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 Caracas, Viernes, 25 de mayo de 2012
 

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El folklore, reservación indígena

Mayo de 1989

Roberto
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia, Caracas, Venezuela.

La cultura, ya se sabe, se divide en Cultura-Propiamente-Dicha, cultura popular, folklore y subcultura. Como se puede apreciar, se trata de una clasificación tan gentil y apacible que no se anima a preguntar cosa alguna sobre sus soportes históricos o teóricos.

Así, nadie parece confundirse a la hora de consumir sea la Verklärte Nacht, un cuento de caminos, un bambuco o la Disco Music. Nadie parece confundir mayormente los terrenos y las moradas, así como, al decir de Huxley, ningún caballero conocedor de la gramática social se pondría zapatos marrones con traje azul o incurriría en dejarse ver la clase regalando una estatuilla de María Lionza a un hombre tan fino como Gillo Dorfles.

Porque ocurre que nada hay quizás más impertinente que el discurso ceremonial de la Cultura (con C mayúscula). Hablar de ella es una acción en que cada quien se siente tan autorizado como cada cual, visto que afirmar las más privadas elecciones simbólicas gratifica un ego tan absoluto como ante él resulta despreciable el id que elige un objeto y se opone a «sus» preferencias. Id es ‘el Otro’ o, como decían los gramáticos árabes, ‘el ausente’, la ‘no persona’. En esto la ansiedad existencial es tan aguda que la selección de la 40 de Mozart que se opera para conjurar a Waldo de los Ríos parte del principio de que este señor contaminó tanto a la 40 de eso que Dwight MacDonald llama «Midcult», que puede terminar dictaminando que hasta Mozart también era un balurdo que se dejó «vulgarizar». Terminan cogiéndola con el pobre Mozart porque ya no les sirve para distinguirse del vulgo parlero en medio de la promiscuidad cultural, visto que ya cualquier repartidor de farmacia reconoce la Kleine Nachtmusik sin necesidad de ser de buena familia.

Esto es, sin embargo, una consternación menor, por cuanto si se respeta en líneas generales la clasificación que ofrecimos al comienzo, todo el mundo queda feliz con su reparto, dentro de sus casillas. Sólo se quedará con un mínimo de sana aflicción la gendarmería de la «Cultura-Superior», entre cuyas filas se destaca el fiel celador Dwight MacDonald cuando en su célebre artículo «Masscult and Midcult» deplora esa tendencia del Masscult «a mezclarlo todo», actitud que «pareciera orientarse en una única dirección: la de degradar las cosas serias y no la de elevar las frívolas». Aparte de no entender cómo se puede elevar una cosa frívola, nos preguntamos cómo a MacDonald no lo atacó una crisis de trascendentalismo en esa su jerarquía más militar que cultural, que en su paranoia disciplinaria termina relegando al mismo Hemingway al deshonroso Masscult.

O se levantará una loa a aquel meritorio esfuerzo de George Henrik von Wright, que escribió todo un libro (The Logic of Preference) para exponer una lógica que nos permitirá una evaluación de la ‘condición de mejor’ (betterness, la llama él) de las cosas, basada en un instrumento racional. Aparatico que seguramente se emparienta con el modelo matemático que a los economistas marginalistas sirve para dar cuenta del «placer decreciente» de las sucesivas cucharadas de sopa.

Claro, MacDonald y Wright ofrecen tan confiadas propuestas por la misma razón por la que Gillo Dorfles se atreve a titular un libro, así, sin más: Kitsch: el mundo del mal gusto, en el que se permite ignorar todas las mofas y befas que los surrealistas hicieron del « bon goût ». No es que uno pretenda proclamar una preceptiva estética del surrealismo; eso es un vicio académico que solía repugnar precisamente a los surrealistas. Pero no puede nadie en estos tiempos reafirmar valores como ese de «buen gusto» o «mal gusto» sin tomarse el trabajo de al menos refutar a los surrealistas.

Y si despachan así a los surrealistas, estos señores MacDonald y Dorfles, que se sienten tan vanguardia, tan in, ¿cómo iban a guardar la mínima consideración a todas las burlas platónicas al concepto de belleza? Platón se tomó el trabajo de dejarnos un diálogo, el Hipias mayor, precisamente para evitar, como ha debido suceder, a sujetos como estos el bochorno de afirmar así, sin el menor examen crítico, un Absoluto: la Belleza, por ejemplo. De modo de Dorfles nos revela que el hecho de que hoy prevalezca la tendencia a evitar el adjetivo «bello» para una obra de arte, no significa que no pueda fácilmente diferenciar entre dos artefactos sobre la base de una «escala de placer»» (la de Wright, claro está). Como si Sócrates, es decir, Platón, no hubiese ridiculizado suficientemente al presuntuoso Hipias, a propósito del «placer» que según este ocasionan las cosas bellas.

