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Darwin en la política venezolana

Roberto Hernández Montoya

Domingo 7 de febrero de 1999

Ilustración de Ugo

Darwin no dijo que los bichos echan pelos para adaptarse al frío, sino que los que, por mutaciones genéticas casuales, desarrollan pelambrera son más aptos para sobrevivir en el frío, reproducirse y dejar su capital genético a su progenie. Suerte que tienen unos. Si el ambiente se caldea por azar, estos peluches mueren envueltos en rizos. ¿Qué tiene que ver esto con la política venezolana? Mucho:

A partir del Pacto de Punto Fijo —bajo el que Rómulo Betancourt cobijó su Tratado de Coche— se impuso a los políticos un dilema inclemente: o principios o futuro. Los que eligieron principios se extinguieron, es decir, se quedaron en los márgenes; otros se extraviaron en avatares sin destino o sin honra. Los restantes fueron los que por azar nacieron con talento para la trapisonda sin horizonte, la gramática parda y las agilidades del rábula. Les fue bien. Nos fue mal. Fueron peores que la langosta, porque, encima de que asolaron, a su paso corrompieron todo lo que pudieron. Fueron impecables en el envilecimiento. Desafío a los eruditos a mostrarnos dirigencia más irresponsable en la historia humana. Y más obtusa. Rómulo, que era todo menos irresponsable, siquiera se proponía hacer lo mínimo: escuelas, liceos, Parque del Este, hasta OPEP promovió, pero no podía contar para ello con los principistas porque le enredaban el juego con los radicalismos que los derrocaron en 1948. Tuvo que vararse en el apoyo de coyotes —así los llamaba— que sabían hacer lo que las élites tradicionales exigían: lo mismo que Pérez Jiménez, aunque más callejero. Una vez Rómulo fuera de la escena, quedaron desembarazadas sus tribus de rateros con sobreprecio.

Solo saben esas artimañas de corte de los milagros. En esto parecen haber perdido capacidad de adaptación. Como dice Ambrose Bierce: la especie humana ha infectado el mundo entero y el Canadá. Por su capacidad de adaptación universal, desde los polos hasta el desierto. Nuestros socaliñeros no se adaptan, no cogen señas. Les aparece una realidad distinta y compleja como Chávez y siguen en su guerra sucia, sus tramposerías ingenuas y sus traiciones de trascorral. Así, se les impuso Luis Alfaro Ucero porque era el más apto para sobrevivir en ese ambiente de toque, ya superado —espero. Lo sostuvieron bajo la inercia de que podían imponerlo a su vez al país con las rutinas circenses y sórdidas que les habían bastado otrora para implantar a los belitres más calamitosos e improbables. Como esta vez no les rindió, no supieron más que comportarse como comediantes de sainete, como el Dr. Smith, el de la serie Perdidos en el espacio: se zafaron de Alfaro creyendo que el electorado no se percataría de que ellos eran el mismo esperpento. Tan perversos como ingenuos, ni saben otra cosa ni quieren aprender. O no les da el cerebro, como no les dio a las especies que se extinguieron. ¿En manos de esos ineptos pondrán los empresarios sus negocios para salvarlos? ¿Bajo esa conducción incapaz seguirá la militancia?

Sobrevivirán los más aptos, como decía Darwin, en este caso los que entiendan que ya no estamos cautivos y neurotizados en la extorsión puntofijista de «después de mí el diluvio gorila o guerrillero». Ahora todo es más complejo. Tanto que hay historiadores inteligentes que no lo entienden. Debieran releer a Edgar Morin. Para que hagan la oposición inteligente que hace falta, ya que los políticos en extinción no pueden.


Definición de hombre, por Ambrose Bierce en su Diccionario del diablo (Devil's Dictionary):

HOMBRE, s. Animal tan perdido en la contemplación arrobada de lo que piensa que es, que pasa por alto lo que indudablemente debiera ser. Su principal ocupación es el exterminio de otros animales y de su propia especie, que, sin embargo, se multiplica con tal insistencia que infecta toda la tierra habitable y el Canadá.

MAN, n. An animal so lost in rapturous contemplation of what he thinks he is as to overlook what he indubitably ought to be. His chief occupation is extermination of other animals and his own species, which, however, multiplies with such insistent rapidity as to infest the whole habitable earh and Canada.


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