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A falta de gobierno, buenos son mass-media

Roberto Hernández Montoya

Domingo 22 de marzo de 1981

Los teóricos de la ineficacia de la palabra deberían invertir parte de su entusiasmo en examinar cómo, entre nosotros, el verbo es lo único que últimamente ha mostrado algún grado, siquiera imperfecto, de solidez.

Viene el policía Ledezma y mata a tres niños a sangre fría, con premeditación, alevosía, ventaja, ensañamiento, a campo traviesa, valido de su autoridad, y el Estado es incapaz de dar una respuesta inmediata a la presión pública. Tiene que venir la prensa escrita y radioeléctrica a ofrecer no solo la campaña que culminó con el procesamiento del distinguido, sino a intentar el examen teórico que los estudiosos —quizá ocupados en asuntos más importantes— no emprendieron. Tuvo que venir, por ejemplo, el periodista Argenis Martínez, en El Nacional del día 12 de marzo, a profundizar en las raíces del fenómeno e irse con su perspicacia más allá de la anécdota, con la consiguiente alarma de las almas cómodas que prefieren contar con un chivo expiatorio que libre a nuestra formación sociopolítica de toda responsabilidad estructural.

Un día aparecen dos niñas con problemas mentales abandonadas en un barrio y lo que debió ser un hecho rutinario —llamar al siquiátrico, al Instituto del Menor, a los bomberos— tuvo más bien que convertirse en motivo de largos reportajes del Canal 2. La gente del barrio es demasiado aguda como para creer que sin un escándalo de opinión pública algo incluso tan trivial pueda tener solución. La gente del barrio acudió a la televisión para que la onda expansiva llegara, como llegó, a la Primera Dama y las niñas encontraron amparo en las instituciones correspondientes, quién sabe por cuánto tiempo.

Si un ciudadano está interesado en que algún organismo le cierre un hueco que acaba de despacharle una punta de eje o por poco su vida misma, ese ciudadano no debe llamar al Municipio o a la Gobernación o al Mindur o al doctor Fulano. Ese ciudadano hará más eficaz su pedido si se dirige a Joselo, quien a buen seguro encontrará mérito suficientes en el hueco en referencia para incorporarlo al Campeonato Nacional de Huecos que actualmente celebra en su programa. Tan eficaz ha sido la palabra de Joselo que, apenas promovió algunos huecos, las autoridades fueron y se los cerraron aviesamente.

Ningún político venezolano ha interrumpido su pacotilla cotidiana de almuerzos por mampuesto, véndeme esos votos, ábreme ese maletín, cógeme eso ahí, quítame allá estas pajas, pícale la barriga, vamos a conseguirle par de jevas para que firme la licitación, métele unos tiros, tírale desvío, para intentar enfrentar ese tipo de fenómenos por razonable anticipación.

Como tampoco habrá quizá ningún criminólogo, ningún sociólogo, ningún semiólogo, ningún doctor que trate de explicar el cuento ese de los ocho travesti que, aparte de otras maldades quizá más bien graciosas, mataron a puñaladas a un auditor del INCE. Dije semiólogo porque si bien el paradigma de sobrenombres de estos ocurrentes asesinos discurre por monemas rutinarios como «Mariela» y «Judith», también se expresa en adjetivaciones como «La Viva», «La Gaga», «La Maracucha», en jitanjáforas como «Tatatita», hasta llegar a sintagmas algo más inquietantes como «La Bollito de Maracaibo», «La Flaca Kulev» y el más vertiginoso: «La Flaca Stalin» (El Nacional, 13/3/81).

Los medios de comunicación han terminado sustituyendo la acción del Estado en su administración de justicia, de salud, de ornato público. Es la prensa la única que de vez en cuando ataja las deforestaciones especulativas, las matanzas de indígenas o intenta desarmar los cangrejos policiales. En el peor de los casos —que es, claro está, el mas frecuente—, cada vez que hay un escándalo público, la única sanción de los culpables, vista la ineficacia del Estado, es su exposición ruidosa por los medios de comunicación. Nunca ha ido preso ningún peculador, como dice Naranjo (El Nacional, 15/3/81), pues la única sanción que se reserva para tales personajes es aparecer dando declaraciones embarazosas en una rueda de prensa.

Ante la ineficacia de lo que los teóricos de otrora llamaban la praxis, nos encontramos nada menos que con la consistencia de los signos «en el seno de la vida social». Con lo cual veremos quizá que la prensa, de haber sido alguna vez el «Cuarto Poder», pasará a ser simplemente el Poder, momento en el cual, me imagino, habrá conseguido convertirse también en un mamotreto inútil, como el Estado, ese en que sueñan convertirla algunos comunicadores sociales que han confundido el «nuevo periodismo» con el tartamudismo síquico y en la ignorancia gramatical.


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