Hipias, hombre tan fino como MacDonald, se horrorizaba de que Sócrates, como el Masscult, mezclase las cosas al preguntarle qué tenían en común una bella virgen, una bella yegua y una bella marmita para ser las tres bellas. Decía Hipias, como MacDonald del Masscult, que eso equivalía, en un acto mal educado y grosero, a «nombrar cosas que no hay que nombrar en una conversación seria». A lo que Sócrates respondía que sí, que eso era «mal educado» y «grosero», solo que no tenía «otra preocupación que la verdad»; cosa que tiene sin cuidado a gentes como Hipias o MacDonald, demasiado ocupadas con el ceremonial dominguero de la Cultura.

Porque así transcurre la vida de las sociedades, clasificando artefactos, trazando permanentemente «escalas de placer», viviendo como curadores del mundo, separando las cosas, en un vasto catálogo universal, que nos permita visitar el Universo como si fuera un museo bien organizado. Ello ocurre, entre otras cosas, claro está, porque no puede ser de otra manera. La impertinencia comienza solo cuando estratégicamente alguien se rehúsa a asumir la responsabilidad del rechazo —o la displicencia, en el mejor de los casos— que comporta toda elección. Entonces se asumen dos tácticas sucesivas: la improvisación de razonamientos justificatorios y la impostura de un «método científico» para valoraciones que tienen su origen en las opciones sociales e históricas de cada quien o de cada cual, según sus querencias dentro del orden social.

Comportamiento que aquí en los mundos coloniales se adereza con acciones que pretenden naturalizar el rechazo a priori de la cultura de los menos poderosos, esto es, de los nativos, mediante instrumentos más o menos groseros dentro de su pretendido refinamiento; o con gestos paternalistas que recogen del suelo «las cosas del pueblo» y las exaltan deferentemente.

El rechazo se escuda en la heredad legítima, inocente, de la Cultura —occidental, se entiende, ese instrumento histórico de selección, de destilación de sistemas simbólicos, es decir, de represión—. El abrazo demagógico, por su parte, reclama fervorosa devoción por los productos populares, con esa magnanimidad que casi siempre termina confinando en el folklore toda manifestación nativa. El folklore se erige entonces como una reservación indígena, en donde toda acción simbólica se congela para siempre.

Ambas actitudes, tácticas de una misma estrategia, coinciden en un mismo principio: el de poner en su lugar tanto al ego culto como al id inculto: la cultura inferior es siempre, ¡qué casualidad!, la cultura del Otro. En medio del mundo de valoraciones estables que separa la Cultura-Superior —el Highcult— de la cultura de masas, del pop y del folklore, nadie teme por su propia identidad semiótica.

Por eso Alejo Carpentier, ese largo estudioso de los mundos coloniales, decía irónicamente que folklore «es palabra que, en América Latina, debe pronunciarse con tono grave y fervoroso», tono que, cuenta Carpentier, un famoso compositor soviético recusaba por ser un «argumento de ropavejero». Ropavejero entre cuyas manos la cultura popular, el folklore, corren el riesgo de convertirse en una exaltación de la inmovilidad. Para evitar esa tendencia objetiva, de la cual nadie en particular es responsable, el estudio del folklore debe partir no de la postulación de esa perpetuidad, sino de aquel principio enfático de Julio García Espinosa: no podemos celebrar el folklore, así pura y simplemente, sin advertir primero que ese espacio es lo único que se le ha dejado al pueblo. Y luego salir y tomarse todas las precauciones que vengan al caso, para que, como decía García Espinosa, el futuro sea del folklore.

El folklore comenzará a ser un terreno decisivo cuando trascienda los instrumentos etnográficos que lo quieren capturar; porque la cultura de la gente, como los libros, va más allá de las compilaciones bibliotecarias. El mejor estudioso social no es el que secuestra su objeto, sino que lo aprecia en su libertad. El estudio del folklore, de la cultura popular, es importante, por supuesto, pero su acción solo se vuelve útil en el preciso momento en que, especialmente en medio del más entusiasta festival, se cae en cuenta de que ni los productos de la cultura popular, ni los libros, se crearon para los estudiosos, sino para la gente.


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