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Alerta: nibelungos al acecho Caracas, miércoles 27 de agosto de 2003 Der Ring des Nibelungen El anillo del nibelungo [el texto del libreto en español]
El debate político en Venezuela El oficio de las hermosas Doncellas del Rin era custodiar el oro que albergaba ese río sagrado. Un mal día llegó por allí Alberico, de lo más lascivo y contrahecho, como todo nibelungo. Al verse requebradas por señor tan defectuoso las muy malvadas le sacan fiestas para luego burlarlo. A poco Alberico repara en el brillo del oro en el fondo del río. Las Doncellas, sabiendo su condición enamoradiza, le explican al airado chiquilicuatro que con ese oro se puede forjar un anillo con el que se detenta poder sobre el mundo, pero que para ello hay que renunciar al amor. Lleno de odio para siempre, Alberico renuncia al amor y se roba nada menos que el Oro del Rin. Corte a: el Walhalla, donde duermen Wotan, padre de los dioses, y su mujer Fricka, no menos diosa, quien despierta y le dice: Wotan, Gemahl, erwache! Wotan, esposo, ¡despierta!. Sigue una querella doméstica en la que Fricka reprocha a Wotan haber negociado con los gigantes la erección del alcázar de los dioses, el Walhalla. Marte y Venus: el hombre la errancia, el poder y la violencia y la mujer la bella casa, el dulce interior para estar con su marido. He vivido suficiente para saber que hay mujeres guerreras y hombres caseros y afables, pero la desorientada realidad no facilita asimilar el sistemático mito. El pago que Wotan ha ofrecido a los alarifes del Walhalla, los gigantes gemelos Fafner y Fasolt, es su cuñada Freia, la que cultiva manzanas de oro de cuya ingestión los dioses derivan eterna juventud. Los hombres disponiendo de las mujeres sin permiso. Loge, dios del fuego, del comercio, de la astucia, de la trampa, otro estereotipo, propone un cambalache: el anillo y el tesoro nibelungo por Freia. Los gigantes consienten, pero se llevan a Freia en arras, porque saben que los dioses germánicos, como los griegos, son marrulleros. Las deidades envejecen súbitamente por la falta de las manzanas de Freia. Hasta los dioses necesitan a las mujeres. Loge instiga a Wotan a bajar al Niebelheim, el sótano de los nibelungos, a recuperar el oro. A eso hay que llegar para obtener el poder absoluto: todo un padre de dioses descendiendo a la última abyección. Recuperan el oro en una batalla de miserias: Alberico alardea de que con ese anillo y cierto casco mágico puede convertirse en cualquier cosa. Para impresionar a los dioses, ante quienes siente un intenso complejo por escaso y por grotesco, Alberico se vuelve dragón. Los dioses fingen celebrarle la metamorfosis, pero el pícaro Loge lo desafía a volverse lagartija a ver si es verdad que como ronca duerme. Alberico, tonto, acepta el avieso reto y Loge grita a Wotan que lo pise y le arranque el anillo, lo que el padre divino logra con facilidad. Alberico, vuelto de nuevo nibelungo, enfurecido por perder lo único que tenía poder, maldice el anillo: todo el que lo porte morirá prematuramente, incluyendo a los dioses, porque las divinidades germánicas son mortales. Regresan Fafner y Fasolt a cobrar. Vienen con Freia, a quien, diosa objeto, colocan entre sus respectivas estacas, e insisten en que la tapen con el tesoro. Así lo hace Wotan, a regañadientes. Al final queda solo visible un ojo de la diosa, que puede ser cubierto con el anillo, que Wotan, hecho el mogollón, no ha entregado. Los gigantes insisten en la sortija, lo más valioso del tesoro. Wotan se niega. La descomunal conflagración es inminente: titanes contra dioses. Aparece entonces Erda, la diosa de la tierra, madre de todos los dioses incluyendo a Wotan y a Fricka, pues estamos ante un matrimonio incestuoso y defectuoso porque Fricka es estéril y Wotan le vive cobrando el ojo que perdió por ganarla. Fricka es hija