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Instrucciones para perder la virginidad

¡Ah, la inocencia!

Roberto Hernández Montoya

Caracas, domingo 21 de marzo de 1999

Roberto
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia, Caracas, Venezuela, ca. 1998.

La virginidad no es solo tránsito hacia la impureza adulta. Es más compleja, porque luego vienen mil disquisiciones sobre el concepto de pureza y un largo etcétera. La reflexión sobre los mitos discurre inevitablemente por terreno fangoso, donde el pensamiento mágico recupera su arrogancia.

Como si no fuera ya bien embrollada, tenemos que no es solo sexual, que hay virginidades más solteras. Nos hacen apurruñar al infante que confunde a un loro con una gallina e inspira protegerlo.

No conviene burlarse porque todos somos vírgenes de algo. Ponme en una puja de bolsa de valores y soy un angelical doncel. Cuando el presidente Hugo Chávez nos dijo en Miraflores a los intelectuales que no iba a masacrar al pueblo me resonó algo parecido. La idea es imprescindible y por fin un gobernante, desde Diego de Losada, dice que no va a masacrar gente y cumple, que es lo más espectacular. Y encima disuade invasores de tierras ajenas. Como para no creerlo.

Pero todos estamos perdiendo virginidades en este proceso. He aquí mi propia desfloración en lo que respecta a invasiones, hasta donde me he informado y reflexionado. En primer lugar no es una jacquerie romántica, como la de aquellos campesinos franceses de 1358 que arrasaron señoríos con señor y todo. Nuestras invasiones son más elaboradas.

No son simplemente la gente buena, que sufre, ama y espera, y de pronto se enfurece como Juan, el Veguero, como en las novelas virginales de Rómulo Gallegos —por eso lo tumbaron a él y a Rómulo Betancourt no. ‘Pueblo’ es concepto que pasa por muchas mediaciones. Es una nebulosa hasta que se concretiza en acciones. Vas a invadir. Debes concertarte con otros. Estudiar el sitio. Movilización, madrugada, cafecito y empanadas, tiendas, desbrozar monte, remover basura. Siempre hay unos que son menos vírgenes que otros. Hay los que ya han invadido otros parajes. Gente labrada en partidos políticos, en los procesos puntofijistas de invasión sistemática de Estado, cuando un barrio amanecía pícaramente con el nombre de Luis Herrera o de Blanca Ibáñez. Una señora recibe una herencia en España, la liquida, se viene a Venezuela, donde vivía ya, compra un terreno creyendo la historieta de la propiedad privada y un alcalde que no era virgen como ella se lo invade para satisfacer a su clientela. La propiedad privada es una historieta mientras solo se respeta la de los más poderosos y la de los más débiles es cacería menor para los caudillos regionales, como en las novelas no tan virginales de Gallegos. También hay que ponerse en el caso del pobre alcalde, ¿cómo lo reeligen después si no tiene clientela? Claro, si eres virgen no entiendes los rejuegos que inventaron Caldera, Jóvito y Rómulo cuando se reunieron en la quinta Punto Fijo. Ese alcalde está objetivamente con el proletariado, mira tú lo útiles que pueden ser las tramas teóricas del marxismo.

Estamos, pues, en un paraje más agreste que cuando creíamos que los niños venían en cigüeñas. Excelente idea no masacrar a nadie. Pero más excelente será que, sin virginidad, superemos este modo puntofijista, clientelar, de distribución de la pobreza. Y no declarar que es una telenovela, que recuerda tanto el estilo literario de Luis Herrera. No sé si las invasiones son cosa de gente de Punto Fijo. No estoy enterado de tanto. Pero si no es ella, es la maquinaria que dejaron. Chatarra y todo, todavía se zarandea.

Qué bonita oportunidad para crearnos un nuevo concepto de propiedad, más fluido, menos maniqueo y más realista.


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