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Cuentos

Caracas, domingo 16 de abril de 1995

Ver Pierre Bourdieu, La esencia del neoliberalismo, José Ignacio Cabrujas, La nueva utopía y RHM Miseria de las naciones


Destrucción de un avión de Viasa

    El sueño del hombre lo mecen con cuentos.

Cuando yo estaba chiquito creía que los profesionales eran infalibles. Debí pensar mejor desde entonces, cuando un médico chiquilicuatro me diagnosticó leucemia. No sé por qué la palabra, entonces desconocida para mí, me sonó tan fea. Infiero que sería el tono con que la pronunció. Pero como luego el Dr. Lorenzo Hand, que sí sabía, me curó lo que en realidad era una mononucleosis benigna que de todos modos estuvo a punto de matarme y como el único defecto de ese doctor fue haber muerto joven, seguí confiando. Como uno, además, es tan ignorante... Uno ve esos edificios tan altos y complicados y piensa que esos ingenieros han de ser extraterrestres. Llegué a creer que los escritores escribían todo de un solo tirón, sin tachar, desde «en un lugar de La Mancha» hasta «Vale».

Pero hay terrenos en que a uno se le va socavando la paciencia. Vamos, que haya médicos que se equivoquen una que otra vez es accidente demasiado humano. Yo me contento porque cuando me equivoco en mi oficio a lo sumo desoriento a algún lector de poesía con una interpretación plomiza de unos sonetos. Pero cuando un ingeniero aeronáutico se equivoca se caen los DC-10 aquellos que tenían una puerta defectuosa. Son accidentes no sistemáticos. Hasta Bill Gates saca programas con defectos. Graves.

Pero lo que viene debilitando de modo irreversible mis fábulas infantiles son los economistas. Tanto, que yo, que suelo respetar las incumbencias ajenas y callo ante los competentes, me lanzo largas tiradas sobre asuntos económicos, ante la evidencia de que no soy más monicaco que ellos.

Ejemplo: el cuento del dinero fresco. Desde la época de lo que por pereza mental llamaré gobierno de Luis Herrera, nos vienen endulzando los sueños con que el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, las Grandes Ligas, la FIFA, la NBA, Dios, nos van a suministrar dinero fresco y lo cierto es que no viene ni siquiera dinero piche. El FMI encuentra siempre una nueva razón para atar los hilos de la bolsa: que si no han subido la gasolina, que si no han privatizado los leones de la Av. La Paz, que si Camdessus, el presidente del FMI, amaneció con la piel cansada de la tarde, que si los encapuchados, que si hay una base de platillos voladores en el Ávila. Veinte años con el mismo cuento. O más bien con diferentes cuentos con el mismo trasfondo: dame que no te doy.

Otro cuentazo bien asentado y que los economistas repiten con tanta beatitud que a veces pienso que se lo creen de verdad: subir los sueldos causa inflación. El resultado es rutinario: no suben los sueldos y la inflación sigue igualita o peor. Treinta años de monotonía no bastan para disuadirlos. Uno los oye y le dan ganas de decir: «Ajá, y en eso llegó el príncipe en su caballo blanco». Tal vez si le pusieran música... Igual sería mentira, pero al menos uno lo creería.

Otro cuento simpático es el de la privatización. Hay que privatizar hasta las perezas de la Plaza Bolívar para estimular en ellas la libre competencia y dejen esa flojera. Entonces estos beatos van y traspasan la línea aérea venezolana Viasa de un Estado a otro. Si el ‘Estado’ como tal es conceptualmente mal gerente, yo no sé por qué el Estado español, dueño de Iberia, que fue la que compró a Viasa, es mejor gerente que el Estado venezolano. ¿Será racismo?

Pero ahora hay un cuento novedosísimo; bueno, más bien remozado: el autocontrol de los empresarios, que es algo así como creerle un voto de castidad a un travesti de la Av. Libertador. La novedad es quien emite el cuento esta vez. Matos Azócar siempre me ha caído tan bien que hasta cuando era adeco lo escuchaba con interés. Era uno de esos economistas que iban para los cinco puestos del Volkswagen escarabajo de las excepciones. Pero esto del autocontrol de los empresarios me ha paralizado tanto el cerebro que terminé escribiendo sobre cuentos tontos.


Ver Pierre Bourdieu, La esencia del neoliberalismo, José Ignacio Cabrujas, La nueva utopía y RHM Miseria de las naciones

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