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Roberto Hernández Montoya

Domingo 5 de marzo de 1995
Roberto_y_Hannah
Roberto con su hija Hannah en los jardines del
Centro de Arte La Estancia
, Caracas, Venezuela.

El famoso diccionario del Dr. Johnson define el patriotismo como el último refugio del pícaro. Con el debido respeto a un ilustre aunque inferior lexicógrafo, ruego se me permita sugerir que es el primero.

Guerra, s. Subproducto de las artes de la paz. Un período de amistad internacional es la situación política más amenazante.

Paz, s. En relaciones internacionales, un período de trampas entre dos períodos de lucha (Ambrose Bierce, El diccionario del Diablo).

Alguien más debe recordar un pacto que acordaron Miguel Otero Silva y Gabriel García Márquez: en caso de guerra entre Colombia y Venezuela García Márquez gritaría «¡viva Venezuela!» en la Plaza Bolívar de Bogotá. Miguel Otero «¡viva Colombia!» en la de Caracas. Ya no hay quien cumpla por Venezuela, y me pregunto si García Márquez recuerda ese trato, luego de olvidar todo lo que hay que olvidar en la vida para volverse amigo de Carlos Andrés Pérez.

Toda nación es producto de una violencia y de una convención arbitraria y entrañable, el fundamento de una alianza que atiende a millones de personas, tradiciones, llantos, placeres y nada menos que el zócalo de la identidad.

Tratando de descender hasta el sótano nocional en que se sustenta la nacionalidad, intento recuperar aplomo para examinar lo que está pasando con estos incidentes fronterizos en zona incivil en donde no hay estado. Ni colombiano ni venezolano.

Los personajes de esta tragicomedia se dividen en dos tipos: los pícaros y los histéricos. Los pícaros son los guerreristas, los instigadores, cuyas motivaciones precisas ignoro pero cuya voracidad simplona es fácil conjeturar y cuyo juego ambiguo quién sabe qué poderes confusos beneficia. Y los histéricos son los ingenuos que se lanzan en diatribas convulsas contra la protervia traidora de cada colombiano, desde Ricaurte hasta los de la Radio Rochela. Eso incluye bebés y los que no han nacido. Ser colombiano es llevar en los genes la más repugnante depravación de que es capaz el ser humano. Ser venezolano es llevar en los genes la más cristalina rectitud de que es capaz la especie humana. Se necesita ser idiota.

Estos conflictos nacionales se parecen a los de los hinchas deportivos. Las más arbitrarias sinrazones respaldan la afición y el rechazo hacia un equipo. Como en el ajedrez, en que, como dice Borges, «se odian dos colores». Divierte, conforta, y los magallaneros nos damos el lujo de vituperar cordialmente a nuestros amigos y familiares caraquistas. Pero cuando se trata de países, estamos hablando del olor de la sangre mezclada con la pólvora.

Dudo mucho que un artículo de prensa pueda parar una guerra. Pero me satisfaría que algunos de los epilépticos se detuvieran a pensar en la consecuencia última de su crispación. Me pregunto cuántos de ellos van a coger un fusil como los que empuñaban los muchachos muertos en la frontera.

Yo por mi parte no me veo en esas. Será que me las echo de inteligente y me parece estúpido odiar a nadie a priori en razón de su nacionalidad, el color de su cabello o su maneras de mesa. Empezando porque siempre confundo a colombianos y venezolanos, pues los colombianos son la gente del mundo que más se nos parece.

Allá también hay pícaros e histéricos. Y se inspiran mutuamente con los de aquí. Si lo de Cararabo fue una provocación, nuestros histéricos le hicieron una segunda voz de primera. Si pelearan ellos solos. Pero lo peor es que nos meten a todos en sus desarreglos mentales.


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