de su marido Wotan con Erda, la madre de este, su hermano y padre. Se llama promiscuidad. Erda, sabia, tribunal supremo de justicia sobrenatural, garante de las leyes del universo, escritas en las runas de la lanza del tuerto Wotan, le exige el cumplimiento del pacto. Wotan, dios constitucional, cede el aro. Surge inmediatamente un altercado entre los gigantes por el anillo y Fafner mata a su gemelo Fasolt con su estaca. Fasolt amaba a Freia, pero para obtener el anillo había que renunciar al amor y además morir prematuramente. Fafner mata a Fasolt no porque tuviese más fuerza, sino porque tenía más odio. Esto es apenas un resumen acelerado del prólogo de la tetralogía (Richard Wagner, el autor, decía que trilogía) de Der Ring des Nibelungen El anillo del nibelungo. Sigue una historia larga que intentaré poner en sus rasgos imprescindibles. Brunilda, valquiria, diosa virgen y guerrera (¿ves que hay mujeres guerreras?), desobedece a Wotan al salvar a Siglinda, hija de Wotan madre de Sigfrido, el héroe de esta historia, el «tonto puro» que tanto exaltaba Wagner quien era por cierto todo lo contrario de un tonto y mucho menos puro. Presionado por Fricka, Wotan debe abandonar a sus hijos, habidos en otra mujer, fuera de nómina. Por desobedecer y protegerlos, la valquiria Brunilda, hija favorita de Wotan, debe olvidarse para siempre de repetir la famosa Cabalgata de las Valquirias, descender a humana y ser poseída por un hombre. Está bien concede Brunilda, pero que sea un héroe. Wotan, padre amoroso, acepta: la duerme cercada por un fuego aparente, creado por Loge para amedrentar a los cobardes. Siglinda había muerto del parto de Sigfrido, quien es criado por otro nibelungo, Mime, antiguo sirviente de Alberico. Mime, cobardía pura, paradójicamente no enseña el miedo a Sigfrido para que oportunamente mate a Fafner, quien se ha convertido en dragón para custodiar el anillo y el tesoro de los nibelungos. Nada más eso hace día y noche: cuidar un tesoro. A ello conduce la codicia: a ser pura avidez en la vida, sin amor, sin descanso. Así son algunos magnates: cicatería en estado puro, sin fisuras. A algunos hasta miedo da nombrarlos. Sobre todo que es cruel informarles que su afán da risa. Tú conoces gente así porque acecha por todas partes y es, precisamente, la más visible, porque es la que glorifican los medios, que a menudo, además, son su propiedad. Es mediante esa artimaña embrollada y morosa como Mime se propone recuperar el anillo. Unos, como monjes de clausura, consagran su vida a cuidar tesoros y otros a arrebatárselos. Ni unos ni otros los gozan. Tienen lo que Aldous Huxley llamó «un apetito desinteresado por la opulencia». El único que puede forjar a Notung, niedliche Schwer, la espada anhelante para matar el dragón, antecedente del sable láser de la Casa Skywalker, es alguien que nunca haya sentido miedo. Así lo cumple Sigfrido. Con ella mata a Fafner el dragón y Mime recobra el anillo, que él mismo forjó cuando era esclavo de Alberico. Pero la sangre del dragón Fafner es muy caliente y ha quemado la mano de Sigfrido, quien se la lleva a la boca instintivamente. Al probar la sangre del dragón, Sigfrido entiende el canto de los pájaros. Sí, la poesía es bella. Uno de ellos delata a Mime: el refresco que este ha preparado para que Sigfrido lo beba después de la batalla es un veneno. Sigfrido mata a Mime, cumpliendo la mortal maldición del anillo por tercera vez. Sigfrido no tiene miedo del fuego y rescata y despierta a la bella durmiente Brunilda, quien al despabilarse entiende que ese es el héroe que le deparó su padre para hacerla mujer. Especialmente aquí el cuento se me hace difícil de contar sin la torrencial y divinal música de Wagner. Unos nibelungos engañan a Sigfrido, quien a su vez, mediante un filtro que le hacen beber, traiciona sin saberlo a Brunilda con otra mujer. El nibelungo Hagen, hijo