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Acanallamiento

Roberto Hernández Montoya

El Nacional, domingo 17 de julio de 1994
Roberto
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia, Caracas, Venezuela.

Acanallamiento puede ser cometido artesanal, cuando la dama se pone de barragana de cualquier don o el poeta desmiente su gracia a cambio de una sonrisa pudiente. Son casos fáciles de enfrentar: basta esquivar esos tratos con cierta condolencia.

Pero el acanallamiento deviene vasto y especialmente patético cuando es colectivo. Cuando un país persiste en toda clase de opciones deshonrosas, como nos pasó a partir de 1973. Como a los panameños: repudiar la invasión norteamericana era respaldar a Noriega. Y viceversa. Son disyuntivas inclementes que nos ponen frente a nuestra miseria histórica: hablo de la República Dominicana, en una ciénaga electoral fraudulenta, insolente e insoluble; de Haití, entre una dictadura militar, un ex presidente civil que nadie admira y una invasión farisaica; de Colombia y la Argentina, con la dignidad en los pies de futbolistas que se debaten entre el ultraje y la conducta poco presentable.

¿Cómo llegamos a tales inclemencias?

Haití fue hace siglos un puerto opulento, cuando los Estados Unidos eran una pobre provincia pobre. Durante siglos Lima, México o Cartagena fueron ciudades de esplendor, mientras las norteamericanas vivían una cotidianidad rústica y bíblica que no infería la grandeza. Búsquense los monumentos coloniales estadounidenses y se hallarán sólo restos españoles. Ni un solo brillo anglosajón les cubre un pasado faltoso.

Pero a lo largo del siglo XIX intercambiamos los guiones: ahora son los yanquis los que nos relevan en el proscenio. Cierto que han sido malucos y nos quitaron los territorios que le quitaron a México, nos invadieron invadiendo a Cuba, Guatemala, Haití, República Dominicana, a casi todo el Himno Panamericano, y nos usurparon Puerto Rico. Todo eso es verdad, y que nos esquilmaban el petróleo y las bananas.

Pero a la Ibáñez y a la Matos no nos las impuso la CIA. La reciente trapisonda bancaria no nos fue traída por las trasnacionales; tampoco el acaparamiento pícaro y el potlatch de dólares. No vislumbro a Gardenia Martínez en los planes contingentes del Pentágono.

Esas cosas les aprovechan, eso sí, pero son miserias que les hemos regalado nosotros mismos para que nos derroten.

El acanallamiento individual y el colectivo son idénticos en la poca estima que se tiene el abellacado: quien no se quiere no quiere a nadie ni quiere nada. Es lugar común, pero lo peor de los lugares comunes es que solemos olvidarlos, aun siendo ciertos.

Los que se desvelan rebuscando la identidad nacional latinoamericana deberían servirse estudiar ese eje común que nos hace sentirnos gente solo cuando un presidente norteamericano nos propone un libre comercio ahí.

Al destituir civil y cívicamente a Carlos Andrés Pérez, Venezuela franqueó —limpiamente, ejemplarmente, civilizadísimamente— un escollo histórico que creíamos predestinado: la vocación relancina y acanallada. Por una poca vez en siglos tenemos un poder ejecutivo que no sentimos integrado por una manga de garimpeiros. ¿Pero seremos capaces de entender siquiera las oportunidades magníficas que nosotros mismos nos damos? Los compañeros de la Causa R han promovido, por una rutina retaca y politiquera, repudiar la única suspensión de garantías popular de toda nuestra historia. Los empresarios continúan su plañir ancestral, nos detenemos en que los refugiados haitianos son unos negros inciviles y el Alcalde de Caracas, que tanto me simpatiza, se dedica a organizar deportaciones masivas que ni los neonazis alemanes han conseguido en su país. Ni un poquito de grandeza.

Este es el momento: veámoslo con luz. El acanallamiento desmoraliza, pero lo peor que tiene es que empava.


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