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Carantamaulas y doncellidueñas El Nacional, domingo 5 de abril de 1998
¿Y ese antifaz? Kemo-Sabay respondía: Esta carantamaula está del lado de la ley. Y la gente replicaba: Ah, bueno. Santa palabra. Los héroes tenían voz de héroe y disparaban balas de plata, sin enfadarse en recuperarlas. Eran pensables los encapuchados bienhechores. Vivir era así de simple. El único engorro moral que recuerdo en la televisión de aquellas edades fue un episodio creo que de la serie Patrulla de caminos en que unos bandoleros usaban precisamente una patrulla robada y se trajeaban de tombos. Primero unos malandros de civil atracaban y a poco llegaban los disfraces y simulaban arrestarlos, con el detalle de que cargaban con el botín junto con los malandros. En menos de media hora, incluyendo cuñas, Broderick Crawford, llamado el Teniente Track, ¿era él?, les metió una cana larga y la ética volvió a ser lironda. Los héroes de hogaño son más curvados y enfrentan a antagonistas más trabajosos. Batman se planta ante unos ejemplares bastante artificiosos. ¿Y a qué hablar de Indiana Jones, que le aplica fríamente un balazo a un moro de cimitarra manierista? ¿O de James Bond, que tiene licencia para matar y la usa? En series como Dallas o Falcon Crest no se sabe quién es bueno y quién malo, porque distinguir rotundamente el mal y el bien es una razón suficiente para ver televisión, dado que la vida llamada real presenta tan pocos síntomas para ello. Venezuela daba en aquellos entonces iguales barruntos de llaneza. Había solo cuatro partidos: uno comunista con ideas exorbitantes de justicia. Uno de derecha gótica, Copei, imbuido de Iglesia, que, para orientar al mundo sin tanto ajetreo, era conservadora toda entera; no como ahora, con Opus Dei, curas guerrilleros y monjas en bluyines. El tercer partido era de «socialismo con Vaselina» según la cautivadora definición de Rómulo Betancourt, su líder fundamental. Se llamaba Acción Democrática y ya, sin embargo, mostraba con esa definición cierto embrollo ético. Cuarto y último, URD era el único campechanamente complicado porque en su oportunismo paladino nadie sabía dónde ponerlo ya que él tampoco sabía. Salvo esa mosca en la sopa, el país tenía una cartografìa bastante despejada. Luego vinieron los desdoblamientos y entorchamientos. El señoril Copei descubrió el rendimiento del populismo y llegó a procrear una efímera «izquierda cristiana». AD devino derecha con Vaselina, modosa, dúctil y oportuna. La izquierda se volvió élite insurreccional con una esponjosa cepa mantuana, que actuaba en nombre de un pueblo que no percibía ni la percibía. Últimamente las cosas se volvieron enojosamente enroscadas y estresantes, con tirabuzones conceptuales como la populista AD promoviendo un neoliberalismo rataplán y cataplún chinchín, que ahora gente del MAS emula, también sin Vaselina, nada menos que como salida «de izquierda» al instruir por qué hace lo que hace. Tanto nadar para venir a ahogarse en la orilla. Será por eso que ahora el país busca salir de ese estrés histórico repartiendo su voto entre opciones simples y de aire heroico.
Sobre nuevos modos de hacer política a través de Internet, ver ¿Un nuevo Dorado o nuestro boleto para el Primer Mundo? de Nelly Lejter. |
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