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Del camello a Internet

Roberto Hernández Montoya

Debates IESA, Nº 5, 1999-2000


Con sus hijos Hannah y Herman en Coro, Venezuela
Para intercambiar bienes y servicios, el comercio debe burlar las distancias. Desde tiempos remotos el hombre ha ido conquistando los espacios, a pie desnudo, a caballo, en recuas, en tren, en automóvil, en Concorde. La creación de las grandes ciudades aseguraba la aceleración de los intercambios, la movilización de ciclos económicos. En Babilonia hay más clientela que en el caserío. En Roma tengo más clientes y soy cliente de más mercaderes. Es un proceso interactivo, recursivo: a mayor ciudad más comercio y más comercio hace que la metrópolis sea eso que hogaño llaman autosustentable.

Comercio aseguró inseminación artificial entre pueblos distantes. Los ingleses conocieron alfombras persas y los persas whisky. Así conocimos chocolate y lana, espaguetis y papel. Pólvora. Las rutas de camelleros enriquecieron al Yemen del Sur, que hoy está abandonado del mundo porque los camelleros encontraron otros rumbos y porque, además, hoy ya camellero no enriquece a nadie. Hogaño la riqueza tiene otras escalas. Entre un camellero opulento y Bill Gates hay de por medio varios órdenes de magnitud.

Por eso había guerras comerciales. Para asegurar rutas, zonas de influencia, proteger mercancías, imponer mercancías —puedo obligarte a comprarme mediante leyes draconianas ahijadas de flotas y mercenarios implacables. Hoy no te obligo a punta de bayoneta sino a punta de estándares infranqueables. Si eso no funciona, vienen las bayonetas. Plus ça change plus c’est la même chose, ‘mientras más cambia es más de lo mismo’.

Al principio, me han asegurado, fue el trueque. Igual que en el intercambio sexual, te doy lo que tengo a cambio de lo que tienes. Era la concreción pura. Mercancía contra mercancía. Pero era arduo equiparar bueyes con batolas; panes con cuchillos. No es posible comparar peras y destornilladores. Sócrates se preguntaba qué tienen en común un buen atleta y un buen vino para que ambos sean buenos. Esta impasse conceptual la resolvió la moneda, abstracción del valor, valor en estado puro. Fuera de esa función, la moneda no sirve para nada. Seguro tienes en tu casa un pote con cientos de bolívares en moneda. Inútiles porque no tienen valor. Como decía Eduardo Peypouquet: un clavo vale más en la montaña que una chequera. Pero es cuestión de contextos, pues en el Centro Sambil una chequera vale más que mil clavos. El dinero aceleró el comercio no solo más allá de las fronteras y las aduanas, sino más allá de las cargas conceptuales de los productos.

El comercio generó también la necesidad de producir nada más para negociar. Nació así la sociedad excedentaria, que produce más de lo que consume para poder tener lo que otros tienen. Se aseguró la ventaja competitiva. On n’a pas de pétrole, mais on a des idées, ‘no tenemos petróleo, pero tenemos ideas’, decía una cuña gubernamental en Francia cuando la crisis energética de los años 70. Cambiar ideas por petróleo no es mala idea. El dinero fue tan audaz que logró tasar el precio de las ideas. Lo hizo, claro, violando la naturaleza de las ideas, pero lo hizo porque no tenía otro modo. El dinero parte del principio de que todo tiene precio. Es la voluntad de contar en estado puro. Para el dinero lo que no se puede contar no cuenta. Y el dinero todo lo cuenta.

Y en eso llegó Internet

Como se ve en este recuento de lugares comunes sobre el comercio, Internet no es sino el apogeo de lo que comenzó como caravana de camellos y aun antes, a pie desnudo. Es la implosión del espacio, la burla suprema del flete. No hay distancia que intimide ni camino escarpado ni tierra fragosa. No hay cultura que me sea extraña. No hay Babel que me sea ininteligible. No hay Babilonia que no me deje entrar. Pero tampoco hay gigante comercial que me impida poner mi puesto en la plaza pública. En Internet el buhonero no es marginal. Confecciono camisas, las expongo en mi sitio Web, te gustan, las compras, sin centro comercial, sin distribuidoras, sin roscas, sin aduanas, sin tienda por departamento, sin gastos de local, patente comercial, electricidad, empleados. Me compras a mí directamente. Los gastos de intermediación se reducen al mínimo. Las guerras también, esperemos.

La Armada Invencible perdió porque era muy pesada; los ingleses dominaron los barcos grandes con barcos pequeños. A veces funciona. En Internet, por ejemplo. La técnica guerrillera del software ilegal, del MP3, de Napster, de KaZaA, de Gnutella, de LimeWire, de Hotline, etc., tiene de cabeza a la industria, a los barcos grandesde la Armada Vencible. En miles de sitios de Internet se indica dónde se puede traficar software ilegalmente. Pero las leyes que no se pueden cumplir ni hacer cumplir son fantasías, es decir, no son leyes nada. Cierto que copiar un programa de computadora sin permiso de su productor es ilegal. Pero ¿quién no copia programas ilegalmente? ¿Tú?

