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Como los dioses

Roberto Hernández Montoya
roberto@analitica.com

Letras Online

Letras, 22 de julio de 1999

Foto
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia, Caracas, Venezuela.

Los científicos de la NASA suelen entregar a los astronautas objetos triviales, un bolígrafo, un gaje cualquiera, para que los lleven en sus viajes. Al regreso ese objeto baladí se vuelve transcendente porque estuvo más allá de más nunca. Aquellos expertos fríos y calculadores tienen en algún recodo de su espíritu un principio mítico que los lleva a esta alquimia simbólica, que trasmuta lo nimio en fetiche, y los conecta con una obsesión del hombre tal vez desde que existe.

Los antiguos inventaron el animal mitológico más hermoso: Pegaso, que nace del horror: de la sangre que brota de la cabeza cortada de Medusa, que era tan horrible que convertía en piedra a quienes la miraban, aun a los héroes. Perseo, el autor de esa ablación, llegó hasta Medusa volando con las sandalias aladas de Hermes. Los dioses, claro, volaban sin mayor accidente. Los mortales tenían más dificultad. Faetón lo pagó caro cuando perdió el control del carro del Sol, su padre. Lo pagaron caro también los africanos del norte, pues el Sahara era boscoso hasta que Faetón pasó por allí con su carro fulgente. Cayó fulminado por un rayo de Zeus, a orillas de una laguna donde ningún mortal había ido jamás. Sus hermanas lo lloraron con tanto dolor que Zeus las transformó en sauces llorones, que desde entonces lamentan la tragedia.

Parecido pasó a Ícaro y Belerofonte, el jinete de Pegaso. Quiso enfilar con el caballo alado hasta el mismo Olimpo, soberbia que se saldaba con catástrofe. Zeus mandó un tábano que se instaló en el trasero de Pegaso. Este perdió el control, dando con Belerofonte en tierra. Platón sostenía que las almas volaban por el «lugar supraceleste» y cuando por no poder seguir a los dioses en sus correrías astrales caían en tierra se llenaban de opinión y de maldad.

Los dioses germánicos se trasladan al Walhalla a través de un arco iris. La Biblia no es reacia a los revoloteos: la Virgen viaja al Cielo en cuerpo y alma. Cristo también y allí está sentado a la diestra de Dios Padre. Hay profetas que van al cielo de manera parecida, arrebatados por Dios mismo, que vuela a donde quiere, como los ángeles, que se ayudan con alas.

La idea del vuelo obsesionaba a Leonardo, que escudriñaba las aves y terminó diseñando un helicóptero. Luego llegó el globo y finalmente las máquinas más pesadas que el aire, que hoy pueblan los cielos sin novedad.

La caminata lunar de hace veinte años y dos días es el eslabón más ilustre de esa cadena. Por primera vez el vuelo más allá de este mundo no fue ensoñación sino realidad que aún nos cuesta creer. Peor incredulidad sufrieron los hermanos Wright, porque la gente veía sus máquinas de volar y no les creían y eso que lo hacían delante de todo el mundo. Durante cuatro años la prensa ni siquiera mencionó el asunto.

Admiramos a los astronautas porque, a diferencia de los muertos, se van de este mundo y regresan. Demuestran que el hombre no está atado al mundo, sino que también puede ser como los dioses. Les debemos el poder vislumbrar que cualquier portento es posible y que no hay que ser Dios para trascender las cosas rastreras. Algo así debiéramos vislumbrar los venezolanos.


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Email: roberto@analitica.com

Roberto Hernández Montoya es Licenciado en Letras de la Universidad Central de Venezuela, Jefe de Redacción de Venezuela Analítica, Director de La BitBlioteca; miembro de las direcciones editoriales de Venezuela Cultural e Imagen; columnista de El Nacional, Letras, Imagen e Internet World Venezuela. Cursó estudios de análisis del discurso en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, París. Fue Presidente fundador de la Asociación Venezolana de Editores y Director de la Editorial del Ateneo de Caracas.

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