación excluyente, que filtra toda veleidad popular. No así, por ejemplo, en los partidos ñángaras de Francia o de Italia, que tienen una solera intensamente proletaria. Entre nosotros suele ser veleidad de clase media hacia arriba y, con mucho, de más arriba, lo que luego explica deserciones tan súbitas y cómodas como las que desbordan nuestra historia reciente. Y no tan reciente, porque la cosa tiene abolengo.

El principal síntoma es cuando cualquier avance en difusión es calificado de populista. Así, el temor al populismo recela un miedo a verse invadidos de gente de poca prestancia social e intelectual. Pon frente a un apellido godo a un militante de izquierda y lo verás haciendo contorsiones comiquísimas para recibir un vago mohín de aceptación. Lo he visto, no me lo han contado. El fenómeno no solo es frecuente sino duradero.

Ser de izquierda es una vocación curiosa. Es una riña con raíces propias y cuyo hablar en nombre del «pueblo» es un modo de dramatizar esa contienda. No pocas veces la cosa termina en tragedia. Pero las más concluye en comedia, porque casi siempre se deja abierta la puerta de atrás, «porsiacaso» histórico muy conveniente a la hora de recoger los frutos de la ruptura. Lo que Pierre Bourdieu, con otros sociólogos, llama «táctica de disimilación transitoria».

Cité a Francia e Italia. Pero en esos países también convive con la otra una tradición similar. No es casual que haya sido en Francia donde tiene su asiento lo que ellos mismos han llamado la gauche divine, esa que discurre por la Rive Gauche, disertando sobre la vida revolucionaria en los cafés del Barrio Latino.

La aristocracia tradicional vive de sus blasones que, como dice el Duque de Brissac, «son apasionantes, como todo lo que es difícil e inútil». No tiene menos blasones la aristocracia de izquierda, pues muchas veces está compuesta por gente bien nacida. Pero es peor, porque la otra, la aristocracia normal, al menos no miente. Te la tomas en serio si le crees el cuento, o la denigras si te cuadra. Más bien se la ignora, que es tal vez más recomendable. Pero la de izquierda asume una conducta que humilla cualquier descuido en la norma izquierdista más extremada para afianzar su condición excluyente. Uno de estos, por ejemplo, injuria a un libretista de televisión porque embrutece a las masas. Es un trabajo indigno. Pero no explica porqué es mejor vivir de sus dos haciendas, sin trabajar. A menos que consideremos trabajar vivir criticando cualquier conducta que no cuadre con su concepción de lo que es «puro».

Los seres humanos somos así.


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