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Letras, 15 de octubre de 1998

Roberto Hernández Montoya

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En el siglo XVII se escribió un elogio de María Santísima «medianera de la Gracia: manifestada en estos últimos siglos por la misma Señora a su esclava Sor María Jesús de Ágreda», etc. El título del libro, que comienza con la frase Mystica ciudad de Dios, es tan largo que rebasaría los límites de este artículo. Sor María Jesús tuvo problemas con la policía ideológica de la época, porque su texto tenía un vuelo místico tal que fue tildada de pornográfica en lo que respecta a su apasionada defensa de la Inmaculada Concepción, lo que no tiene nada de raro puesto que la Concepción, por Inmaculada que sea, es un tema sexual; la virginidad de María Santísima no pertenece ni a la termodinámica ni al beisbol, en la medida en que la doncellez pertenece a la categoría de las cosas sexuales. Bossuet calificó la Mystica ciudad de Dios de «impertinencia impía». La Sorbona la condenó y en la misma España la obra fue recogida. Los pocos ejemplares que quedan se cotizan muy alto en almoneda.

Así sucumbieron muchos libros. Unos fueron prohibidos, otros perecieron en incendios, guerras, inundaciones o mera mera negligencia. Umberto Eco basa su Nombre de la rosa en la segunda parte perdida de la Poética de Aristóteles. Asimismo se perdieron casi todos los manuscritos de las grandes obras. Apenas se conservan algunos del siglo pasado, junto con pruebas de imprenta, valiosísimas para los eruditos más majaderos. Casi todos estos papeles, pergaminos o papiros son irrecuperables. La aparición de la máquina de escribir puso en peligro la concepción misma del manuscrito, puesto que ya no era escrito a mano. Pero las inevitables correcciones autógrafas les devuelven esa categoría. La Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París produjo en la década de 1970 un documento de instrucciones sobre cómo presentar los estudiantes sus trabajos. Se llamaba el Tapuscript. Taper à la machine se dice en francés escribir a máquina.

Todo_lo_contrario
Todo lo contrario, Caracas: Academia de la Historia, 1988.
Cuando llevé mi libro Todo lo contrario a la imprenta, el tipógrafo me pidió el manuscrito porque lo que le llevé fue el arte final, impreso en láser. Le dije que aquello había sido escrito en computadora y que lo que más podía entregarle era un diskette. El veterano impresor, nada lerdo, me vio como diciendo «mira tú cómo cambian los tiempos». Era la primera vez que esto le pasaba, aunque seguramente no la última. La producción directa de textos en computadora era entonces algo demasiado novedoso para él.

Ahora la mayoría de los autores escribe en computadora, con lo que el manuscrito desaparece, puesto que uno corrige en la pantalla, traspone textos o añade y quita a última hora. Se genera así el complejo de Penélope, deshaciendo de noche lo que se hace de día y no se entrega nunca al ancla definitiva de la imprenta. Y se pierde para los curiosos e investigadores el estudio de las tachaduras y añadiduras del autor, que tanto enseñan.

Internet añade un nuevo problema. Las bibliotecas de papel tienen la ventaja de que los libros perduran. Pero en Internet los sitios Web desaparecen o cambian de dirección, o simplemente los contenidos varían con tanta frecuencia que, como en el río de Heráclito, nunca leemos el mismo libro. Pasa con mi Breve teoría de Internet, que me he comprometido a no terminar nunca. Hay quien se ha autoimpuesto la tarea de Sísifo de conservar todo lo que Internet ha publicado alguna vez. Ver

Pero ese esfuerzo está sujeto a los cambios, algunos de los cuales se dan minuto a minuto. El programa que anima a este repositorio es lo que llaman un crawler, que recorre la Red buscando documentos para copiarlos en su enorme disco duro, dos terabytes, es decir, dos cuatrillones de bytes, mientras la Biblioteca del Congreso tiene veinte terabytes.

Internet es la Biblioteca Total de Borges. Por eso el adagio latino de verba volant, scripta manent, ‘las palabras vuelan, los escritos quedan’, debe reescribirse así: verba manent, quia scripta volant, ‘las palabras quedan porque los escritos vuelan’. Y corregir el lema de Kotepa: «escribe, que algo queda». Volvemos así a la vida efímera de las palabras antes del alfabeto, pues se las lleva el viento, por electrónico que sea.


También:

de Gabriel Zaid:
Los demasiados libros

de RHM:
Breve teoría de Internet
El nuevo papel del papel

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