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La chunga nacional Domingo 12 de marzo de 1995
Ah, bachiller, va un fuerte a que a usted lo matan primero que a mí Miguel Otero Silva narra en Fiebre el asalto desesperado a una aldea por parte de una montonera enclenque de estudiantes y campesinos. Poco antes, un campesino lanza la apuesta macabra al estudiante Vidal Rojas. La carcajada del rústico ilumina la campiña. En una situación que a Sartre hubiera provocado una reflexión ética y transida, cuando unos kamikazes se estrellan contra la dictadura de Juan Vicente Gómez, modo de morir para estar vivos, de abrirle una grieta a la nada, este montonero opta por dar estilo zumbón a su heroísmo, para librar de patetismo su última vida, estilo venezolano de la modestia del héroe. Rojas ganó la apuesta, pero tal era la zumba el campesino que la perdió estaba demasiado muerto para pagarla. Las deudas de juego se refinancian con muerte. Pocos temas hay más riesgosos que el «carácter nacional» porque estimula todo prejuicio. Asume en serio lo que no debiera tomarse más a pecho que la afición deportiva. Los exterminios étnicos tan de moda comienzan por valoraciones inocentes. No creo que el venezolano sea mejor que ningún pueblo. Tampoco peor, si a eso vamos. Por ello elaboro estas palabras con tantas advertencias. Pero en este caso las evidencias son palmarias y es un rasgo benigno, que hace la vida más lujosa y dota de un viático desdramatizador para las situaciones límite. Mientras más lloramos a los difuntos más reímos. La medicina lo sabe: los mismos músculos que movilizan el llanto, agilizan la risa. Pero hay otra fisiología, la del espíritu: el venezolano siente un pudor especializado que le estorba el plañido. Durante el velorio los deudos se entregan a una ceremonia divertidísima: encuevarse en un rincón para decir chistecitos que nunca como entonces se perciben tan ocurrentes. Luego de acompañar a los deudos cabe el catafalco, uno explora buscando el rincón de echadores. Y lo que más lamenta es que el exánime no esté allí, riéndose con uno. Eso redobla el duelo. De allí nuestra costumbre no sé si exclusiva de derramar en tierra las primeras gotas de toda botella alcohólica. Para los muertos se explica. Potlatch poético que nos acerca a los difuntos añorados, que debieran estar bebiendo con nosotros. Hace un cuarto de siglo, cuando matar estudiantes ya era cacería menor, había una barricada a la entrada de la Universidad Central de Venezuela. Esos rituales se suspenden para el almuerzo, medida saludable en zona tórrida. Pero esta vez la lucha era tan ardiente que los estudiosos continuaron tomando el Cielo por asalto en horario corrido. Al atardecer entre autobuses quemados, escombros, lacrimógenas, disparos rasantes, frente a cientos de policías de panoplia desproporcionada, tanquetas, armas largas y granadas, un aguerrido bachiller, amante de la ciencia y de la liberación del hombre, se trepó en la barricada, arriesgando la vida mataron a cuarenta jóvenes como él en esos años, y bramó a los gendarmes innecesarios en el mejor español del Siglo de Oro: ¡Ríndanse, hijos de puta, ríndanse! La barricada se disolvió en medio de una carcajada homérica, que ha de haber incluido a los guardias asesinos que, según Lorca, «tienen, por eso no lloran, de plomo las calaveras». Ese bachiller era, culturalmente, bisnieto del campesino de Fiebre. Si no lo han matado, debe andar por ahí. Busquémoslo, es fácil porque es cualquiera de nosotros. Vamos a reírnos con él de toda esta torta, heroicamente.
Ver también El debate político en Venezuela |
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