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Caracas buhonera

Roberto Hernández Montoya

Domingo 8 de diciembre de 1996
Caracas según RHM

Roberto
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia, Caracas, Venezuela.

Es demasiado tarde para elevar el tono de la querella sobre los buhoneros. Los políticos han recurrido a sus usanzas para degradar un asunto que de por sí correrá siempre el riesgo de tomarse a frangollo.

La palabra buhonero viene de bufón, que según la primera acepción del Diccionario de la Real significa ‘chocarrero’. La palabra buhonería quiere hablar de cosas de poca monta. ¿Será por eso que los políticos han prodigado el espectáculo de gente acabillada y agavillada, que baila sobre la propaganda política enemiga, que lucha por un poder ganado por añagazas electorales en Bolívar?

El alcalde Ledezma dice que la cosa es contra su labor municipal. Los otros dicen que los buhoneros tienen sus razones. Quien no tiene razón tiene razones, y quien tiene razón la defiende con sinrazones.

Buhoneros hay desde las inmemoriales caravanas del desierto hasta los mercados de pulgas. Los hay en Portobello Road en Londres, en el Ponte Vecchio de Florencia, en Porta Portese en Roma, en el Mercado de Pulgas de París, en El Rastro de Madrid. La lengua española, dice la leyenda, tal vez no demasiado peregrina, nació en la plaza Zocodover de Toledo, ponle, entre buhoneros, hace ya algo más de un milenio. Sin los bouquinistes, que venden libros y estampas, no serían lo que son los muelles del Sena en París. De esa ciudad tengo una foto, tomada hace casi un siglo en la rue Mouffetard, de un mercado buhoneril que luciría idéntico al que aún existe si no fuera porque no había entonces minifaldas. Buhoneros fueron los fenicios y los persas en su momento de esplendor. En Oxford un estudiante de derecho se puso a vender frutas en la calle. La policía lo arrestó. El oxoniano alegó que tenía fueros para tal comercio porque algún rey de la noche de los tiempos autorizó a ello a los educandos pobres de esa ciudad. La policía tuvo que liberarlo, devolverle sus frutas y darle excusas. Así son los encapuchados de Oxford.

¿Puede alegar Caracas mayores abolengos que esas ciudades milenarias? El problema, ciertamente, es que los buhoneros se han desbordado y amenazan con convertir a toda esta ex Sucursal del Cielo en una corte de los milagros, con megáfonos que vocean cuanta changa y cosa horrible anda de moda, con rateros y grotesquerías de todo jaez y toda laya. Para no hablar de las mafias y otras sordideces con poder.

Porque no están reglamentados. Con el chantaje social de que hay una clase social que ha hallado en ello su resuelve, tenemos que vadear en cada calle y toda esquina perrocalienteros que ponen presos a los alcaldes, y gritones que braman que sí hay Levi-Strauss originales, importados de Maicao. Lo que en otras partes es color local aquí es colorinche universal.

Pero a cabillazos no vamos a establecer la cultura larga y colectiva que propondrá a los que gustan del género un espacio delimitado para su rancio pintoresquismo. Se necesita historia, y «la historia se escribe de noche», dice el «bonito guaguancó» de Patato y Totico. Es cosa lenta y de respeto. Tendría que venir una tradición de alcaldes y munícipes que no tomen la liza del mercachifle milenario como pretexto de una rencilla «municipal y espesa».


Entrada de Sabana Grande, miércoles 13 de octubre de 2004 (foto RHM).


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