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Feri facia

Roberto Hernández Montoya

Caracas, sábado 2 de diciembre de 2006

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Roma, octubre de 2006
(foto Mario Sanoja).

La Batalla de la Farsalia en –42 fue un hito entre Julio César y Pompeyo, en plena guerra civil entre los optimates (‘los mejores’, o sea, los oligarcas) y los populares, que pedían reforma agraria y trigo barato o gratis, así como extender la ciudadanía a sectores excluidos.

Pompeyo estuvo entre los populares hasta que saltó la talanquera, a tiempo que el godo César se volvió paladín de los populares. Así es de compleja y caótica la historia. Muchos populares fueron ejecutados mediante las listas de proscritos y el Senado oligarca se infló de 300 a 600 miembros. Esto redujo considerablemente la influencia de las asambleas populares de los llamados novi homini, ‘hombres nuevos’.

Suena familiar, es cierto. Con razón alguien, tal vez Jorge Luis Borges, decía que siempre estaba al día, pues en lugar de prensa leía a los clásicos todas las mañanas. La historia enseña que muchas cosas que uno cree novísimas son más bien viejísimas.

Tal vez no sea cierto, pero cuentan que en la decisiva batalla de la Farsalia César se valió de una estratagema, entre tantas, para vencer a Pompeyo. Este había levantado un ejército de sifrinos muy bien formados en gimnasios de lujo, garantía de triunfo sobre los soldados populares de César, tasajeados de cicatrices de la cabeza a los pies. Las tropas de Pompeyo estaban mejor armadas y eran más numerosas que las de César.

No entraré en la descripción militar porque conozco poco la materia, pero sí contaré un ocurrente suceso tal vez legendario. Entre los ardides cesarianos de guerra asimétrica estuvo armar de lanzas en lugar de espadas a parte de su caballería. La orden fue feri facia, si mis latines no me engañan, es decir, ‘hieran caras’, como quien dice vuelvan caras, también asimétrico. Los hombres de César no temían cicatrices, mientras los bellos lechuguinos y petimetres de Pompeyo sí y cuando vieron que los de la primera fila eran heridos en la cara, con una charrasca segura en el majo rostro del pisaverde, volvieron grupas y cundió un desorden descomunal en las filas pompeyanas con el resultado esperable. Las hordas eran las de Pompeyo. César venció y Pompeyo, uno de los que crucificaron a Espartaco, huyó a Egipto.

Cosas que pasaron y podrían volver a pasar.


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