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Neoliberales de 15 y último

Roberto Hernández Montoya

Caracas, sábado 24 de febrero de 2007

Suscribirse al grupo del programa radial Como ustedes pueden ver (un programa para la gente que escucha)

roberto_marcos_castillo
Caracas, martes 22 de marzo de 2006
(foto revista Sufragio).

Tengo dos amigos no solo neoliberales sino poco consecuentes. Uno tiene un carro paralizado en su puesto de estacionamiento porque no tiene con qué repararlo. Otro anda en una llaga patética. Me digo: un neoliberal serio debiera demostrar su eficiencia a través de una empresa pujante, dejando por el camino un tendal de cadáveres económicos y de los otros si hace falta, en su darwinismo social: la supervivencia del más apto.

Ambos eran tan enardecidos en la izquierda como ahora en la derecha. Es imposible hablar con ellos de otro tema, lo que confirma aquella sentencia de Winston Churchill: el fanático no cambia ni de opinión ni de tema.

Ambos viven del sueldito universitario que les paga Liliana Hernández con sus impuestos. Vergüenza debía darles, no porque sea bochornoso ganar un sueldo, sino que la doctrina del Mercado como Deidad Suprema compromete a convertirse en próspero empresario, ¿tú no crees?

Es más fácil defender a un comunista empresario, Engels, Miguel Otero Silva, que a un neoliberal asalariado. Ganar mucho dinero no te descalifica como luchador social. Cuentan que un día un tipo recriminó a Miguel Otero por qué no repartía su fortuna entre los pobres. Otero entregó un bolívar al acusador, diciéndole:

—Aquí tienes, ya empecé.

Comunismo no es caridad de damas de té canasta, sino de transformación de estructuras.

Pero no opera la recíproca con un neoliberal, que pregona que el ser humano es una basura de codicia sin escrúpulos, en que la máxima virtud consiste en proclamar como Hobbes que el hombre es un lobo para el hombre, homo homini lupus. Solo la rapiña produce riquezas para grandes y chicos. La piedad cristiana por los débiles es, precisamente, una debilidad criminosa, pues empobrece. Por eso todo neoliberal tiene el deber de hacerse rico lo más pronto posible y lo más que puje. ¿Qué puede pensar un empresario de un asesor todo remendado y descachalandrado? Pero es que también hay empresarios inconsecuentes, como un banco de lo más caribe él que no es capaz de darme una simple tarjeta de débito, que tuve que cambiar porque la anterior me la clonaron.

Son neoliberales incoherentes, pura ideología sin carne, pues profesan un amor platónico por el lucro.


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