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El Estado narcotraficante Abril de 2003
Las drogas sicotrópicas dimanan de las profundidades de lo simbólico, cultural, emocional, dramático, alegre y religioso. Se consumen para celebrar el nacimiento de un niño o comunicarse con las deidades: cuando un sacerdote católico bebe vino en la misa, sigue el mandato de Cristo: «Bebed, que esta es mi sangre». Más sagrado imposible. Sin embargo, en estos años estólidos y seudohigiénicos tendemos a pensar que las drogas fueron creadas por una banda de bellacos, especialmente sudamericanos y asiáticos, que se benefician con la corrupción de la inocente juventud de las inmaculadas sociedades europea y norteamericana. El discurso oficial sobre las drogas olvida dos esencias:
El discurso seudohigiénico se aprovecha de esta ignorancia estratégica para culpar a las sociedades asiáticas y latinoamericanas que producen drogas ilegalizadas en los Estados Unidos y Europa. El problema está principalmente en la demanda. Si los Estados Unidos no consumieran cocaína, los carteles colombianos no existirían. Raras veces un gran distribuidor de drogas es capturado y encarcelado en los Estados Unidos. Es fácil endilgar toda la responsabilidad en la parte más débil para lavar la mala conciencia, tanto como se lavan los capitales del narcotráfico. Sirve para el propósito ideológico de convertir sociedades débiles en chivos expiatorios para dominarlas. El discurso seudohigiénico recicla la doctrina de «soberanía limitada» de Henry Kissinger (complemento de la Doctrina Monroe). Ahora que no hay peligro comunista, tenemos, aparte del Eje del Mal, el Apocalíptico Peligro de la Droga para justificar medidas que conduzcan a la tutela. El discurso higiénico produjo la invasión de Panamá para capturar a Manuel Antonio Noriega y la intervención en Colombia para arrestar al narcotraficante Carlos Lehder, aparte del Plan Colombia. La América Latina continúa siendo un menor de edad internacional. El efecto de la prohibición no es limitar su circulación, sino crear un feroz aparato de cohesión, coacción y coerción para ejercer una represión de amplio espectro. Para detener el consumo sería necesaria una fuerza policial de al menos el tamaño de la sociedad. O crear muchos Estados totalitarios solo para ello. En cambio se ejerce una represión selectiva en el mundo real, sirviendo otros propósitos: «No puedo encarcelarte por tus ideas, pero sí por consumir o traficar drogas». Las sustancias ilegitimadas se encapsulan en un estado canceroso crónico, aunque no mortal, dentro del Estado, como en Colombia y los Estados Unidos, donde las mafias son aparatos de Estado alternativos para la represión y la administración de la sociedad. La Mafia y Washington se han instrumentado el uno al otro para sus propósitos respectivos. ¿Cómo pudieron los Estados Unidos destruir el nazismo y son ahora impotentes ante la Cosa Nostra? ¿Cómo pueden los Estados Unidos repeler un ataque nuclear y no las avionetas con drogas? Ver esto como una lucha entre héroes y villanos es colocar el problema precisamente donde no tiene solución. Así se colocó el alcohol durante la Prohibición. En nombre de la represión del alcoholismo, la sociedad toda fue reprimida. Función de la necesidad de cohesión, coacción y coerción en el Estado ya entonces puritano y farisaico es decir, loco. El combate contra el abuso de las drogas extiende un problema marginal a toda la población, originando una situación en la que
