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Roberto Hernández Montoya

Caracas, sábado 2 de agosto de 2003

Palabras en la entrega de la XIII edición del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos al escritor colombiano Fernando Vallejo, el sábado 2 de agosto de 2003 en la sede del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg), Caracas, Venezuela.

Ver
Discurso de Fernando Vallejo, ganador del Premio.
Freddy Castillo Castellanos, Palabras para Fernando Vallejo.

El a-bao-a-qu es animal que se alimenta de espíritu humano. No lo depreda, sino que se nutre de su fulgor. Si quien lo visita es un alma pura, el animal prospera hasta alcanzar su exuberancia máxima: un vivo esplendor azul. Si no, el a-bao-a-qu sufre y mengua y su gemido es un rumor similar al roce de la seda. Los que lo conocen dicen que solo ha alcanzado ese precioso clímax una sola vez, pero no revelan qué alma inestimable inspiró esa prosperidad insuperable. Lo cuenta Jorge Luis Borges en su Manual de zoología fantástica.

El a-bao-a-qu no es, sin embargo, me parece, animal fantástico. Lo vemos por doquier en la forma en que los animales prosperan o se extinguen según quienes estamos a su cargo seamos espíritus benignos o almas de destrucción masiva. Otras civilizaciones, anteriores o diferentes a esta —que con tanta arrogancia quiere monopolizar el calificativo de civilización—, han sido más comedidas con los animales. Los consideran sus iguales, sus amigos, sus aliados en la vida. Decía mi abuela Marcolina Zambrano que para conocer a una familia había que considerar el estado de su cocina y de su retrete. También decía que a una persona había que juzgarla por sus zapatos; no por su traje. Yo añadiría, elevado sobre su sabiduría, que también hay que considerar el estado de sus animales.


Demetra y Ringo
He terminado estableciendo un diálogo plácido con Demetra, mi perrita boxer. Para nuestros huéspedes aclaro que en Venezuela «loco de metra» significa ‘loco de atar’. Demetra es, efectivamente, para los humanos que convivimos con ella, loca de atar. Pero no la atamos, entre otras razones porque obviamente para ella, con razón, los locos de atar somos nosotros. Como lo son los humanos para un perro que vive en cierta instalación de Petróleos de Venezuela. Durante el paro patronal de diciembre y enero pasados un funcionario petrolero se quedó sin jefe. Asendereado durante décadas a presentar un informe diario de actividades a su superior inmediato, tuvo la ilustre idea que dirigir ese reporte a su perro durante esos días. Demetra, mi boxer, está pendiente de mis ausencias para depredar mis cosas. Ha devorado algunos libros —me refiero a la manera literal y no literaria de la trillada metáfora «devorar libros». He establecido con ella un equilibrado diálogo de actos, con pocas voces, porque raras veces ladra, casi nunca gime y jamás muerde seres vivos. Sus únicos conflictos ocurren con otros canes, lo que me preocupa para los efectos de su reproducción, pues ya casi está en edad de merecer, tanto que cree que mi gato Ringo es su hijo. Es peculiar el diálogo que se entabla con los animales, sin palabras, como proponía Jonathan Swift para evitar equívocos. Los canes comunican y son más astutos que lo que nuestra arrogancia humana está dispuesta a admitir. Sus mensajes carecen de la ambigüedad e inestabilidad inherentes al lenguaje humano. Como los ángeles, los perros son todo franqueza. No son reticentes como los gatos ni falaces como los camaleones.

Darwin
Charles Darwin
Como decía Mark Twain en eso del racismo: blancos y negros somos humanos, de modo que ya no podemos ser peores. En 1989, año centenario de Darwin, escribí un comunicado, atribuido a los animales. En uno de sus considerandos los monos decían:

Considerando que esa horrenda especie [humana], ignara y temerosa hasta de lo que habla, ha tenido que desarrollar la gramática, la lingüística y la censura; que, ignorante hasta de su vida mental, ha desarrollado la sicología; que, desconocedora de su vida social, ha desarrollado la sociología; que, incapaz de entender las producciones de su mente y de cómo es el mundo que están destruyendo, ha creado la filosofía; que, atónita ante lo que come, ha creado oficios contradictorios como la gastronomía y la dietética; que, avergonzada hasta de su propia imagen, oculta su cuerpo con incómodos trapos de los cuales sí se siente ufana; que, horrorizada de su libertad ha creado cárceles, fronteras, puertas y toda clase de obstáculos para la libre circulación; que, abochornada de su escasa vida sexual, no hace sino limitarla y por consiguiente pervertirla por los medios más extravagantes, con lo cual hizo su aparición esa nefasta entidad que llaman inconsciente, que luego trata de curarse mediante el sicoanálisis de su mente escindida y mal estructurada.