de Alberico, atraviesa a Sigfrido con una lanza por cierta ranura de la espalda, su único resquicio vulnerable, como Aquiles con su talón. Viene aquí la mejor música de la última Musikspiel de la trilogía: Die Götterdämmerung, El ocaso de los dioses, y que, para mí, sería la mejor de la humanidad, si no existiera el danzón. Es la marcha fúnebre de Sigfrido, mezcla prodigiosa de rabia y tristeza, como solo llora un hombre, dicen. El llanto más viril que se haya compuesto. Fue la música que Stalin puso a las tropas alemanas mientras desfilaban por Moscú, derrotadas. Brunilda entonces, en el incendio del Walhalla, perdida toda esperanza, llena de rabia por todo el odio vertido sobre ella, especialmente por la ingratitud de todos, poseedora del anillo, ya sin amor, se lanza sobre el fuego, con caballo, Walhalla y todo. Caen completos en el Rin, en la catástrofe final del universo. El oro regresa al río y la historia puede volver a empezar. Se llama eterno retorno. Tantas interpretaciones se han hecho sobre esta épica. Los nazis decían que los nibelungos eran los judíos. Bernard Shaw sostenía que eran los burgueses. Prefiero otra, mía, más universal, menos ingenua o perversamente esperanzada, que oso sugerir aquí: los nibelungos son los que, burgueses o proletarios, judíos o arios, se pliegan a cualquier miseria moral, por el puro placer infame de ello, que jamás he comprendido, de verdad: los pusilánimes, capaces de hundir y hundirse con tal de que nadie sea feliz; los que viven en los márgenes de la vida haciéndola imposible a quienes la quieren enorme y bella. La mitología germánica deshumaniza el mal y los nibelungos son homúnculos que no se alzan hasta lo humano. Yo, modestamente, creo que es peor: son humanos, demasiado humanos, por esfuerzos que hagan por deshumanizarse deshumanizando a grupos y clases sociales enteros, así como los nazis se deshumanizaron al deshumanizar a judíos, gitanos, homosexuales, comunistas. Para mí los nibelungos eran más bien los nazis, si alguien eran (ver Fascismo: pensamiento único). Por eso son capaces de cualquier ignominia, empeñados en derrumbar toda nobleza, despreciar toda dignidad, porque son incapaces de ellas. Pusilánimes, no tienen vergüenza ni gallardía; atacan por la espalda, como Hagen; matan por dinero; arruinan países enteros para libar whisky 18 años solo ellos; crean Enron y Worldcom; combaten el terrorismo aumentando el terrorismo en varios órdenes de magnitud; crean desregulaciones a empresas eléctricas que terminan en apagones ciclópeos; plantan francotiradores para atribuir las muertes a quien no es, para justificar asesinarlo; crean doctrina tan ramplona como el neoliberalismo; arruinan y se arruinan con tal de detentar el anillo, el poder, por pírrico que sea, con tal de sentirse por encima de todo el mundo. Lo más abismal de la codicia es su seducción diabólica, cuya máxima expresión histórica, junto al neoliberalismo, es el Fin de la Historia, que ni es fin ni es historia, y el Pensamiento Único, que ni es pensamiento ni es único. Más tosquedad intelectual imposible. Gente capaz de difamar a un niño de quince años después de muerto, como hizo la periodista Ibéyise Pacheco antes de que la destituyeran de Así es la noticia; de pretender condenar a la ignorancia a un millón de personas solo porque el video que las alfabetiza es feo y sus pobres no le lucen genuinos. Triste ver a gente inteligente, noble y de origen modesto diciendo esas sifrinadas, que ningún oligarca le agradece porque oligarca no agradece. ¿Por qué se portan así? Son conductas que me abisman y a la postre algo peor: me aburren. Mientras tanto uno sigue adelante sintiendo como Blaise Pascal: «Hay que tener piedad por unos y por otros; pero por unos debe ser una piedad nacida de la misericordia y por otros nacida del desprecio».
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