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Inconvenientes de la inmortalidad

Roberto Hernández Montoya

Letras Online

Letras, 25 de junio al 1º de julio de 1998
Roberto_y_Hannah
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia
, Caracas, Venezuela.

    La muerte es una falacia. Nosotros no morimos, nos transformamos. De nuestro cuerpo salen gusanitos que después se convierten en mariposas y emprenden el vuelo. Por eso digo a los niños que no cacen ni maten a las mariposas, pudiera tratarse de un gran artista o un gran poeta.
    Por eso en mi canción
    Clarabella concluyo diciendo:«Yo nunca pienso que me tengo que morir».

Francisco Repilado, «Compay Segundo»

Hay que ser un dios para merecer la inmortalidad. Hay incluso dioses que no la tienen, como los germánicos.

El hombre es el único animal que sabe que morirá. Eso conmovió tanto a Prometeo que desafió a Zeus brindando a los hombres el fuego divino, esto es, la cultura. Zeus lo condenó a permanecer encadenado a una roca donde un águila le devoraba el hígado, diariamente restablecido para prolongar el suplicio durante treinta mil años. De ello lo liberó Hércules. Favores así se agradecen.

Los filósofos han estipulado sobre la muerte: filosofar es aprender a morir; solo muere la carne, pues el alma es eterna; para conocer un sistema filosófico hay que saber qué dice de la muerte; el hombre es el único animal que entierra sus muertos; el hombre es un ser para la muerte; la vida es una pasión inútil; morir es transfigurarnos en neutrino, nube, ventisca, gruñido selvático.

Luego de pensarlo durante mis décadas tengo dos preguntas: ¿cómo sabré durante la vida eterna que después de ella no habrá otra y después de ella otra? ¿Conviene ser eterno en la Tierra?

Comencemos por las ventajas de ser inmortal: contemplar la vida humana sin la intermediación de historiadores. A uno le constará qué fue por fin lo que pasó en la trifulca de 1848 en el Congreso de Venezuela; cómo era la vida en Versalles; qué voz usó Bolívar para convencer a los llaneros de ir a guerrear en el Alto Perú, hoy Bolivia; leer los libros perdidos de Aristóteles; reunirse con los sabios de toda época. Ser ratón de la Biblioteca de Alejandría. ¿Imaginas una persona que vio animarse la Revolución Francesa o la Revolución Neolítica? Según Jorge Luis Borges un hombre inmortal es todos los hombres.

Nuestra vida es tan corta que apenas puede alcanzar excepcionalmente los cien años de mi abuela Eulalia Mujica, que vio llegar a los andinos desde Cipriano Castro hasta Carlos Andrés Pérez; subir la falda; hablar radios y fisgonear televisión; caer el Liberalismo Amarillo, subir Castro y morir Gómez, caer Medina, subir Betancourt, caer Gallegos, subir Delgado Chalbaud, caer Pérez Jiménez, resurgir Betancourt, Leoni, Caldera, Pérez. Vio nacer valses decimonónicos en Valencia (Venezuela), surgir Gardel y estallar los Beatles. Dos Guerras Mundiales, incluyendo Hiroshima y Nagasaki. No fue poco, pero tampoco suficiente.

Jonathan Swift pone a Lemuel Gulliver en un país de inmortales. Lemuel imagina lo bueno que columbro arriba y más, pero se decepciona cuando ve que la decrepitud de los inmortales no tiene fin.

Conjeturo cosas peores, aun conservándote joven: verás morir a todos tus hijos, que resentirán que los sobrevivirás y estarás joven mientras ellos envejecen. Verás chochear y morir a todas tus parejas, a tus familiares, a tus amigos, a tus hijos. Terminarás dejando de amarlos para no impregnarte generación tras generación de tristeza tanta. Se invertirán los papeles: en lugar de tener hijos para tener quien te sobreviva no los necesitas porque te sobreives a ti mismo. Te quedarás, pues, solo en cada generación. Los mortales te adorarán como dios, pues serás dios; o te execrarán como monstruo, porque serás monstruo. Saben que se irán y tú te quedarás para ver la continuación de la película. Los mortales te pareceremos tan provisionales como pomposos. ¿Y si descubres que el tiempo humano es empalagoso, que cada hombre es en acto o en potencia todos los hombres y que entonces la inmortalidad no solo es inútil sino desesperante porque te aburres de todos y hasta de ti mismo? ¿Y si un día te hartas de tiempo tanto —les pasa a muchos viejos, a ciertos jóvenes; pasó al Holandés Errante— y no puedes dejar de ser? Terminarías escondiéndote como tal vez el Dios de los monoteístas. Tal vez Dios sí existe y solo se ocultó porque se cansó de desentonar. Tal vez hay inmortales viviendo desde hace milenios en cuevas profundas.

Sí, estoy reconciliándome con la muerte, pero ¿verdad que la inmortalidad luce peor?


Francisco Kerdel Vegas, En busca de la inmortalidad

Ver también:
Dime cómo te mueres y te diré quién eres
Disparen primero y averigüen después
Licencia para matar
Muerte de pena
[la pena de muerte]
Ya El Dorado no es un mito

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