¡Cómo contrasta este párrafo demencial que acabo de citar con este de El desbarrancadero!:

En el silencio que siguió le pasé revista al cuarto de papi, a la biblioteca, al volado inspeccionándolo todo, y todo estaba igual, tal y cual él lo había dejado. Como no fuera la eternidad con sus primeras capas de polvo, nadie en el tiempo transcurrido había tocado nada. Ahí seguían sus libros en la biblioteca, sus papeles en el escritorio del volado, sus trajes en el clóset de su cuarto. Esos trajes modestos suyos marca Everfit de los tiempos de antes, que eran los que usaba en Colombia la gente honorable. ¡Pero cuánto hace que esa raza idiota desapareció de allí! Por eso hoy nadie en el país de Caco usa trajes Everfit: ni los rateros de adentro del Congreso ni los de afuera. Calculo que ya habrán cerrado la fábrica.

«Un poquito de decencia... eso es la felicidad...», decía José Ignacio Cabrujas.

Ese párrafo de Vallejo nos recuerda también a los venezolanos una época que desapareció en aquellos finales de la década de 1970, que he llamado la Champaña Admirable.

Otros animales son pacíficos y justísimos, como decía el poeta cubano Eliseo Diego en su poema El circo:

Y vimos al pacífico elefante
alzar su vieja trompa incomprensible
junto a las detenidas nubes blancas.
Y vimos al pacífico elefante.

Allí como una letra tosca y pura
que desborda el cuaderno de la infancia
—fino cuaderno, hijo de la noche—
nos ilustró la extraña lejanía

de las palmas grabadas y el silencio
que va creciendo con el humo pobre.
Allí como una letra tosca y pura
nos querías, justísimo elefante.

Ahora sé cómo son los elefantes y cuando vuelva a estar con uno, en el cuaderno de mis hijos, o en algún zoológico, en el circo, en alguna selva, sabré que me quiere esa criatura, que es justísima, con su «vieja trompa incomprensible». Y tendré querellas decisivas con quien los llame brutos y los mate como se matan delfines.

Para su sustento, Naturaleza dotó a los seres vivos de otros seres vivos. Pero los humanos no nos limitamos a esa ubérrima oferta. Esta especie delirante que somos los sacrifica en juegos por igual poéticos y demenciales, como la cacería llamada deportiva y las corridas de toros, o los eleva a divinidad como tantas religiones. Extraña especie esta que razona tanto como se vuelve loca y es capaz de convertir su crueldad más abyecta en las formas más sublimes de arte. La única demencia animal que conocemos es la de las vacas locas, que padecen de una enfermedad llamada encefalopatía espongiforme, y es dolencia producida por el hombre al darles a comer harinas cárnicas obtenidas de otras vacas, para aumentar su productividad. Esta locura de las pobres vacas al canibalizarse es contagiada por la locura atroz llamada codicia, tan humana, que nos induce a cometer tantos crímenes no por crueles menos ridículos. El neoliberalismo es una religión sin poesía.

Entre los animales que solemos maltratar está esa bestia precaria y aterradora que llamamos ser humano. Nos solemos manejar entre nosotros peor que con los animales. Exterminamos especies tanto como pretendemos exterminarnos unos a otros en «limpiezas étnicas», por ejemplo, que han invadido el siglo XXI cuando las creíamos cicatriz cerrada del civilizadísimo siglo XX.

Dos hermanas gemelas se odiaron a partir de cierto día porque prefirieron caminos políticos antagónicos. Se insultaron y finalmente se negaron la palabra, ese modo de privar al otro de humanidad, expresándole sin voz su voluntad de muerte: «Para mí no estás vivo». Una de las damas murió, en efecto, de muerte natural, hace unas semanas, y la sobreviviente languidece ahora en medio de la contrición por las palabras excesivas y los silencios desmesurados que propinó a la fallecida. ¿No la había matado ya acaso? ¿Es sostenible semejante comportamiento? Para muchos sí. Esa constatación me estremece.

Bierce
Devil’s Dictionary, by Ambrose Bierce
«Mientras más conozco a los hombres más quiero a mi perro», dicen que decía Schopenhauer. La frase expresa lo que tantos moralistas han declarado a través de los tiempos: Jonathan Swift, La Rochefoucault, Ambrose Bierce, Thomas De Quincey, tantos otros. Unos desahucian a este animal desnudo que somos. Otros dejan entreabierta al menos una rendija de esperanza. Unas religiones nos culpan indiscriminadamente. Otras nos ilustran sobre el equilibrio natural. Las más nos tratan de explicar de dónde viene todo. Pero entre quienes han alegado que el hombre es impureza del planeta estaba Bierce, también llamado «El Amargo», uno de los más admirados, si es que Bierce puede inspirar ese sentimiento. Al menos a nuestro homenajeado de hoy no le inspira admiración, pues entre sus negaciones está también el negador Bierce. Este paradójico Fernando Vallejo, ese hombre de ideas ásperas y de trato tan dulce, me recuerda a un amigo de la época adolescente. Todo lo negaba y era tan ateo que no creía ni en los cumpleaños. Un día lo desafié y le pregunté.

—¿Qué opinas de los bomberos?

—¡Que son unos bellacos! ¡En vez de dejar que todo se queme!