El MP3 es el mismo cuento. MP3 es un modo de compactar la información musical. Hay detalles en http://www.mp3.com. En un solo CD te caben mil canciones, con una calidad bastante aceptable. Esta reducción no es trivial. Me permite enviarte mi canción favorita por correo electrónico o ponerla en un sitio Web. De nuevo, es ilegal, pero ¿quién nos controla? ¿Vas a delatar a tu novia con la policía porque te mandó Yesterday en MP3 o en QuickTime? ¿Vas a entregar a tu novio a las autoridades porque te envió ilegalmente un programita? (Ve Con su música a otra parte).

Es decir, las condiciones de Internet obligan a un nuevo marco legal, porque el que regía caravanas y containers ya no tiene vida, no es ejercible, no es sustentable, you can’t enforce it. ¿Cómo hacer? Sobrevivirán no los más fuertes sino los más aptos, como pasó con la Armada Invencible: era fuerte, pero no apta. Fuimos más aptos que los de Neanderthal, por eso estamos aquí, porque fuimos capaces de inventar arcos, flechas, cañones e Internet. No sé cómo se ganaba la vida Neanderthal, pero obviamente sus oficios no le permitieron llegar hasta aquí. Lo mismo pasará con las disqueras que no sepan adaptarse a la nueva situación. Pero hay modos:

  • Superar el concepto de long play, de álbum, de colección obligada de piezas, que era más necesidad que virtud. Ahora pueden venderse piezas sueltas, como está haciendo Apple Computer. Ya el artista no tiene que rellenar un CD con desecho para completar el paquete, a menos que sea como los Beatles, que todo lo que componían era bueno y hasta produjeron la Capilla Sixtina del long play: Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band. Leoncio Martínez propuso esta caricatura: un miserable come en un ventorrillo y dice al vendedor: «Otra empanada ahí». «¿Para completar el bolívar?», pregunta el detallista. «No, para completar el almuerzo», responde el menesteroso. Aunque malamente, se podía almorzar con un bolívar. En el caso del CD se rellena no para completar el almuerzo sino el bolívar. ¿Qué necesidad hay de eso?
  • Diversificar la oferta. Como ya no es obligatorio imprimir carátulas, vender plástico, y de nuevo locales comerciales con patentes, electricidad, empleados, etc., no vendes excipientes, aditivos, sino música directamente, destilada de todas esas impurezas atonales.
  • Al reducirse los costos se reducen los riesgos. Hoy si un disco se te queda frío pierdes un dineral. A través del MP3 la pérdida es soportable. Hay gustos para todo. Al crecer la audacia crece la estética. ¿Cuántos artistas estimables perecieron como tales porque eran riesgosos y por eso mismo nadie quiso apoyarlos? La historia engaña porque solo cuenta los éxitos. Por cada Beatle hay mil frustrados.
  • Organizar mejor la oferta. En vez de venderme música a secas, me vendes paquetes conceptuales. Un experto escribe un ensayo sobre el be-bop, el bolero, el filin, el bambuco, y me lo vende con una colección estructurada. Me suscribo a su servicio Web, donde hay constantemente novedades, actualizaciones, grupos de discusión, intercambios, comercio...
  • Si los equipos de sonido vienen con MP3 y conexión a Internet, será posible tener la rockola más grande del mundo. Pones tu fiesta, armas tu paquete, pagas con tu tarjeta, y tienes toda la música del mundo en tu casa, sin ocupar espacio con estantes y estantes de discos. Se acabó el problema ese de que no puedes prestar discos porque solo los tontos los devuelven. Y puedes llevar tu colección a donde quiera que haya una conexión a Internet, cada vez más ubicua.
  • Propones un test a tus clientes para conocer mejor sus gustos. Les ofreces entonces piezas musicales que ellos desconocían pero que están dentro de su sensibilidad, que pueden cultivar y refinar aun más. Tal vez hay un bolero de los años cuarenta esperando por ti en alguna bóveda de RCA o de Egrem... Ese bolero podría cambiar tu vida. Esas cosas pasan, quién sabe. Hace un siglo era imposible oír a Wagner si no ibas a Bayreuth, a París, a Berlín. Hoy lo puedes oír en discos, por radio y por Internet.
  • En suma: ya no vendes música, que es lo de menos, que quizás hasta te convendría regalar. Vendes estructura, es decir, concepto, información, diversidad, actualización, reflexión, inteligencia, cultura.

Estas reflexiones pueden servir para otras mercancías informativas: libros, películas, artes visuales. Vender bits es toda una aventura. Tal vez ni siquiera haya que venderlos. A lo mejor los regalas y vives de la publicidad, pues muchos querrán anunciar en un sitio como ese, que regala placer. Les pasó a muchos vendedores de información. No pudieron seguir cobrando por la información que ofrecían en Internet y ahora la regalan. ¿Para qué pagar por lo que puedo obtener gratis en la acera de enfrente? La única información vendible por Internet es la pornográfica, cuyo comercio Internet también ha transformado. Otro negocio por el que se puede cobrar en Internet es la venta de bienes tangibles, pero es tema para otro artículo.

Internet, pues, no hace sino llevar a sus últimas consecuencias el oficio del viejo camellero. Y como en el comercio tradicional, el primero que la agarre es de él. Si no lo hacen las disqueras actuales lo harán las que van a nacer y tal vez sustituir. En el comercio es como en el deporte: si no la haces te la hacen.


RHM, Breve teoría de Internet | Con su música a otra parte

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