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Sección: Bitblioteca
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No entienden nada Domingo 8 de marzo de 1998
Luis Castro Leiva presentó su discurso de orden el 23 de enero pasado y en lugar de aceptar, refutar, modificar, rechazar su tesis, los políticos alegan que fue un mandado encargado por Luis Alfaro Ucero. Esta y otras respuestas que obtuvo Castro son la demostración de cuánta razón tiene, lamentablemente. Calculo que nadie quiere tanto estar equivocado como Castro. Su temor es que esta democracia vale mucho y costó mucho y que podríamos perderla por muy poco. Que los políticos tradicionales deben cerrar filas para evitar ser sustituidos por dos o tres amateurs, o políticos veteranos disfrazados de antipolíticos. Que los salserines, por ejemplo, están a punto de ser lanzados como candidatos a concejales, que, vamos, ser cantante o reina de belleza no necesariamente titula para nada más, etc. Como se ve, podemos discutírselo, desde la aprobación hasta el rechazo; pero lo que no tenemos derecho a hacer es descalificarlo. Pero los políticos están tan acostumbrados a que su palabra no vale nada que creen que la ajena tampoco, y simplemente despachan las ideas de Castro juzgando por su condición: se trata de una maniobrilla de pasillo. La confrontación de Castro con los políticos evoca aquella diferencia que señalaba Ortega y Gasset entre políticos e intelectuales: el político, decía don José, «es un hombre ocupado», mientras el intelectual «es un hombre preocupado». El problema no es que el político sea una persona ocupada, sino en qué andanzas anda ocupado. Y es para preocuparse las cosas en que estos políticos andan ocupados. Y más preocupa que no entienden nada. Les hacen revueltas, golpes, decremento de votos, rechazo en las encuestas, y algo que debiera preocuparles, si algo les preocupa: se vuelven escombro histórico (Carlos Andrés Pérez, Eduardo Fernández, Claudio Fermín), y siguen sin entender nada, como si no fuera con ellos. Los tratan de tumbar y no entienden, e, imagino, los tumbarán y seguirán sin entender, los lanzarán al exilio, a la cárcel, al paredón y seguirán sin entender. Desde al menos el 27 de Febrero, por no decir antes, viven comprando supervivencia, corriendo arrugas, fijando plazos traicioneros, barriendo por donde pasa la reina y a veces ni eso. En lugar de «resetear» la computadora y poner orden en la borrachera, se dedican a posponer sine die toda reconsideración. Más bien siguen en el jueguito de armar alianzas de madrugada, y últimamente revivir guanábanas. Durante la década de 1960 hubo un lema que decía: «¿Y qué tal si un día dieran una guerra y nadie fuera?» ¿No será que les estamos haciendo demasiado caso? ¿Que los están invitando demasiado a los programas de opinión? ¿Y si amaneciera un día y no salieran en los periódicos y en la televisión? Tal vez les hemos reído demasiado la gracia. No sé, obviamente esta proposición es ridícula, pero al menos no es peligrosa, como la aparición de un salvador de la patria en las elecciones de diciembre. Y yo digo como Ramón Guillermo Aveledo: no quiero que me salven.
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