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Roberto Hernández Montoya

El Nacional, Papel Literario del domingo 13 de marzo de 1994

Roberto
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia, Caracas, Venezuela.

Eliseo Diego en La BitBlioteca

—Estraño es vuesa merced —dijo Sancho.

Su poesía me advino como experiencia inesperada, como a los niños sorprende el papalote de la primera vez. «Ah, ¿entonces esta otra maravilla también existía?». Descubre uno así cuán amable puede ser el mundo. Eliseo Diego era considerado por los más importantes escritores hispánicos como un clásico de la lengua. Yo estaba ya de acuerdo con ese juicio, que hasta hoy ignoraba que compartía con tantos ilustres. Admirado por todos los cubanos, y cuando digo todos, digo todos, dentro y fuera (mis amigos cubanos de dentro y fuera no lo saben, pero ellos mismos me hacen preguntarme si de veras hay un dentro y un fuera de Cuba, que nos remueve a todos).

Quevedo es hito, pero diferente a Faulkner y a Dostoievsky. Y los quiero con amores «uno de cada especie», como diría José Severino Boloña, el viejo impresor cubano del siglo XIX, cuya memoria delicada debemos a Diego. Pero no me desconciertan ya como la primera vez. En cambio, Eliseo Diego, a quien comencé a leer en estos días, me es ocasión de una sensación inesperada: Ah, ¿entonces así también se podían estipular los fundamentos? ¿También se puede tener esta otra complicidad? ¿También existía este asombro tan distinto? Y el mundo se me hizo amable de nuevo, como mi primera zaranda.

Con la poesía me ocurre este desconcierto: no tengo cómo saber si el autor está diciendo lo que estoy entendiendo o si eso lo estoy inventando y el poeta decía era otra cosa. A veces siento que me desnudan en la calle, porque me descubren secretos que pensaba saberme solo yo. ¿Cómo los supo entonces el poeta? Otras veces es pudor otro, ajeno, porque el poeta me descubre intimidades suyas que no tengo por qué invadir. Por eso me cuesta tanto leer la poesía de mis amigos. Es entrometerme en sus últimos recatos y me sonrojo al volverlos a ver, porque «hay secretos que no forman parte del amor» (Gabriel García Márquez dixit).

Comencé a leer a Eliseo Diego el lunes pasado, o el domingo, ya no sé, baste saber que fue hace horas. Eso que ocurre cuando de pronto uno entra en la cierta longitud de onda de algún espíritu y se abisma de tapa a tapa, de un tirón, y se embebe en ese nuevo barrio. Como si a la ciudad trillada en los días de todos los días le hubiera crecido una parroquia esta mañana, con una historia larga larga, donde la gente habla en otro dejo y se duele de otras tristezas y se alegra con otros motivos y uno aprende a amar también a esa otra humanidad. Pasa en los sueños, y uno se dice: ¿Cómo no reparé antes en este barrio? O una nueva ciudad, donde la gente usa sombreros que portan acepciones distintas a los tocados de la tribu de uno. Entré en su intimidad con esa curiosidad pudorosa y ese embeleso de la nueva amistad, porque creamos entonces esa resonancia, esa interfaz novísima en nuestra vida y se vuelve linaje de un espíritu capaz de movilizar e innovar la fisiología del nuestro (así labora la estética), que nos da a conocer otros mares; o esto más prodigioso: nos hace descubrir en nuestro mar frecuente islas y ensenadas que nunca supimos ver como él las ve, que es mejor ver que el nuestro, porque es más perspicaz o porque tiene circunvoluciones inconcebidas, de que uno no podía percatarse sin la compañía del poeta, que de pronto nos destina a descubrir que a los zapatos viejos «ni les queda apenas color: solo el color general a que se estrechan las cosas en la agonía». Por ejemplo. No tienen ya nuestros colores deliberados, porque adquieren uno genérico, que nuestra cultura no reconoce porque se están perdiendo para ella, derritiéndose en el trasfondo de las cosas que, al faltarles nuestro espíritu, que «les criaba el sentido y la fuerza», ya no serán cosas sino magma indiferente, como esa silla que Diego describe abandonada sobre un techo, perdida una de sus patas: «Hubo un tiempo en que la silla perdida tenía una sola palabra para hablarnos, pero ancha, hermosa, suficiente, y era la forma de su compañía». «Tumbada de espaldas en las tejas su forma absurda se deshace, olvidada de los hombres, de ella misma». O esta observación sobre el elefante del cuaderno infantil:

Ahora sé cómo son los elefantes y cuando vuelva a estar con uno, en el cuaderno de mis hijos, o en algún zoológico, en el circo, en alguna selva, sabré que me quiere esa criatura, que es justísima, con su «vieja trompa incomprensible». Y tendré querellas decisivas con quien los llame brutos y los mate como se matan delfines.

Entonces me hago la pregunta que uno se hace en Venecia: «¿Por qué perdí el tiempo en las demás ciudades de Italia y no me vine directamente aquí, a esta ciudad donde uno descubre que la felicidad es posible?». En Venecia uno se jura volver, pero para quedarse para siempre. Me lo reveló, en Venecia, un libro de viajes por Italia de Hippolyte Taine, que fui leyendo de ciudad en ciudad. O descubre, con Wagner, que Venecia es un bello lugar para morir. Allí está enterrado Wagner.

Escribo esto al día siguiente de su muerte. Ayer murió Eliseo Diego en México, de su corazón. Hoy fue trasladado a su Habana, y será enterrado mañana allí, ese otro bello lugar para morir.


Ver Papeles de Eliseo Diego

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