Pues bien, en su Diccionario del diablo, Ambrose Bierce, el «gringo viejo», como lo llamó Carlos Fuentes, ganador también de este Premio Rómulo Gallegos, proponía su definición, hoy clásica, del vocablo hombre:

Animal que está tan perdido en la abismada contemplación de lo que piensa que es, que pasa por alto lo que indudablemente debiera ser. Su principal ocupación es el exterminio de los demás animales y de su propia especie, que, sin embargo, se multiplica con rapidez tan insistente que infesta toda la tierra habitable y el Canadá.

Pero el colmo, el resumen de este diccionario satánico, está en su acepción de la palabra blanco. Simplemente la define como negro. Estos hombres, incluyendo a Fernando Vallejo, nos señalan aspectos de esta especie que venimos siendo, que no son fáciles de admitir. Si los admitimos nos quedamos llenos de preguntas sin respuestas simples, entre las cuales la idea de que no valemos nada es de las más simplistas. Tal vez el modo más llevadero de sobrevivir a esas verdades amargas sea tolerarnos mutuamente. Así no agravaríamos en tragedia este desconcierto de la mera existencia —hecho tan increíble, tan imprevisto, tan inexplicable, tan duro y al mismo tiempo tan trivial para la mayoría de la gente.

Porque, como dice Jaime Jaramillo Escobar:

Todo tiene enemigos, y la poesía también, pues el género humano es un género de amigos y enemigos. En un parque tuve la sorpresa de ver a una mujer maldiciendo a los pájaros. En casa de un melómano tuve la sorpresa de ver a su mujer odiando la música. [...] No lo estoy imaginando; lo he visto así. Y también, por supuesto, están los que odian la literatura y especialmente la poesía. Y entre los que odian a la poesía están principalmente los poetas. Todos los textos que existen contra la poesía fueron escritos por poetas, desde Platón hasta Jotamario Arbeláez [...]. «Mi adorada enemiga» se dice por igual a la mujer y a la poesía, y así es como este mundo funciona, mis queridos amigos.

Otra eminente poetisa, Blanca Varela, ha escrito un poema contra la rosa, titulado Una rosa es una rosa es una rosa:

Inmóvil devora luz
se abre obscenamente roja
es la detestable perfección
de lo efímero
infesta la poesía
con su arcaico perfume.

Fernando Vallejo ha expresado su admiración por varios escritores venezolanos, entre ellos el epónimo de esta casa y también por Andrés Bello. Estuve por preguntarle qué aprovechó de Bello. Pero al releer su prosa impecable no tuve que preguntar más. Allí viven y brillan con una comodidad virtuosa la Gramática de Bello y los comentarios de su compatriota Rufino José Cuervo.

He tomado unas palabras del canciller Roy Chaderton para titular esta plática porque ellas resumen el principal desafío de la Venezuela presente: «Incluir al excluido sin excluir al incluido».

Hace unos meses una periodista me preguntó escandalizada si era verdad que cierto grupo político se reunía en el Celarg. Yo estaba haciendo uso de la palabra en una reunión, por lo que me tocó improvisar una respuesta propia de mensaje de texto de teléfono móvil celular:

—En el Celarg se reúne todo el mundo.

Esta concurrencia de hoy es un ejemplo de ello. En esta casa de Rómulo Gallegos, efectivamente, se reúne todo el mundo. Y como decíamos durante la que se llamó Renovación de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela por allá por 1969, los que aquí laboramos «hemos aprendido a estar en desacuerdo y a estar juntos». Porque siendo una institución académica, no debe haber terreno fértil para los fanatismos que se proponen la exclusión arbitraria y violenta de la palabra divergente. Aquí reina la más amplia tolerancia y cada quien expresa sus ideas en la confianza de que será respetado aun por el más diametral adversario.

No otra vocación puede tener una institución cuyo mandato principal es precisamente, y cito textualmente sus estatutos: «La integración de la América Latina y el Caribe a través de la cultura». ¿Cómo podríamos integrar sin aceptar y hasta celebrar la diferencia? Porque integrar no es igualar, sino enriquecernos mutuamente desde las diferencias, y no solo económicamente, sino culturalmente, que no es menos importante. ¡Tantos intentos de integración economicistas, de esos de hoja de Excel, han fracasado por no tomar en cuenta las culturas! El Celarg es, que sepamos, la única institución venezolana que tiene como mandato explícito la integración, mucho antes de que la actual Constitución la consagrase en su Preámbulo.

Invitamos, pues, modestamente, hasta donde la voz de la institución alcance, a la humanidad a prosperar culturalmente en el Celarg, porque la riqueza de todas las culturas ha confluido en América Latina. Lo he dicho otras veces en esta sala: así como Europa enseñó a la humanidad a sangre y fuego a ser como Europa, esta «raza cósmica», esta América nuestra, en donde ningún ser humano nos es extraño, puede enseñar a la humanidad a ser como la humanidad.


Francisco Sesto, viceministro de Cultura,
y Fernando Vallejo en la entrega del Premio


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