El narcotráfico entró en el abismo negro abierto por la afinidad obvia entre los zares de la droga y los Estados Unidos. Colombia entregó a Carlos Lehder y mató a Pablo Escobar Gaviria. Al menos. Los Estados Unidos no han hecho nada comparable con un ninguno de sus zares. El tráfico de drogas es la operación más militarmente disciplinada y coordinada del mundo. Es la organización más innovadora financiera y tecnológicamente. Sin publicidad, ha colocado un producto costoso y dañino en el mundo entero. Trafica a través de los medios más sofisticados y creativos, ideando instrumentos financieros para lavar el capital resultante. Su tasa de innovación es impresionante en químicos, transporte, electrónica y en la creación de las redes sociales, en liderazgo y en manipulación de los medios de comunicación, la justicia y la política. Ha sido la forma más acabada de resistencia instrumentada por el que J.M. Briceño Guerrero llama discurso salvaje (El laberinto de los tres minotauros, Caracas: Monte Ávila, 1994). Parte de este argumento fraudulento es que la legalización de las drogas incrementaría la adicción. El alcoholismo no se redujo por la Prohibición, ni aumentó cuando esta fue abolida. Quizás la gente en general no podía hallar una botella de vino durante la Prohibición, pero los alcohólicos sí esto es, los que se supone eran sus primeros beneficiarios. La represión impide las drogas solo a los que no están interesados en ellas... El narcotráfico entró en órbita concepto de Jean Baudrillard que designa fenómenos amenazadores, incontrolables pero en última instancia inofensivos, como la escalada de armas nucleares o la especulación bursátil (La transparence du mal. Essai sur les phénomènes extrêmes, París: Galilée, 1990). El tráfico de drogas florecerá aún más, pues los Estados no están interesados en reducirlo sino que objetivamente lo protegen. Son Estados narcotraficantes. Los Estados Unidos no podrán imponer una solución unilateral porque la América Latina ya no puede ser manejada como una república bananera. No es un problema sin solución, pero sí radical. Los medios tradicionales han fallado y seguirán fallando miserablemente, como las campañas bien intencionadas contra el consumo. Cada vez que se transmite un mensaje contra las drogas miles de jóvenes comienzan a usarlas. Los consumidores saben más que nadie el daño producido por las drogas. Prevenirlos contra la cocaína o la heroína es ingenuidad o cinismo. No estamos hablando del uso ocasional, hedonista o religioso. Las drogas son un lujo del espíritu. Los indios, que son sabios, entienden cuándo detenerse. Las sociedades llamadas civilizadas no son tan cultas. Los niños desatendidos quiebran un plato deliberadamente para llamar la atención. Quince años después entran en una banda de delincuentes juveniles o se matan en una motocicleta a 200 Km/h. Cuestión de escala. La inatención va desde la negligencia hasta el desprecio y provoca un resentimiento que puede conducir a una autoinmolación vengativa. El consumo obsesivo es excelente para ese propósito: un suicido placentero, lujoso y subrepticio. Este resentimiento se dirige a cualquiera que cumpla un rol parental: padres que perdieron la brújula del afecto; educadores que ignoran lo que enseñan; líderes deportivos que prescriben el abuso de drogas a jóvenes atletas para ganar una décima de segundo. Y en el centro un liderazgo hipócrita que obviamente no combatirá a los zares de la droga en su propio territorio. Me sacrifico para ver si impresiono al que me trajo a este mundo solo para despreciarme. Un joven atendido y amado difícilmente usará drogas de modo desesperado. Exhortar a los jóvenes resentidos a rechazar las drogas es confirmarles que están alcanzando su objetivo de llamar la atención. Y el joven que no lo sabía se entera a través del mensaje publicitario. He allí por qué los mensajes contra las drogas solo sirven a un liderazgo ruin para lavar su imagen. El problema individual es clínico y debe ser atendido con los medios clínicos habituales. El problema a gran escala es de Estado: ¿es posible rescatar de verdad a la masa de jóvenes despreciados? En ese caso no hará falta campaña alguna. Fray Ejemplo será predicador más efectivo que todas las campañas hipócritas que dicen a una masa de jóvenes desesperados decir no a la única cosa que les queda para simular la emoción de estar vivos. Esconder estos hechos es volverse parte del problema.
Publicado originalmente en inglés como The drug-dealer states el 14 de julio de 1997, en Latin America: An Impractical Handbook. |
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